LA RAZA DEL LOBO

Libro La Raza del Lobo-12El artículo de hoy es un extracto del libro LA RAZA DEL LOBO cuyo autor es José Antonio García Díez. Uno de sus capítulos está dedicado a una de esas personas conocidos por todos en Covaleda, Faustino Herrero “El Petate” el cual nos dejó hace pocas fechas.

Esta persona para mi fue algo muy especial, ya que fue la primera persona que me inculcó el interés por la historia y las anécdotas de Covaleda, en mi niñez, pasaba tardes enteras en la cocina de su casa escuchando estas historias que me contaba, por lo que sirva de homenaje para él, al que, a pesar de no ser familia mía, lo llegué a llamar “Tío Faustino”. 

Libro La Raza del Lobo-1

Picos sorianos de Urbión, cuna del Duero. Estos conceden a algunos cazadores el placer de abatir una raza de cabras «que siempre fueron bravías, salvajes, como rebecos de sueltas y casi como venados de grandes ».

Son la estirpe que queda de lo que un día constituyó la cabrada de Faustino Herrero Abad, “El Petate”. Setenta y dos primaveras a su espalda al cierre del siglo XX y residente en Covaleda, una localidad renacida, en buena parte, de las cenizas.

Un seis de septiembre del año 1923 “La Perejula”, parece ser, subió al pajar donde tenía su particular tasca de vino y aguardiente. Soplaba uno de los vientos más fuertes que recuerdan los ancianos del lugar. El candil que portaba se le cayó entre la paja y se atizó el fuego con una fuerza y una expansión incontenible. Algunos habitantes lograron sacar precipitadamente sus baúles de la vivienda a la calle, pero allí consumió el fuego las pertenencias porque no hubo tiempo de alejarlas más trecho. Noventa y tres edificios de la zona baja del pueblo desaparecieron. La recuperación de aquella quema se hizo en piedra, y a tan conciencia, que Covaleda es hoy un lugar digno de disfrutarse.

Aquí vive Faustino Herrero, un amante del porrón de vino, que, paradójicamente, apenas bebe un sorbo en los bares, y que conversa con vivacidad al rememorar su pasado de cabrero.

– Desde los seis años subía con mi padre, Mariano Herrero, a Urbión. A las dos de la mañana ahuecaba de la cama y andando; a trompazos, a trancas y barrancas. ¡Hala, vamos! me decía mi padre. Al rayar el alba llegábamos a Urbión. Luego, cuando quedé solo porque él ya no podía, tenía que bajar a cuestas, al hombro y en las manos, como me apañaba, sesenta cuartillos de leche.

– Un historial.

– Un historial y un vivir lleno de hazañas. Sólo tienes que preguntar, que aquí hay para dar y tomar.

– Suele ocurrir que donde hay ganado hay lobos, y como el ganado tiene dueño y señor, pues … ya está el toma y el daca.

– Mi padre conoció a los lobos; pero luego desaparecieron. El los sufrió porque en una ocasión me contó que le pillaron las cabras en un raso ‘pelao’ y hubo jaleo. Y aún me enseñó dónde pasó una cabra una noche entera y verdadera. Permaneció con las cuatro patas sobre un chinarro no más que un puño de grande. Allí, agarrándose a ese minúsculo trozo se salvó. Aquella noche le mataron treinta o cuarenta. Los lobos cuando no encontraban cabras se lanzaban a las ovejas, a los potros o a los becerros. Con los potros tenían que tener cuidado porque las yeguas y los caballos defienden muy bien la vida. El caballo rodea la yeguada y amigo; tate, que al que cruce va aviado.

Libro La Raza del Lobo-4

– ¿ Usted tendría sus viacrucis?

– ¡Uuuh, hombre! ¡Viví todas las penalidades del mundo y más todavía! Para los Santos de los años de 1940-1941 llegaron los lobos. Había tanto hambre que se comían hasta la horca del diablo si caía en su boca. Nos avisaron: ¡oye, que hay lobos! Y un buen día ya comenzaron a matar y no me quedó más remedio que, por el día, estar con las cabras; y, por la noche, quedarme en la majada. Si traías la leche no atendías el ganado, y si atendías a los lobos no traías la leche. Dormía en una cueva que hacía un frío endemoniado. Pues aún así, estando en la brecha, me la pegaban los lobos.

– Tienen que comer. El hambre, dicen, espabila los sentidos, los instintos y hasta el atrevimiento.

– ¡Tienen que comer y comen! En una ocasión se espantaron las cabras. ¿Qué diablos pasará? Clavo la mirada … y veo a un lobo que me llevaba al hombro un chivo de unos quince kilos. Entonces tenía yo buenas piernas y salí detrás a escape. El bicho lo había enganchado por el pescuezo y se lo había echado a la cruz de las paletas. Yo caminaba muchísimo, pero me pegué la paliza padre hasta conseguir que lo soltara. Aún estaba vivo, pero tuve que matarlo.

– Siendo cabras bravías ¿no sería fácil echarlas el diente?

– Las cabras siempre andaban por las rocas y eso las salvaba muchísimo porque los lobos son muy tímidos para el roquedo. Además, el ganado mío se movía como el rebeco. Las he visto tirarse de más de cinco metros de altura y sin novedad. Pero nunca faltan los descuidos y alguna siempre me cogían. ¡Siempre! Cuando iba después de la caída del sol y veía a los buitres planear, me decía: ¡vaya, ya hincaron! ¡Ya hicieron carne! En efecto. Tengo miles y miles de historias. ¡Si quise yo escribir un libro para ver si lo recitaba el insigne Félix Rodríguez de la Fuente! Pero … me dejé, me dejé y nada. Tú, pregunta, que aquí hay para chascar un mes y no acabamos.

– Pues adelante con la historia.

– Un día no sé dónde diablos me entretuve; el caso es que las cabras no estaban donde tenían que estar. ¡Me cago en diez! Arranco y ya las veo a todas juntas subidas a unas rocas; y más que mirar y mirar hacia abajo. ¡Ahí está la hazaña, ya me la hicieron!, me dije. Efectivamente. Me asomo arriba de unas peñas y en un callejón veo a un lobo comiéndome una cabra. ¡Mira que mala leche tuve que no pude encontrar una piedra de ocho o diez kilos en toda la redonda! ¡Allí lo había aplastado! ¡Con los millares y millones de piedras que hay en Urbión, no pude encontrar una! Di otra vuelta ¡nada! Volví a echarle el ojo desde lo alto de las rocas pero le dio el viento mío; levantó la cabeza y yo sin moverme ni respirar siquiera. Amigo, me venteó y muy despacito se marchó. ¡Si ese día encuentro una roca de ocho o diez kilos allí lo había matado! Había una caída de veinte metros y sólo era dejar caer la piedra. No tuve esa suerte.

– Rápidamente se notó que habían regresado los lobos a Urbión.

– ¡Coño, andan más listos que muchos hombres! Yo les veía a menudo; tan a menudo que un año tuve que pedir una escopeta a un cuñado mío porque andaban a todas horas. No pegué un tiro en mi vida, pero es que las voces mías ya no eran para ellos más que puras melodías. Corría el otoño, cuando las nieblas se apoderan de los montes. Llegué a tener ocasión de tirarles pero la niebla y ellos mismos me ganaron la partida. También intenté poner cepos. ¡Llegué a tener los instrumentos en casa! El caso es que me detuve porque pensé que había mucho ganado y podía atrapar a otros animales.

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– ¿Cuándo los lobos hacían fiesta no se organizaban batidas?

– ¡Uuuh, salíamos como piñas! En cuanto se daba la voz de alarma la gente se decidía. Como en invierno no se trabajaba, enseguida que se avisaba tomaban la resolución. Un año fue muy gorda; fue en diciembre de principios de los años 60 y había un nevazo de la cintura para arriba. Había que relevarse cada cuatro o cinco metros. Francisco García sufrió una gran panadera. Hicimos el cerco y apenas que se hizo en un claro lo vimos. ¡Me cago en tal! Que se sale, que se sale, que se sale … que al final lo enfocaron para abajo y uno le pegó un tiro; pero quedó malherido. Que se escapa, que se escapa, que se escapa … que se escapó.

Como las tardes, por tales fechas, son cortas, nos dijimos que había que apresurarse para cortarlo por un sitio o por otro. Trajinando logramos verlo y le enfilamos otro tiro. Al cruzar un río ya no pudo saltarlo y allí lo cogimos. ¡Todavía lo maté yo a porrazos!

– Bueno, la gesta fue entretenida pero no tan gorda.

– Aún estamos en ella, que no he terminado. Nosotros al andar tras el lobo oíamos un tiroteo arriba de mil carajos. Ya teníamos al bicho hacía rato y el personal que no acudía al encuentro. Muy extraño. ¡Al final llegaron portando ocho jabalíes! Ya ves tú qué tarde más divina. Con el lobo salimos a pedir por todos los pueblos de la contorna: Salduero, Duruelo de la Sierra, Vinuesa, Santa Inés, Viniegra de Arriba; y con todo lo que se obtuvo se organizó una gran merienda. El lobo es un animal muy listo. Cuando se harta busca el silencio y a esos lugares hay que ir a por ellos. En “Torres Altas” habremos matado más de una veintena. Yo los descasté. Yo todos los días del año tenía hazañas.

– Hazañas, gestas o calvarios ¿qué abundaban?

– Los calvarios. Otro caso que viví fue allá por el 18 de diciembre cuando las cabras ya ramoneaban cerca de Covaleda, y uno de los días unas veinticinco desaparecieron y no vinieron a la majada. ¿Pero no las habéis visto? preguntaba yo a unos y a otros. Pues si allá por las lagunas andan. Voy por la noche y que no están. Lo intento dos o tres noches más, y nada. Ya viene un vecino y dice que sus perros han comido carne en tal sitio. Llamé a Marcos y a otro cazador, y porque no me las comieran los lobos salimos en su busca por la Laguna Negra. ¡Se puso un aguanieve que allá en las cumbres no podíamos parar, ni bien ni mal! ¡Arrecidos! En Nochebuena bajamos al pueblo y todavía empeoró el tiempo. Ya por Reyes mejoró un poco y avisé a unos cazadores para batir la zona. Pero aquel día me chupé un poco demás; mamé más de lo debido; así es que por la mañana vino mi cuñado a llamarme.

– ¿Pero no hemos quedado a tal hora? ¡Venga, hombre, venga!

– ¡Joder qué cuerpo tengo, qué madera más mala! Al final salí a la parada y dije que no podía ir, que tenía la cabeza como un bombo. Pero todos estaban por la labor de ir. Metí los dedos en la boca y allí vomité todo el veneno y la vitamina del alma. Bueno, dije, ahora es cuando vosotros tendréis que seguirme a mí.

Cuando llegamos al escenario las cabras estaban en un collado y para llegar hasta ellas había que entrar de costado. Yo tenía una cabra que uuh ¡era pura electricidad! Bueno … ¡salieron como rayos! ¿Querrás creer que llegaron hasta casi Covaleda, que marcharon

luego hasta la Laguna Negra y luego, sin parar, hasta “Ambascuerdas”? ¡Tuve que llevar el ganado que tenía en la majada de cerca del pueblo para traerlas! ¡Estaban tímidas, aventadas! ¡Dieciocho días estuvieron metidas en una cueva y se mantenían del puro sebo que las arropaba! ¡Las cabras mías vestían una arroba de grasa!

– Las cabras bravías ¿y usted, Don Faustino?

– Un año estuve cuarenta días y cuarenta noches sin bajar a casa. Allá arriba me duchaba en una chorrera. Me subían de todo: mudas, cuchillas de afeitar, tabaco … No me faltaba un detalle. Con mi madre, Juana Abad, andaba mimado como un chaval.

En Urbión teníamos los pastores una guarida, hecha de losas, muy cómoda y halladera. Se agradecía para cobijarse, amigo, que allí en el cumbrero cuando te pilla una tormenta tronada te cagas de miedo. Una vez cayó un rayo y el olor del azufre llegaba a mi nariz. ¡Es temerario! Allá en el pico había un buzón donde los pocos que entonces ponían los pies gustaban de dejar señas, esquelas, fotografías y perras gordas. ¡Perras que allá por septiembre me cogía para gastar! En proporción serían ocho o diez pesetas. Iba al mantoncito y … ¡coño, te sentías millonario!cazando lobos año 1959

– El terreno lo conoce como …

– Como la palma de la mano. Mejor que mi casa. Existían refugios y chozos en “El Muchachón”, “El Becedo”, “Los Guadarrines”, “El Congosto”, “Poyalcerrao”, “Covarenosa”, “La Majaota”, “El Frontón”, “Cuevamujeres” …

– ¿Cuevamujeres?

– Sí, hombre. Así se llama, Cuevamujeres. Es un raso con una cueva muy grande. Allí hubo dos vaqueras, que eran hermanas, y que por aquellos años estuvieron muy bien situadas. Por la noche salían con sábanas para que los vaqueros y los pastores no se acercaran … ni en bromas. Elvira y Leonor, así creo que se llamaban. Aquella era su cueva como yo tenía mis sitios adecuados.

En la “Laguna Larga” almorzaba siempre. En la fuente “El Verdinal” o “Hierbas Malas”, así denominada porque crecían malas hierbas para el ganado, no se aguantaban las manos más de un minuto dentro del agua. Y en “El Muchachón” comía y echaba la siesta.

– ¿ y ahora qué piensa de los lobos, que deben exterminarse o conservarse?

– Hubo aquí ciertos ganaderos y vaqueros que se alegraban de que a mí me comieran las cabras porque decían que yo les traía y les alimentaba. Por unos me alegraría que hubiera miles, pero por otros no. A mí los lobos me comieron decenas de cabras, pero quien me apartó del pastoreo fue la Administración. Un buen día me impidió tenerlas porque decía que comían los rebrotes. Ahora donde yo vivía, viven otros.

– ¿Se extinguió la raza de las cabras?

– No, quedan algunas; y son algunos cazadores los que las van matando cuando las ven allá por los picos. Dicen, y habrá quien lo crea, que las confunden con rebecos.

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2 respuestas a LA RAZA DEL LOBO

  1. Alberto dijo:

    Excelente conversación y de una valía tremenda. Igual que hace ver que “cuevamujeres” se llama así por ese detalle, me gustaría saber el porqué de “el becedo”, “el muchachón”…y ese sinfin de refugios y parajes con tal singular nombre.
    Por otra parte me gustaría saber la relación entre Covaleda y la celebración de la fiesta de la Caridad Grande, en Lomos de Orios, donde según es sabido gente de Covaleda acude año tras año.

  2. Pingback: HISTORIA DE COVALEDA CUMPLE 3 AÑOS | HISTORIA DE COVALEDA

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