LA VANGUARDIA (19/07/1987)

LA VANGUARDIA – 19/08/1987

LA ALTIPLANICIE SORIANA, A MAS DE MIL METROS DE ALTURA, POSEE LOS PINARES MÁS BELLOS DE LA PENÍNSULA

Hay una buena parte de la producción poética de Antonio Machado que nos habla repetidamente

de la Laguna Negra (“agua clara donde beben / las águilas de la sierra”) los pinares del Urbión, San Saturio, el olmo viejo o las veredas del Duero. Para quienes han atravesado las tierras de Soria por Medinaceli o se han llegado hasta la diminuta capital, sorprende que se les hable de una Soria arbolada y densa, pues los páramos son la visión habitual en las rutas convencionales sorianas. Sin embargo, la altiplanicie soriana —gélida en invierno, fresca en verano— con sus más de mil metros constantes de altitud, encierra los más bellos pinares de la península que son, además, los de mejor madera de pino para mobiliario.

Cuando David Lean rodó “Doctor Zhivago” y quiso reconstruir los densos bosques rusos, se instaló en Soria y nos hizo creer a todos que aquélla era la tierra de Zhivago. En efecto, puede uno rodar cientos de kilómetros por carretera y pistas forestales por entre los pinares de Covaleda. Duruelo, Vinuesa y lo que podríamos llamar “el reino del Urbión”, que alcanza parte de la provincia de Burgos, especialmente Quintanar de la Sierra.

En el Urbión nace el Duero, que se caracolea por doquier para ensancharse de inmediato y formar una cuenca de aguas frescas, dehesas cargadas de mirlos y paisajes de un bucolismo insólito. Se arremansa el río en el pantano de la Cuerda del Pozo, embalse con pequeñas playas, de una gran belleza, y baja luego hasta la capital en forma de “arco de ballesta”, como dijo Antonio Machado, para encontrar con San Saturio.

Pero antes de llegar a la capital, el Duero ha pasado por Molinos y Salduero, pueblos de geometría perfecta, con todas sus casas en piedra vieja y antiguos escudos señoriales presidiendo las más antiguas. Algunas (como “la casa del francés” de Molinos o la casa de los balcones” de Vinuesa) han sido reproducidas en el Pueblo Español barcelonés. Son casas sobrias y recias, como las gentes de allí, cuyo hablar limpio combina perfecto con la nobleza de su carácter.

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Por fortuna, los sorianos son conscientes de la riqueza forestal que les rodea y todos sus bosques

aparecen cuidados, limpios de maleza, muy bien vigilados y atravesados por pistas y senderos que configuran un enorme y feliz laberinto, pues cuando uno cree perderse, descubre un pequeño refugio, una fuente de aguas frías y “permisibles” —como reza en los carteles— o un puñado de mesas rústicas donde pararse a merendar.

Pocas fondas, casi ningún hotel y algún que otro camping limitan la afluencia turística a la zona, todavía incipiente, respetuosa y aceptable. Aquí descubre uno el sosiego, la desintoxicación urbana y el arte de pasear. Le ayudan los altos y rectilíneos pinos que se cimbrean en lo alto, el saltar de las ardillas, la buena mesa soriana con muchos platos a base del mejor cordero y la sencillez de una vida que parece retornar del pasado de los perdidos años en los que todavía quedaban muchas cosas intocadas.

M. ANGELER

 

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