AQUELLAS VIEJAS CARRETAS.- Pedro Sanz Lallana

Después de los artículos publicados sobre la Real Cabaña de Carreteros Burgos-Soria y de la importancia que ésta tuvo en la historia de España y de nuestra zona de pinares, permitidme que os recomiende la lectura de un libro/novela escrito por nuestro paisano y colaborador de esta página Pedro Sanz Lallana que está ambientado en una de estas redes de carretería, sus aventuras y desventuras y las historias que en torno a la misma iban surgiendo en su duro camino. El libro se titula “AQUELLAS VIEJAS CARRETAS” (El Camino de Ida).

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El libro lo podéis adquirir en Papelería Las Heras en Soria, a través de su página web (tienda on-line) www.lasheras.net y si lo queréis adquirir en formato digital a través de la página http://www.bubok.es/libros/215063/AQUELLAS-VIEJAS-CARRETAS-Camino-de-ida

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Un pequeño resumen del mismo nos viene a decir que: Andrés, un mayoral de Covaleda, recuerda, «desde la atalaya que me da la madurez», que con catorce años a flor de piel, ojos despiertos y mente inquieta, inició su primera carretería desde Covaleda hasta Balmaseda (Vizcaya) a lo largo de un mes de andadura; para él será una lección inolvidable, rica en experiencias de todo tipo. En este camino de ida acompaña a su padre que es mayoral de las carretas de Covaleda, junto con otros mayorales de Duruelo y Quintanar, ayudados por un grupo variopinto de carreteros serranos que van a ser sus maestros en el arte de la carretería, y de los que aprenderá  la dura realidad de lo que será su vida futura. El punto de partida siempre es Revenga, y las etapas se irán cumpliendo según la ruta prevista con sus avatares, sus satisfacciones, sus penas y sus alegrías.

El camino de vuelta será muy difícil, rodeado de malos presagios y peores sorpresas.”

Por si con esto no es suficiente para animaros a leer el mismo, aquí os dejamos las primeras páginas del mismo,

 «Lo que hagas en San Marcos,

en San Andrés lo sabrás»

(Dicho carretero)

A mi hermano Pepe

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Los bueyes vienen soñando,

a la luz de los luceros,

con el establo caliente

que huele a madre y a heno.

y detrás de las carretas,

caminan los carreteros,

con la aijada sobre el hombro

y los ojos en el cielo.

¡Cómo lloran las carretas

camino de Pueblo Nuevo!

Juan Ramón Jiménez. “Pastorales”

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PRÓLOGO

Covaleda en el año 1800 era un pueblo que gozaba de buena salud. Sus seiscientos habitantes presumían de tener fábricas donde se hacían gamellas, componían ruedas de carro que eran distribuidas a lo largo y ancho de toda España, y elaboraban maderas finas sacadas de nuestro hermoso pinar; cada mañana el monte se llenaba de pastores con grandes rebaños de merinas y cabras cuyos quesos y carnes eran reconocidos como excelentes; pero sobre todo podía presumir de ser uno de los pueblos que aportaba el mayor número de bueyes y mayorales a la famosa Hermandad que luego fue llamada Cabaña Real de Carreteros, acarreando con sus yuntas todo tipo de bienes de consumo de Norte a Sur bajo el amparo de los Reyes de España.

Era un pueblo grande, bien abastecido, con su botica, su médico y cirujano; tenía curato, escuela pública rebosante de vida con casi un centenar de alumnos; también tenía un hospital para pobres, abundosas fuentes públicas, tienda de ultramarinos, cuatro serrerías, varias fraguas, dos tabernas, una hermosa posada para viajeros … ; en fin, disponía de las comodidades imprescindibles para hacer de él un pueblo agradable para vivir.

El alma de este bienestar eran sus vecinos, especialmente los carreteros, hombres duros, sobrios en sus costumbres, sacrificados en todo, que desde San Marcos a San Andrés tenían abiertas las puertas de todos los caminos de España para recorrerlos de punta a punta, de «puerto a puerto», con sus carretas cargadas de productos e ilusiones.

 Los Reyes les habían favorecido con ciertos privilegios que no buscaban otra cosa más que facilitar su trabajo y protegerlos de los abusos de los poderosos; luego, su buen hacer les llevó a conseguir acarreos exclusivos como fueron los de transportar el alabastro de Espeja para embellecer el monasterio de El Escorial, cuyo patrón, San Lorenzo, tal vez nos fue transferido graciosamente por aquellas fechas, o alimentar los alfolíes del centro de España distribuyendo la sal que acarreaban desde Imón, Añana o Poza allá donde fuere necesario, la distancia era lo de menos.

 Y donde llegaban los carreteros de la Cabaña Real -los de Covaleda, Duruelo, Regumiel, Quintanar, Canicosa, Vilviestre y así una larga lista de pueblos serranos- eran recibidos con expectación, ya fuera por el número de bueyes impresionantes que llevaban, por las mercancías que portaban, o por el acompañamiento vocinglero que solía cortejar les, el caso es que su paso no era indiferente, ya lo decía un viejo proverbio: «Los perros ladran, las carretas pasan», y no era para menos.

 Ciertamente, todos los caminos de España conducían a Tierra de Pinares, y de aquí partían nuestros antepasados dejando su huella donde quiera que llegaran, ya fuera Oña, Bilbao, Cádiz, Cataluña, Santander o Fuenterrabía. Pero este bienestar se quebró con la guerra, aquella maldita y absurda guerra que nos impuso un loco llamado Napoleón; su locura redujo a cenizas la riqueza artística y material de nuestro país dejando un reguero de muerte y miseria allá por donde pasaban sus soldados. De ello dan fe los fusilamientos que plasmó Goya en sus lienzos, o las huellas que dejaron sus fusiles en las paredes de nuestras iglesias -hablo de la iglesia y ermita de Covaleda, la de Duruelo con más de cincuenta impactos, la de Regumiel que carbonizaron impunemente – cuyas piedras son testimonio de la resistencia que las gentes de nuestra tierra opusieron al invasor.

 A causa de la guerra, la carretería prácticamente desapareció, y luego ya nada fue igual.

 Aquellas viejas carretas es un intento por condensar todos estos sentimientos en una novela que he dividido en dos volúmenes: Camino de ida y Camino de vuelta. Ambas partes forman un mosaico de personajes, situaciones, historias y lugares que constituyen la trama de una lectura placentera, grata a los que amamos la vida trajinera.

 Andrés, un mayoral de Covaleda, recuerda, «desde la atalaya que me da la madurez», que con catorce años a flor de piel, ojos despiertos y mente inquieta, inició su primera carretería desde Covaleda hasta Balmaseda (Vizcaya) a lo largo de un mes de andadura; para él será una lección inolvidable, rica en experiencias de todo tipo. En este camino de ida acompaña a su padre que es mayoral de las carretas de Covaleda, junto con otros mayorales de Duruelo y Quintanar, ayudados por un grupo variopinto de carreteros serranos que van a ser sus maestros en el arte de la carretería, y de los que aprenderá la dura realidad de lo que será su vida futura. El punto de partida siempre es Revenga, y las etapas se irán cumpliendo según la ruta prevista con sus avatares, sus satisfacciones, sus penas y sus alegrías.

 El camino de vuelta será muy difícil, rodeado de malos presagios y peores sorpresas.

 Esta entretenida novela escrita con un lenguaje sencillo -como sencillos son sus personajes-no pretende ser un relato histórico sobre la carretería, ni un testimonio fiel de lo que pudiera haber sido en las fechas que se citan, sino un homenaje a todos aquellos hombres que nos precedieron y abrieron camino para llegar hasta lo que hoy somos.

 Y como decía Cervantes, «ningún camino es malo con tal de que se acabe, si no es el que va a la horca», que no es nuestro caso; afortunadamente, los caminos de la carretería casi siempre llegaban a buen puerto.

 P. Cadenas

 AQUELLAS VIEJAS CARRETAS

DE LA CABAÑA REAL DE CARRETEROS, TRAJINEROS, CABAÑlLES Y SUS DERRAMAS

 (Camino de Ida)

1.- TIEMPO DE RECUERDOS

Covaleda, 8 de febrero de 1859.

Con 65 años a mis espaldas, contemplando la vida serenamente desde la atalaya que me da la madurez, en esta cruda tarde de invierno de 1859 se aviva un rescoldo de mi adolescencia al recordar el día aquel en que el Rubio de pronto se puso a cantar:

Carretero[1] es mi amor,

con la carreta llega …

 haciendo sonar su voz alta y timbrada aquella lejana mañana del mes de abril fresquita y clara, festividad de San Marcos[2], hinchando las venas del cuello, terciada la boina pellejera sobre su cabello crespo, chaquetilla de lana, camisa de color crudo y calzón de pana, con una vara de fresno al hombro como buen carretero, allá por la cuesta de Cabañares, camino de Revenga, al encuentro de la aventura. Y mientras cantaba, el pueblo, Covaleda, se nos iba quedando atrás, al tiempo que los bueyes con la cachaza del animal tranquilo tiraban parsimoniosamente de las carretas …

Decía la copla del Rubio:

Carretero es mi amor,

con la carreta llega,

y un cantar en la boca

que el camino alegra.

Y en ese cantar ponía el joven toda la ilusión de quien estrena oficio nuevo aunque no era su primera carretería.

El invierno en nuestra tierra suele ser largo y hogareño. Recuerdo que aquel de 1807 -tenía yo entonces catorce años recién cumplidos – lo pasamos entre aderezar los aperos maltrechos, arreglar las carretas, festejar las celebraciones navideñas con guirlaches y castañas, y ultimar los preparativos para el próximo trajín; en las sobremesas, o en los largos atardeceres de enero junto al fuego, se hablaba de nuevos proyectos para cuando se barruntara la primavera, tiempo que señalaba el momento de partida; se hacían planes, se fijaban fechas, se citaban lugares y salían a relucir viejas anécdotas de carreterías pasadas adornadas con risas y exageraciones; el primer síntoma de este renuevo eran las juntas que se tenían a lo largo del mes de febrero en los pueblos carreteros; unas veces se citaban los mayorales en Quintanar, otras en Covaleda o Molinos, según donde viviera el Presidente de la Junta, reservando las Juntas Generales para el Comunero de Revenga[3], de manera que a principios del mes de abril todo estuviera previsto y acordado entre nosotros: repartidas las rutas de acarreo, entregadas las pólizas y pliegos de paso para los montazgos y pontazgos, una Copia de los Privilegios y Derechos firmada por el Escribano de Cámara de forma que se pudieran hacer valer allá donde fuere preciso; fijados los precios, los bueyes gordos, los novillos desbravados y los bujes engrasados concienzudamente para evitar percances de última hora; es decir, que todo debía estar dispuesto para comenzar con buen pie la próxima campaña, ésta que el Rubio -pastero de la carreta guía de mi padre- andaba celebrando a pleno pulmón con esta copla:

carretero es mi amor,

con la carreta llega,

y un cantar en la boca

que el camino alegra.

Carretero es mi amor,

De la sierra viene,

El sol en su cara morena

Y en las manos, nieve.

 pedrosanz


[1] Carretero o traginero, el que se dedica al tragín de bastimentas públicos.

(Diccionario de Autoridades, 1650).

Según Sebastián de Covarrubias: El que gobierna la carreta. Son de ordinario hombres de fuertes, groseros y bárbaros, y a veces malsufridos pues han dado lugar al refrán: Fulano jura como un carretero. (Tesoro de la Lengua española, 1611).

 

[2] El tiempo de carretería solía comprender entre las fiestas de San Marcos (25 de abril) y San Andrés (30 de noviembre), aunque podía variar en una semana, más o menos.

[3] Este Comunero funciona como tal desde 1481, dependiendo de los ayuntamientos de Regumiel, Quintanar y Canicosa, punto equidistante entre los tres pueblos.

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9 respuestas a AQUELLAS VIEJAS CARRETAS.- Pedro Sanz Lallana

  1. pcadenas68 dijo:

    Gracias Andrés por todo. Cada día, mejor.

  2. Alberto dijo:

    Hola

    lo primero daros la enhorabuena por el blog, realmente notable en todos los aspectos. Una curiosidad…creéis que las carretas se utilizaron como medio de transporte para la construcción de barcos de la armada en los astilleros del norte?

    Un saludo

    Alberto

    • covaleda dijo:

      Eso está demostrado Alberto, existen contratos de cinco años de duración con la Real Cabaña de Carreteros Soria-Burgos para transportar madera de estos pinares a los astilleros de Guarnizo en Cantabria, es más se sabe que alguno de los barcos de la armada invencible tenía madera de estos pinares, concretamente se tiene documentado que el San Juan Nepomuceno tenía madera de Covaleda, el resto no he encontrado nada, de momento, aunque un contrato de cinco años no sería solo para llevar la madera de este barco únicamente, creo yo, aunque no lo tengo documentado todavía.

  3. Alberto dijo:

    Se dice que la Marina tomó como jurisdicción 25 leguas hacia el interior desde cualquier costa para tener acceso a la materia prima en cuanto a madera para el construcción naval, eso está documentado en el siglo XVIII. Los montes de Urbión y Cebollera diría que se encuentran más o menos en ese término, por ello encaja perfectamente lo que comentas.

  4. Alberto dijo:

    La duda que me viene a la cabeza es la siguiente. Yo creo que la construcción naval echaba mano más de haya que de pino, podría ser que los carreteros transportasen madera de haya?En la zona del Zorraquín existe zona de hayedos, Cebollera tiene bastante…y quizás los montes de alrededor de Covaleda tuvieron bastante en la época, lo desconozco. Esto es una hipótesis razonable

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