LA COMARCA PINARIEGA SORIA-BURGOS – IV

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La doble reglamentación técnica y municipal de los montes.

La explotación de los montes está minuciosamente reglamentada mediante un conjunto de normas emanadas de la administración forestal y de preceptos recogidos en ordenanzas municipales.

Hasta hace no muchos años, la base del sistema forestal de la Tierra Pinariega estaba constituida por el número de árboles a que se tenía derecho en virtud del privilegio real, o por éste más las concesiones que se hacían por el Distrito Forestal de cierta cantidad de pies, entre los que las comisiones vecinales de cada municipio elegían los más corpulentos y valiosos. Actualmente viene determinada por el volumen de extracción, que se fija con criterios técnicos de acuerdo con las evaluaciones de la potencia y productividad de cada monte. A ello se añaden los árboles que, como acabamos de indicar en líneas anteriores, son abatidos por su carácter decrépito y para mejora de la masa forestal.

Los pinares de la Tierra Pinariega están sometidos a proyectos de ordenación desde los años cincuenta. Las operaciones emprendidas con carácter previo por los Ingenieros de Montes de las Jefaturas de Soria y de Burgos comenzaron, no obstante, mucho antes, a principios de este siglo, primero en los pinares sorianos -la ordenación del Pinar Grande se inició en 1907- y después en los de Burgos.

La actual oferta de pastos, en terrenos comunales y en los montes gestionados por la Sección de Medio Natural de la Junta de Castilla y León supera a la demanda. Se toma como base para hacer el cálculo del ganado que puede pastar el consumo teórico de hierba estimado por animal, tomando como referencia para hacer la evaluación el número de ovejas, extrapolable al cabrío y al vacuno, computándose la cabeza caprina como dos de lanar y la de vacuno como cinco.

El turno adoptado en estos pinares se ha establecido en torno a los 120-140 años. Con esa referencia, se divide el monte en cuarteles, yéstos en rodales, que permiten escalonar a lo largo de ese período las cortas de aprovechamientos ordinarios. En el proceso de ordenación, que, dado el tiempo transcurrido desde su implantación, no está totalmente concluso, se comienza con cortas por clareos sucesivos -fase en la que actualmente se encuentra buena parte de los montes-, antes de llegar a las cortas a matarrasa, consideradas como método más eficiente, aunque, a veces, causan recelo entre los vecinos.

En cada pueblo hay una Ordenanza para el reparto de los aprovechamientos forestales. Se pueden señalar como condiciones de carácter general, que se repiten con algunas pequeñas diferencias, la de ser vecino del lugar, haber nacido en él y ser descendiente de padres y abuelos que ya hubieran tenido este derecho, aunque en algunos casos se puede adquirir por otros medios. Es preciso haber cumplido los veinticinco años para empezar a participar en los repartos. Sólo los casados tienen derecho a suerte completa, dándose a los solteros media. También se reconoce a los viudos que lo hayan adquirido por casamiento, mientras no contraigan segundas nupcias, y a los huérfanos, que conservan el que tenían sus padres. Hay que vivir permanentemente en el pueblo. En algunos sitios se exige la firma en un libro depositado en el ayuntamiento para acreditar la residencia efectiva. Se pierde el disfrute por ausencias largas, aunque se puede recuperar. Generalmente se requiere una presencia mínima continuada de ocho o nueve meses.

La administración de estos bienes de titularidad municipal no la hacen directamente los ayuntamientos, sino unas comisiones vecinales constituidas para ello. Propiedad y disfrute de los montes aparecen, así, en cierto modo, disociados, con lo que se afirma su carácter de uso comunal y se evita su adscripción a la categoría de bienes de propios.

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Las actividades industriales vinculadas a la explotación de los montes.

Los aprovechamientos forestales propiciaron la aparición temprana de una industria maderera, que cuenta hoy con un centenar y medio establecimientos repartidos entre veintitrés pueblos. La mayor parte corresponde a serrerías, que, en número próximo a cien, se distribuyen entre veinte localidades. Son de pequeñas dimensiones, sin que alcancen generalmente a la decena de trabajadores. Se suele suspender o, al menos, ralentizar su actividad en los meses centrales del invierno, a causa de las dificultades provocadas por las bajas temperaturas para la manipulación de la madera, aunque hay aserraderos que funcionan de manera ininterrumpida todo el año. A pesar del predominio de fábricas de reducido tamaño, su elevado número determina que tengan una incidencia importante en la generación de empleo y en la economía comarcal. En algunos casos, dan ocupación casi exclusivamente a diferentes miembros de las familias propietarias. Otras, organizadas como cooperativas, funcionan con el trabajo que aportan los socios. Se recurre, sobre todo en ciertas épocas del año, a la contratación temporal de asalariados. No faltan instalaciones de más envergadura, en las que trabajan varias decenas de personas. Las mayores se sitúan en Quintanar de la Sierra, en Duruelo y en Covaleda.

La capacidad de transformación de las serrerías establecidas en la Tierra pinariega es superior a la producción de sus pinares -algo más de 200.000 m3/año-. Por ello utilizan también un volumen creciente de madera procedente de otros lugares, principalmente de pino de Monterrey (P. radiata insignis) -cerca de 200.000 m3/año- del País Vasco. Es de peor calidad que la del pino Soria, pero igualmente válida para lo que es el destino de la mayor parte de la producción, tabla, tablilla y tablón, utilizados en la construcción, embalajes y plataformas para carga, “palets”, aunque también se ha iniciado su empleo en fábricas de muebles.

Hay otras empresas que realizan una segunda elaboración de la madera, como varias carpinterías y algunas fábricas de puertas y ventanas, molduras, marcos, parquet, muebles y juguetes -suman cerca de medio centenar de establecimientos-, constituidas algunas como cooperativas, sobre todo en Duruelo, adonde se mira desde otros pueblos como ejemplo digno de imitación. Junto a este modo de organización, destaca como fórmula predominante la sociedad de índole familiar. A partir de ambas se ha propiciado un tipo de empresa pequeña, adecuada a unas iniciativas individuales de carácter local y génesis endógena. No faltan, sin embargo, algunas más potentes y de naturaleza foránea.

La factoría de mayores dimensiones, que ocupa a más de trescientas personas, es la fábrica Norma, de San Leonardo de Yagüe, dedicada a la construcción de puertas. En sus orígenes tiene una empresa cooperativa, creada en los años cuarenta, que desde 1953 concertó con la sociedad “Construcciones y Aplicaciones de Madera, S.A.” la utilización de sus instalaciones. Su nacimiento, a partir de la capitalización para este objeto de una parte de los ingresos procedentes de los repartos comunales de pinos se ve algunos pueblos como modelo a seguir para impulsar el desarrollo de pequeños proyectos industriales. Se trataría de sustituir las ventas individuales de los pinos en pie por la constitución de un cártel para comercialización de la madera clasificada según las normas que se habrín de adoptar por la Unión Europea.

Al servicio de la actividad forestal se ha desarrollado una importante flota de camiones, que recuerda aquella dedicación tradicional de los pueblos pinariegos a la carretería hasta muy avanzado el siglo XIX. Son necesarios para el traslado de los pinos desde los montes hasta las serrerías, cuyo funcionamiento más eficiente garantizan, además, con el aprovisionamiento de la materia prima que se trae desde otras regiones. Dan asimismo salida a los productos de la comarca.

El aprovechamiento a través de la resinación de extensas masas de pino negral propició el desarrollo de una industria dedicada al tratamiento de la miera. Desde los primeros años de este siglo se instalaron destilerías en Arauzo de Miel, Cubilla, San Leonardo de Yagüe, Cabrejas del Pinar, Hontoria del Pinar. El descenso de los precios determinó desde comienzos de los años ochenta un deterioro progresivo de las operaciones de sangrado de los pinos para extracción de la resina, hasta llegar a su desaparición en esta comarca. Se mantiene la presencia de esta actividad en la fábrica de Hontoria del Pinar, laúnica que subsiste, aunque con ritmo ralentizado.

Otros productos que proporciona el monte han incidido en el comienzo de una industria agroalimentaria, que, al tiempo que constituye novedad, se proyecta como opción de futuro. En Navaleno, la fábrica Arotz ocupa en el envasado y preparación de productos vegetales un contingente de operarios superior a la veintena de personas. Su número se incrementa en las épocas de mayor actividad, hasta alcanzar a 150 ó 200 trabajadores, fundamentalmente mujeres. Hay grandes diferencias interanuales, dependiendo de los resultados de la campaña de recolección de setas y níscalos. Manipula principalmente “hongos” (Boletus edulis) y níscalos (Lactarius deliciosus), pero también trufas (Tuber melanosporum) y otros productos vegetales, dedicando a la exportación la mayor parte de su producción. Su interés desde el punto de vista de los puestos de trabajo que genera es, sobre todo, indirecto, por los ingresos que proporciona a los recolectores. La existencia de una plantación de varios centenares de hectáreas de encina trufera, en Cabrejas del Pinar, a la que se han sumado posteriormente otras más pequeñas en este mismo municipio y en Abejar, favoreció el inicio de esta nueva orientación productiva, también con base forestal, que cuenta en esta última localidad con otra conservera -TOHERSA-, de carácter familiar y dimensiones más reducidas.

A partir de la experiencia adquirida con las trufas, los objetivos se dirigen ahora a potenciar las producciones de hongos en los pinares. Los ensayos, que, a partir del Centro de Investigación de Valonsadero, se hacen por el INIA en parcelas de pinar dispersas en varios pueblos, pretenden implantar el micorrizo del B. edulis en las raíces del pino silvestre. Este proyecto suscita grandes expectativas, pues supondría un cambio cualitativo en lo que ha sido hasta hoy la explotación forestal.

Otro aspecto de desarrollo de la actividad basada en el monte se orienta hacia la fabricación de productos nuevos en el sector maderero, que se agreguen a los tradicionales, poco variados y con escaso valor añadido, constituidos hasta ahora fundamentalmente por la primera preparación que se hace en las serrerías. A este objeto, desde la “Asociación de Silvicultores Comunales Urbión-Demanda” -ASCUD-, que agrupa a una veintena de municipios forestales de Burgos y Soria, se ha impulsado el estudio, que ejecuta desde 1992 el INIA, para determinar las características físico-mecánicas de la madera del pino Soria, con vistas a la normalización de tipos y a la adecuación de la producción a los requerimientos de los mercados actuales, de modo que se hagan susceptibles de nuevos usos. La “Asociación Pinares-El Valle” -ASOPIVA-, en la que se integran treinta ayuntamientos de las dos provincias, dirige sus esfuerzos a dinamizar la mentalidad empresarial tanto hacia la diversificación de actividades industriales, como, partiendo del gran valor ambiental y de la calidad paisajística de los frondosos espacios de la Tierra Pinariega, a la potenciación de las actividades de ocio.

Familia de Covaleda a principios del siglo XX

Familia de Covaleda a principios del siglo XX

Declive demográfico con renovación del poblamiento.

La existencia de una relativamente amplia actividad industrial ligada al rico patrimonio forestal, así como los trabajos demandados a partir de unas prácticas silvícolas muy cuidadosas no han sido suficientes para retener a la población, que, lo mismo que en otros ámbitos rurales ha entrado en una etapa de declive a partir de los años sesenta. La crisis económica general se ha combinado en la Tierra Pinariega con los efectos de la coyuntura desfavorable de los precios de la madera.

El éxodo rural que ha afectado a la comarca en los últimos treinta años ha desembocado en una importante pérdida de efectivos humanos, que han descendido desde los 30.667 habitantes -población de hecho- que sumaba en 1960 hasta los 19.054 que registra el Censo de 1991. A pesar de este vaciamiento efectuado por la emigración y de la subsiguiente crisis demográfica, ligada también a los cambios operados en las pautas reproductoras, de lo que es expresión la reducida densidad actual, 11’3 h/km2, la base poblacional ha mantenido mayor consistencia que en otras áreas rurales.

Dado el neto predominio del carácter agrupado de la organización municipal -treinta y cuatro municipios y cincuenta y dos entidades de población-, el nivel de concentración de la población -560 habitantes por municipio y 370 por núcleo- supera a lo que es común en el espacio rural de ambas provincias. Los núcleos que ahora tienen mayores efectivos vivieron en la primera mitad del presente siglo una fase expansiva relativamente importante, relacionada con el creciente valor de la madera y con el desarrollo de algunas instalaciones industriales o talleres para su preparación. En los otros se produjo un proceso de pérdida de efectivos poblacionales. Con posterioridad se han producido cambios significativos en esas pautas. Desde 1960 casi todos los pueblos se deslizaron por la pendiente de retroceso demográfico. Desde 1960 hasta 1991 se produjo en la comarca una merma de 11.613 personas -el 38 por 100 del total de su población al comienzo del período- y de 3.260 personas -el 25 por 100- en el grupo de pueblos que hoy superan los 1.000 habitantes, que hasta 1960 vivieron una etapa especialmente expansiva, y que pasaron de 12.956 a 9.696 habitantes, siendo San Leonardo de Yagüe el único que ha seguido creciendo. En los últimos años el ritmo de pérdidas se ha ralentizado, pero sin frenarse totalmente, pasándose de 20.735 habitantes en 1981 a 9.054 de 1991, lo que supone un descenso del 8 por 100 en la década.

Esta evolución reciente y diferenciada se ha acompañado por otra, que ha afectado al aspecto del poblamiento. A través de los cambios acaecidos en su caserío, que ha experimentado remodelaciones importantes, se ha producido una mutación notable en su fisonomía. Se puede señalar una etapa con nuevas construcciones hasta los años sesenta, simultánea al crecimiento de la población y a la buena coyuntura económica de los pueblos que fueron beneficiados por los elevados precios de la madera. A ella ha seguido otro período de renovación de las antiguas casas rurales o de construcción de otras de nueva planta. Así como las transformaciones del primer período se debieron fundamentalmente a la acción de los propios vecinos, las de los últimos años se vinculan, además de al deseo de los residentes habituales de hacer más confortables sus viviendas, a intereses foráneos, de génesis urbana, ya se trate de emigrantes que fueron abandonando sus lares desde hace unas decenas de años, ya de otras personas que acuden aquí en períodos de vacaciones. El fenómeno, que es común en todos nuestros espacios rurales, y no exclusivo de la Tierra Pinariega, tiene entre sus consecuencias la de una alteración importante del aspecto tradicional de su hermoso caserío mermado progresivamente por la ruina o sustituido por nuevas construcciones.

Aunque los pueblos de la comarca pinariega no se han visto libres de los efectos de la crisis económica general, que ha sumado sus dificultades a las derivadas del descenso relativo del precio de la madera de los pinos, en una parte de ellos se ha resistido a la coyuntura negativa mejor que en otros lugares. Su potencial productivo parece, además, capaz para remontar su última etapa de recesión. No faltan en este momento diferentes iniciativas de génesis endógena, con las que se busca la dinamización a partir de la adopción de acciones potenciadoras tanto de las tradicionales industrias de las serrerías, que se deben complementar con las del mueble y aplicaciones innovadoras de la madera, como de otras dirigidas a la promoción de nuevas actividades agroalimentarias, fundamentadas ambas en la base forestal, prestando también atención al impulso de los recursos turísticos, acciones en las que se han centrado los programasLeader del CEDER Urbión.

Desde asociaciones como ASCUD y ASOPIVA, en Quintanar de la Sierra y en Abejar, se indaga tanto en sus contornos próximos como en ejemplos más lejanos, de otros países de la Unión Europea, con vistas a afirmarse en una forma nueva de generación de recursos ligándose más directamente a los intereses urbanos y pensando en formas nuevas de producción en los espacios rurales, cada vez menos dependientes con carácter de exclusividad de las actividades agrícolas y pecuarias. Se parte de la idea de dar participación en la promoción y gestión del desarrollo rural a los agentes locales, haciéndolos sus principales protagonistas, con la confianza puesta en la bondad de las iniciativas surgidas de la trama social y de la base humana de cada lugar, siguiendo la tradición fuertemente implantada en la Tierra Pinariega de las pequeñas empresas familiares y cooperativas, con la vista puesta en crear mecanismos que fijen población y eviten el éxodo.

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B I B L I O G R A F Í A

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