LA COMARCA PINARIEGA SORIA-BURGOS – II

Stitched Panorama

Un complejo ecológico con potencialidades limitadas.

Relieve y altitud, unidos al factor de situación, han convertido a la comarca de pinares en un espacio con condiciones naturales próximas a la montaña y más húmedo que las áreas cercanas, o, al menos, sin la acusada intensidad de la aridez estival que les es propia. Se configura así un escenario favorable para el desarrollo de los bosques, con formaciones de robles, parcialmente de hayedos y, sobre todo, de pinares. Destaca el pino albar, aquí conocido como “pino Soria”, que encuentra un ambiente idóneo para su desarrollo, aunque no todos los rasgos del clima son igualmente positivos y en relación con ello se detiene hacia los 1.800-1.900 metros de altitud. La crudeza de los fríos invernales, uniéndose el peso de la nieve y la acción del cierzo, tiene efecto negativo en forma de desgarre de ramas y descuajamiento de árboles. El ambiente de sequedad del período estival, que no está totalmente ausente, puede influir negativamente en la vitalidad de la masa forestal. Aun así, las condiciones ecológicas se muestran propicias para el pino, que se halla en etapa de expansión, colonizando antiguas parcelas de cultivo y pastizales de forma natural, aunque también, en otros casos, se ha visto favorecido por la política forestal. La adecuación a su habitat tiene entre sus manifestaciones la escasa incidencia de plagas, en cuya prevención se actúa, además, con medidas biológicas de control a partir de la dispersión de feromonas.

La presencia del pinar es muy antigua. A partir de estudios de depósitos de polen en las turberas que circundan al complejo lagunar de Neila y en otros lugares del macizo de Urbión se constata su existencia en este sector de la Cordillera Ibérica a lo largo del Holoceno. Estos datos de carácter paleobiogeográfico parecen contradecir la idea de considerarlo como especie invasora a costa de hayedos y robledales, que constituirían las formaciones originarias, progresivamente degradadas por la acción antrópica y sustituidas a continuación por los pinos.

Referencias a la cobertera antigua de la masa de coníferas se nos han transmitido a través de la toponimia, incluida la denominación de varios pueblos y municipios actuales -Cabrejas del Pinar, Hontoria del Pinar, La Aldea del Pinar, Navas del Pinar, Pinilla de los Barruecos, Rabanera del Pinar, Vilviestre del Pinar-. Desde la Edad Moderna se constata la importancia del pinar por los testimonios abundantemente dejados en la documentación. Ello no excluye otro hecho, la difusión que con posterioridad ha llevado a su expansión fuera de lo que constituyera su ámbito más originario. Tal es lo que sucede en el Valle de Valdelaguna, Huerta de Arriba y en Neila, donde los pinares superan ampliamente la importancia que tenían hasta el siglo XIX. La misma observación es aplicable a la franja más meridional de la comarca.

Las características del roquedo constituyen un factor importante para la distribución de la cobertera arbórea. Su influencia se manifiesta tanto en la localización del terrazgo como en la configuración de las formaciones vegetales, individualizadas en manchas que de manera bastante precisa se corresponden con los distintos tipos de rocas. En relación con la alternancia de materiales silíceos y calcáreos, nos encontramos con un reparto bien definido de las formaciones dominantes, constituidas por pinares, (Pinus sylvestris, P. pinaster, P. laricio), enebrales (Juniperus thurifera), rebollares y quejigales (Quercus pyrenaica, Q. faginea), y carrascales (Q. ilex), así como de los estratos arbustivo y de matorral, dominados por el esqueno (Juniperus communis) y las estepas (Cistus laurifolius). Junto a ellos, y como sotobosque de los pinares, intermitentemente aparecen “matorros de roble” (Q. pyrenaica), helechos y, en espacios más abiertos, piornales, brezales y aulagares, así como una extensa variedad de plantas aromáticas, todo lo cual constituye base para una relativamente activa explotación apícola.

La altitud también matiza la composición y aspecto de las formaciones arbóreas, principales definidoras del paisaje, con las masas de pinos como notorio protagonista. Hasta los 1.100-1.200 m., el pino albar (P. sylvestris) dominador se puede ver acompañado por el rebollo, manifestado como estrato arbustivo. A partir de los 1.200 m. hay mezclas de hayedo y pinar. Desde los 1.700 m. hace acto de presencia el roble (Q. petraea). Más arriba, entre el pinar se entreveran esquenos (J. communis), hasta llegar al piso superior, a partir de los 1.850 ó 1.900 m., ocupado sólo por los praderíos, frescos aunque de hierba dura, de gran interés en siglos pasados para la numerosa cabaña de lanío trashumante.

Hasta 1.700 m. el pino silvestre se desarrolla con espléndida figura. Desde 1.700 m. hasta 1.850 m. se entremezclan con los característicos pies de fuste recto, largo y limpio, sin ramificaciones ni nudos, de figura grácil y esbelta, coronada en su extremo superior por atrevida mata de ramas, otros árboles con porte más corpulento, en algunos casos parcialmente retorcidos o chaparros como consecuencia de la deformación provocada por el peso de la nieve.

En los claros ocupados por herbazales que horadan diversos parajes del monte, su situación a distintos niveles altitudinales introduce factores de diferenciación -tan importantes como en la distribución del estrato arbóreo, que conserva una mancha relicta de pino negro (P. uncinata) en “El Castillo” de Vinuesa- entre los pastos de laderas a mediana altura y los correspondientes a los pisos subalpinos, psicroxerófilos y cervunales, de los sectores más elevados, aprovechados como agostaderos por su frescor. El frío es determinante de las características del manto herbáceo que crece entre los 1.900 y los 2.000 m. El efecto de hielos y nieves distribuye la capa de césped en cepellones. En los lugares más altos, hacia los 2.000 m., la superficie se llega a mostrar totalmente desnuda. Con frecuencia el pastizal aparece en estado de regresión, invadido por el matorral. El descenso de la presión ganadera ha incidido en el detrimento de su calidad, mejor conservada antaño tanto por la actividad de los pastores como por el herbajeo selectivo de las cabañas de vacuno, lanar y cabrío.

Esta disposición natural de la vegetación no resulta incompatible con las modificaciones que la intervención humana, a través de su dilatada ocupación del territorio, ha introducido en la localización de las masas forestales. Cerca de los núcleos de poblamiento y en torno a los viejos corrales y tenadas, se mantienen pequeños espacios adehesados, en los que destacan corpulentos enebros -nombre local del J. thurifera- y robles podados en candelabro. El terrazgo se estableció siempre de manera preferente en los sectores más bajos, sobre todo en margas cenomanienses y en los rellanos de soliflucción, si bien, en relación con la escasez de espacios disponibles, también se cultivaron suelos entecos, pedregosos y con fuertes pendientes, abandonados paulatinamente desde los años sesenta y hoy colonizados por el monte.

La incidencia que la altitud y su situación interior tienen en unas condiciones duras desde el punto de vista térmico ha constituido siempre un inconveniente para la agricultura. Factores naturales se unen así con la orientación productiva para la configuración de un espacio en el que la huella del hombre no se ha impreso con la misma intensidad que en las áreas que han basado su economía en la actividad agrícola.

Mayo-11

La escasa entidad de la agricultura y la orientación hacia la ganadería.

La orientación económica de estas poblaciones serranas está y ha estado históricamente muy condicionada por la amplitud de los espacios boscosos. La agricultura, que siempre tuvo un carácter secundario, es hoy casi inexistente. Este hecho tiene expresión en la distribución del espacio según aprovechamientos. Las tierras agrícolas apenas si representan el 9 por 100 del espacio comarcal. En casi la mitad de los municipios o están totalmente ausentes o no llegan a ocupar ni el 1 por 100 del término. En la mayoría de los pueblos no hay más cultivos que los de algunos huertos, escasamente cuidados, situados en su interior o en la periferia más inmediata. Sólo en Huerta del Rey, Espeja de San Marcelino, Arauzo de Miel y Cabrejas del Pinar, su importancia es algo mayor, al dedicársele como promedio el 27 por 100 de la superficie. En los demás no llega al 3 por 100 de su extensión.

Tampoco la ganadería, en siglos pasados con una gran cabaña de vacuno y con grandes rebaños de lanar, aprovecha todas las posibilidades que ofrece el entorno. En el sector ovino se cuenta con unas 48.000 cabezas, número inferior a las casi 60.000 de finales de los años cincuenta y mucho menos de lo que sumaban los variados rebaños de ovejas hasta principios de este siglo. Antaño era mucho más importante el ganado lanar trashumante de raza merina, aunque también había ovejas churras, que son, hoy, las predominantes. Comparten pastos con ellas las ojaladas. Envilecidas en su peculiaridad de raza por múltiples cruces y mestizajes, se está ahora en trance de selección para recuperar su pureza genética.

La trashumancia fue actividad en la que destacaron varios pueblos hoy pinariegos, en los que constituía la ocupación principal. El Real Valle y Villa de Valdelaguna y Neila fueron los dos municipios más definidamente ganaderos y trashumantes de Burgos. Entre ambos contaban a mediados del siglo XVIII con una cabaña de lanar equivalente a la actual en toda la comarca. Había otros lugares que también tenían grandes rebaños de merinas, como Salduero, Molinos de Duero o Vinuesa, lugar este último donde al pastoreo se sumaba el valor añadido de los lavaderos de lana.

La ganadería trashumante tuvo cierta importancia hasta hace medio siglo. Después, problemas en el acceso a los distintos pastos, el incremento de los costes y dificultades para los desplazamientos influyeron en su retroceso. El ferrocarril Santander-Mediterráneo se convirtió en un medio utilizado por los ganaderos para el trasiego de las ovejas entre los lugares de invernada y los pastizales de las tierras altas de Burgos y Soria. El cierre de la línea impuesto por RENFE en 1985 añadió una nueva dificultad, al eliminar este medio de transporte. Aun así, todavía se produce cada primavera la llegada de un rebaño, de dos mil cabezas, que permanece hasta el otoño en los praderíos de los elevados y frescos puertos de Neila. Sus dueños, última generación de una larga estirpe de pastores trashumantes, originarios de Tolbaños de Arriba, mantienen vivo el género de vida que durante siglos animó a sus mayores.

Este tipo de ganaderos constituye excepción en la comarca. La mayor parte posee hatos que no llegan a 300 ovejas, frecuentemente no se sobrepasan las 200 cabezas por explotación, y son bastantes los casos en que no se alcanzan las 100. Hay algunos rebaños mayores, que reúnen entre 400 y 700 ovejas cada uno. Excluido el Valle de Valdelaguna, cuya importancia se acrece con la llegada anual de los trashumantes, los pueblos con más lanar son Vilviestre del Pinar, con 6.600 ovejas pertenecientes a veintiocho propietarios y Palacios de la Sierra, con 5.300, propiedad de veintidós pastores. Cerca de 4.000 tiene Vinuesa, y se rebasan las 3.000 en Hontoria del Pinar, Quintanar de la Sierra y Santa María de las Hoyas. Los otros pueblos reúnen acopios más reducidos.

Tampoco la cabaña de vacuno, con unas 6.000 cabezas, se parece ni por su número ni por su composición a lo que fue característico en épocas pasadas. Antaño estaba constituida fundamentalmente por ganado de labor, dedicado como fuerza de tracción a la carretería, utilizado para el arrastre de troncos en el monte y asociado a la pequeña agricultura de la comarca. Hoy es casi exclusivamente ganado de renta, destinado a la producción de carne y de leche. Paralelamente se ha verificado un profundo cambio en su composición. Los duros y resistentes ejemplares de tipo serrano han dejado su lugar a otros de razas foráneas, la pardo alpina, frisona, charolesa y limusin, con las que se cruzan. Las vacas autóctonas se han visto reducidas a una participación muy minoritaria. Unas y otras pasan la mayor parte del año pastando libremente, como otrora los almajes, por los ondulados campos abertales de sus montes, en grupos en los que se integran las pertenecientes a diferentes propietarios, aunque también hay reses que, destinadas a ceba, se desarrollan en un régimen distinto, de mayor control, lo mismo que las de aptitud lechera, que son minoría.

Predominan las pequeñas explotaciones, constituidas por muy pocos animales. La mayor parte de los ganaderos tienen menos de 20 cabezas, y entre éstos hay preponderancia de los que se sitúan por debajo de 10. En bastantes casos sólo tienen entre una y cuatro. Algunos propietarios poseen vacadas más crecidas, muy pocos por encima de las 50 unidades, constituyendo excepción los de más de 100. Las cabañas más importantes de vacuno son las de Canicosa de la Sierra, Covaleda, Hontoria del Pinar, Palacios de la Sierra, Quintanar de la Sierra y Vinuesa, que suman en conjunto unos 2.700 animales.

El ganado equino, que se empleaba en algunos pueblos para la extracción de los troncos en el monte, y que en parte iba vinculado a la trashumancia de merino, así como el cabrío, que también era su acompañante habitual, han experimentado un importante descenso, hasta presentar un carácter residual y marginal el primero, siendo también de escasa importancia el cabrío, con unas 1.200 cabezas, la mayor parte en Burgos. Se distribuye en hatos muy pequeños, si bien hay cinco pastores que poseen cabradas de más de 100 unidades, sin que ninguna llegue a 200.

Este panorama no constituye novedad absoluta por lo que respecta a la agricultura, pues se reproduce parcialmente un esquema común en siglos pasados, cuando el cultivo de la tierra, aunque fuera más importante que hoy, no dejaba de ser actividad marginal, practicada principalmente por las mujeres, mientras los hombres, ocupados en la dura brega de la carretería o en el pastoreo, estaban la mayor parte del año lejos de sus hogares. No sucede lo mismo con la ganadería, pues tanto la cabaña de ovino, para producción de lana, como la de vacuno, vinculado al oficio del transporte, en el que se habían especializado varios pueblos, tenían gran importancia. La decadencia progresiva de la carretería desde mediados del siglo XIX y la progresiva pérdida de entidad de la ganadería trashumante incidieron en un mayor interés relativo de la explotación forestal.

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