ARTÍCULO DE MARIANO GRANADOS – 1927

El Sol (Madrid. 1917). 3/2/1927, página 4.

El Heraldo de Madrid. 5/1/1928, página 4.

 LA MUERTE DEL PARAMO

 Hace sólo unos años, el viajero que se aventurara por la paramera de Villaciervos, intentando salvar los cincuenta y ocho kilómetros que separan a Soria de Burgo de Osma, conservaba un perenne recuerdo doloroso de su viaje. Ya bastaría para ello el traqueteo de la diligencia, que durante catorce mortales horas zarandeaba el cuerpo del viajero. Pero el dolor espiritual sobrepasaba al dolor físico. El paisaje, hostil, ceñudo, yerto, hería el alma con todas sus aristas afiladas. A derecha e izquierda de la carretera, la paramera se extendía con todo su silencio y su quietud. Más de treinta kilómetros se abrían sin un hombre ni un árbol. Serrijones pelados, alcores polvorientos y canchales cerraban el gran lienzo de la decoración desoladora. Sobre la cinta de la carretera descendía la nieve o flameaba el Sol, y sólo muy de vez en cuando, como único motivo dinámico del paisaje, cruzaba algún pastor allá a lo lejos, ceñudo y silencioso bajo el cobijo de su luenga capa.

Fué entonces cuando Antonio Machado cantó con agria melancolía:

 El hombre Se estos campos que incendia los pinares

y su despojo aguarda como botín de guerra,

antaño hubo raído los recios encinares,

talado los robustos robledos de la sierra.

1972-13

Y el apotegma del poeta se convertía  poco a poco en realidad candente: las llanuras bélicas y los páramos de asceta, las tierras para el águila y los campos de Caín hacían que el numen del Alto Duero fuera de una fiereza sanguinaria que se exaltaba en su propia desolación.

Pero de pronto cambió toda la decoración. Aquellos hombres que incendiaban los pinares, aquellos mismos que talaban los robledos, arrojaron las teas y las hachas. En muy pocos años, el número de incendiarios en los bosques de Soria llegó a ser casi insignificante, y en ese mismo corto espacio de tiempo los páramos sorianos comenzaron a cubrirse de encinas y de pinos. La campaña fué ruda; pero logró todos sus objetivos. Se inició desde la Jefatura de Montes de la provincia; fué secundada por entidades del prestigio de la Económica Numantina de Amigos del País ; se sumó a ella la iniciativa particular y el interés de ciertos Municipios … Hoy, la provincia de Soria, perseverando en el ahhelo de ver lograda su repoblación forestal, resucita una fuente de riqueza que la cerrilidad, la incomprensión y un malsano egoísmo amenazaban extinguir rápidamente.

Y he aquí cómo se ha logrado el milagro de que pueblos como Tardelcuende construyan sus escuelas, sus Casas Consistoriales, sus fuentes públicas, a expensas del rendimiento del pinar; que pueblos como Covaleda, Duruelo, San Leonardo, Navaleno y Salduero repartan entre sus vecinos cientos de miles de pesetas; que páramos inmensos, como éste de Villaciervos, como aquél de Chevaler, como aquel otro de Cintora, se pueblen poco a poco de encinas y de pinos, que mañana serán ornato del paisaje y alegría de las bolsas campesinas.

La iniciativa particular ha sido eficacísima en la lucha, porque ha predicado con el ejemplo. De un gran valor han sido, indudablemente, las conferencias de divulgación, los mítines de propaganda forestal, las fiestas del Árbol y los artículos de los periódicos; pero el ejemplo de los proceres, que abrían las entrañas de terrenos estériles, como estos de Cintora o como aquel de Chevaler, para sembrar de pinos centenares de hectáreas, ha vencido definitivamente la cerrazón hostil del campesino.

Otra causa indirecta de este respeto al árbol, que supone una mayor densidad de la cultura ambiente, ha sido la facilitación de las comunicaciones. La realización del plan de caminos vecinales ha sacado de su aislamiento a los

pueblos de Soria, los ha puesto en contacto, ha derramado su población más allá de los límites de los respectivos términos municipales. Y se ha trabado así la conexión de un ideal común. No sé quién dijo que el bosque huía de la civilización; en Soria no ha tenido eficacia esa sentencia.

El páramo muere, el páramo se va, el páramo comienza a ser vencido. Los horizontes cárdenos no alambrarán paisajes de derrota. Los alcores, raídos por el hambre del hombre de la estepa, se vestirán de un verde nuevo todas las

primaveras. El camino adolescente sonríe a una promesa recién nacida, borra su ceño adusto y desarruga poco a poco el gesto hostil aquel que hizo gritar a Antonio Machado, con la mano puesta en el corazón:

 Son tierras para el águila: un trozo de planeta

Por donde cruza errante la sombra de Caín.

 Mariano Granados

Soria, enero 1927

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