CORAZÓN DE ROBLE – Ernesto Escapa

Hace poco tiempo cayó en mis manos un libro que tenía relación con Covaleda y con el río Duero. Al ser yo un enamorado de ambas cosas, enseguida comencé su lectura enganchándome desde el primer momento y es por lo que quiero compartir con todos vosotros este primer capítulo, animándoos a que compréis el libro y lo leáis con las mismas ganas con las que yo lo hice, estoy seguro que no os defraudará.

El libro se titula Corazón de Roble y está escrito por Ernesto Escapa. Todo aquel que quiera adquirirlo para su lectura completa lo puede hacer en: Librería Las Heras de Soria, que seguro que nuestro paisano Cesar Millán os podrá aconsejar sobre que otros libros leer. Y para los que os encontráis fuera de Soria, también lo podéis comprar a través de Internet en la dirección www.lasheras.net

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En Corazón de roble asistimos a muchos recorridos en uno: un recorrido por la historia de Castilla a través de la arquitectura, el arte, y las ruinas ribereñas; un recorrido apasionante por la naturaleza que moldea el río y la que lo circunda; un recorrido por sus pueblos, sus gentes y sus libros. Vemos desfilar por estas páginas emocionantes vestigios prerromanos y huellas de Roma; el románico que puebla las orillas del río; los monasterios del císter y los efectos de la desamortización; recorremos las ruinas que trajo consigo el abandono de iglesias y monasterios, dando paso a una belleza melancólica. Abundan las citas literarias, que acompañan al lector como una cadencia: Cervantes, Machado, Unamuno, Gerardo Diego, Delibes, Alberti, Saramago, Miguel Torga y tantos otros que glosaron el Duero. Leemos en estas páginas la historia de los vinos de la Ribera, cuya calidad asombra al mundo y hace las delicias del viajero.

Al final añadimos dos entrevistas que le realizó el programa Silencio Se Lee al autor del libro.

Ernesto Escapa

Corazón de roble

Viaje por el Duero desde Urbión a Oporto

El Duero cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla.

ANTONIO MACHADO

 Duero gentil, que con torcidas vueltas

humedeces gran parte de mi seno,

ansí en tus aguas siempre veas envueltas

arenas de oro, cual el Tajo ameno.

MIGUEL DE CERVANTES

 Portugal te abre su abismo

Ay, el mar, el mar, me muero.

Desde Urbión, cantando, a Oporto,

¿cuántas horas dura el Duero?

GERARDO DIEGO

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Arlança Pisuerga e aun Carrión

gozan de nonbres de ríos, enpero

después que juntados llamámoslos Duero,

fazemos de muchos una relaçión.

JUAN DE MENA, El laberinto de fortuna, estrofa 162.

 Arlanzón, Carrión, Pisuerga,

Tormes, Águeda, mi Duero.

Lígrimos, lánguidos, íntimos,

espejando claros cielos,

abrevando pardos campos,

susurrando romanceros.

Valladolid; le flanqueas,

de niebla le das tus besos;

le cunabas a Felipe

consejas de comuneros.

Tordesillas; de la loca

de amor vas bizmando el duelo

a que dan sombra piadosa

los amores de don Pedro.

Toro, erguido en atalaya,

sus leyes no más recuerdo,

hace con tus aguas vino

al sol de León, brasero.

Zamora de doña Urraca,

Zamora del Cid mancebo,

sueñan torres con sus ojos

siglos en corriente espejo.

Arribes de Fermoselle,

por pingorotas berruecos,

temblando el Tormes acuesta

en tu cauce sus ensueños.

Code de Mieza, que cuelga

sobre la sima del lecho.

Escombreras de Laverde,

donde se escombraron rezos.

Frejeneda fronteriza,

con sus viñedos por fresnos,

Barca d’Alva del abrazo

del Águeda con tu estero.

Douro, que bordando viñas

vas a la mar prisionero,

y coges de paso al Támega,

de hondas saudades cuévano.

En su Foz Oporto sueña

con el Urbión altanero;

Soria en su sobremeseta,

con la mar toda sendero.

Árbol de fuertes raíces

aferrado al patrio suelo,

beben tus hojas, las aguas,

la eternidad del empeño.

MIGUEL DE UNAMUNO

I. La Corte de Pinares

El Duero, el padre Duero, padre de Castilla y de León.

Hay un breve trecho en él en que se le abocan por la derecha, unidas, las aguas que de Burgos tomó el Arlanzón, de Palencia el Carrión, de Valladolid el Pisuerga, y, por la izquierda, de Segovia el Eresma, de Ávila el Adaja. Ya más crecido, «essa agua cabdal» –que dijo Berceo– espeja a Zamora, y van luego a ella caudales de León por la derecha y de Salamanca por la izquierda. Y entra en Portugal. Esta vez fui a verle, a soñarle visto en su cuna, en Duruelo… Una humilde aldea donde el río del Cid, el de los guerrilleros, el del romancero, balbuce vagidos entre peñascos.

MIGUEL DE UNAMUNO

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Duruelo de la Sierra es la primera villa del Duero. Un pueblo alpino abrigado de bosques, cuyo dominio protegen remotos privilegios medievales. Su escudo muestra el abrazo de dos ríos, el Duero y el Triguera, mientras el nombre supone el primer juego del «Duero niño recién nacido».

Porque Duerillo es lo que significa Duruelo, según esclareció el profesor Unamuno: «Encima de Duruelo asoma, tras unas cumbres peladas, el pico pelado del Urbión como repujado en el cielo desnudo, pelado de nubes. Levanta allí el río su raicilla más larga, su rendal, caucecillo de agua que baja de las cumbres del Urbión». Otras averiguaciones establecen un origen celta a la raíz dur del Duero, que significa agua, mientras Urbión nombra la divisoria de las cuencas.

La iglesia de San Miguel es gótica y muestra a su vera una necrópolis desnuda, compuesta de lajas y sarcófagos rupestres. No es el único cementerio pétreo de la zona y tampoco el más notable. Tal excelencia le corresponde a la necrópolis de Cuyacabras, en Quintanar de la Sierra. Pero si el viajero tiene esa curiosidad, tampoco debe perderse las cercanas de Revenga y Regumiel. A la entrada de Duruelo, viniendo desde Soria, una pista asfaltada indica la subida hasta el mirador de Castroviejo, emplazado en una zona recreativa singular y bien equipada. En su primer tramo, la pista discurre acompañada por un paseo muy concurrido en verano.

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Luego, se enreda en la pendiente, sombreada por la estatura de los pinos. A los seis kilómetros y medio de asfalto, la pista se bifurca. El ramal de la izquierda concluye un kilómetro y medio más arriba, en el fantástico paraje de Castroviejo, cuyo disfrute por sí mismo merece el desvío. Este capricho geológico evoca el parentesco con otros paisajes rocosos igualmente encantados. Y nos remite a los versos de Machado:

 Páramos que cruza el lobo,

aullando a la luna clara

de bosque a bosque, baldíos

llenos de peñas rodadas.

Conviene adentrarse en el laberinto de rocas, siguiendo las sendas hasta asomar al balcón que regala la mejor estampa del valle cabecero del Duero, con Covaleda y Duruelo al fondo.

En su interior, las rocas adoptan formas que excitan la fantasía del visitante. Pasadizos, esqueletos vegetales, árboles rupícolas. El escenario es una auténtica delicia. Al fondo del recorrido se ofrece el mirador, levantado sobre una alfombra de rocas desprendidas y pinos chaparros. Castroviejo es un lugar para el deleite tallado por la erosión de los milenios. En cada visita ofrece rincones inéditos, secretas oquedades y nuevos horizontes.

En el retorno, un ramal a la izquierda anuncia la Fuente del Berro y el manantial del Duero. El tramo de pista que se puede recorrer en turismo se prolonga algo más de tres kilómetros. A ochocientos metros del desvío se pasa por el refugio de la Fuente del Berro. Al final de la pista, el paseo, que resulta llevadero, sigue sin pérdida el curso del río y el faro del Urbión con su perfil aguileño. El novelista Manuel de Lope evoca con exceso una lejana experiencia juvenil: «Terminada la pista se seguía una senda apenas dibujada. Era una subida recia, de pastor, de las que rompen los pulmones y doblan las rodillas. La guía eran las peñas. A partir de los mil quinientos metros el pinar se hace escaso. Sometidos a condiciones extremas, los árboles ralean y se deforman. Finalmente el bosque desaparece y da paso a la vegetación de altura, luego a la roca viva. El manantial del Duero es un chorrillo nervioso que brota de un pequeño socavón, no mayor que un cedazo, en el lugar preciso en que la montaña despliega su último abanico. El agua es fría, insípida, producto de la filtración de las nieves».

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A pesar de su eminencia, el Urbión es una de las cumbres ibéricas más fácilmente abordables sin riesgo. De hecho, desde hace casi medio siglo, cada domingo anterior a Nochebuena, grupos de montañeros y excursionistas, entre los que no faltan los niños, suben al Urbión a colocar el belén. Desde este lado, el pico muestra la apariencia prominente de una nuez varonil excitada por la luz del crepúsculo. «En el pico más alto, que llaman la Muela de Urbión, hubo siempre una cruz. Desde allí –escribe Manuel de Lope–, se contempla la diagonal noreste que va desde los Picos de Europa al Moncayo.

Al norte se ven las sierras de Cameros, casi al pie, los montes de Ujué, del otro lado de la depresión del Ebro, y a lo lejos el Pirineo de Navarra. Al sur se divisan los altos de Somosierra, que separan Castilla la Vieja de Madrid. Hacia el poniente el paisaje se dilata en las llanadas de Roa con las lomas achicadas de los terrenos de Peñafiel y los llanos, aún más lejanos y esclarecidos, de los Campos Góticos. Es una interminable línea azul por donde el Duero se dirige a su destino.

El panorama abarca, en redondo, unos cuatrocientos kilómetros de vuelo, cabe decir media península».

No es literatura precisamente lo que le falta al gigante de Iberia. La laguna rocosa de Urbión desagua hacia Mansilla de la Sierra, ya en territorio de La Rioja, donde Ana María Matute nutrió su despensa de fantasía en los largos veraneos infantiles de La Fundición, la preciosa finca de su abuelo que más tarde anegó un embalse de posguerra. En su cima firmó Gerardo Diego este soneto:

Es la cumbre, por fin, la última cumbre.

Y mis ojos en torno hacen la ronda

y cantan el perfil, a la redonda,

de media España y su fanal de lumbre.

Leve es la tierra. Toda pesadumbre

se desvanece en cenital rotonda.

Y al beso y tacto de infinita onda

duermen sierras y valles su costumbre.

Geología yacente, sin más huellas

que una nostalgia trémula de aquellas

palmas de Dios palpando su relieve.

Pero algo, Urbión, no duerme en tu nevero,

que entre pañales de tu virgen nieve

sin cesar nace y llora el niño Duero.

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EL DUERO INFANTE

Desde el paso de Machado, Baroja o Unamuno por estos pueblos, el paisaje forestal de la cabecera del Duero ha mejorado mucho. Los pinares son de propiedad comunal y cada año se reparte escrupulosamente su provecho entre los vecinos.

Así que no han conocido otros fuegos después del devastador comienzo de su explotación maderera. «El pino es el mar y el cielo y la montaña: el planeta», escribió Antonio Machado, abrumado por la talla de estos bosques.

El alto Duero ha ejercido una especial seducción sobre novelistas que recorrieron sus caminos, como Pío Baroja; también en pintores, como Maximino Peña, que tiene su pequeño museo en Salduero, o Valeriano Bécquer y Ricardo Baroja; en viajeros como Unamuno, García Sanchiz, Joseph Maria Espinàs, Ridruejo, Torbado o Julio Llamazares; y en poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, como Antonio Machado, como Gerardo Diego. También Gabriel Celaya rimó su mala conciencia de comerciante con estos pinos de miel y cera:

 En Covaleda, recuerdo

yo, traficante en maderas,

hice los puercos negocios

normales de la posguerra.

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De estos bosques salió durante siglos la madera para armar barcos y levantar mansiones señoriales, dando lugar a una próspera industria carretera, que se ocupaba de su transporte hasta los puertos y ciudades.

Covaleda impone la pujanza de su caserío en medio de la espesura. Este pueblo tuvo mucha resonancia por su campamento juvenil, uno de los más elitistas y concurridos de la posguerra. En el Raso de la Nava, camino de Duruelo, siguen enhiestos los menhires de su Avenida de los Luceros. Una de las sendas más hermosas de esta cabecera del Duero es la que discurre entre el puente de Santo Domingo y el de Soria, atravesando el escobio de los Apretaderos. En este tramo, el río se aleja de la carretera y cruza hasta seis puentes: el de los Arrieros, el de Valserrao, el de la Arenilla y el del Refugio, además de los dichos. De la ermita de San Cristóbal parte la senda hacia los enclaves que jalonan la derecha del río: el mirador de la Machorra, la cueva del Melitón o el paraje geológico de la Piedra Andadera, una roca oscilante de varias toneladas que a veces se mueve con el deseo.

Pío Baroja recorrió estos caminos en el invierno de 1901, guiado por la pareja de la Guardia Civil, y se apropió del cuento de las andanzas del Tío Melitón, bandolero decimonónico con cueva en estos parajes, para su novela El Mayorazgo de Labraz. Melitón Llorente, un tipo gigantesco y fornido, fue cazador de trampa, montañero de hacha y morral, fanfarrón y asaltante tenaz de la diligencia, hasta que cayó abatido por mano airada. Covaleda tiene como patrón a San Lorenzo, cuya especialidad celestial consiste en la protección del fuego, y a pesar de todo padeció un incendio feroz en 1923, que arrasó casi un centenar de casas. El pueblo se rehizo con gusto y posibles, manteniendo miradores de madera y chimeneas cónicas, pero ese descuido imperdonable le costó al santo escurialense ser postergado en la advocación de la iglesia, que se dedica a los santos Quirico y Julita.

Desde el polígono industrial de Cabañares, una pista asfaltada anuncia la subida al Urbión. La belleza de los parajes que recorre aconseja su recorrido, con parada en el refugio y área recreativa de Bocalprado, a once kilómetros del polígono.

A partir del refugio, la pista trepa otros cuatro kilómetros hasta los Tejeros, donde se disfruta de un pinar centenario con ejemplares de formas fantásticas. Luego, hora y media de marcha transitando entre el cobijo del bosque y el matorral que remonta el Mojón Alto, ya por encima de los dos mil metros, asomado sobre la Laguna Helada. A pesar de la lanzadera de asfalto, la subida al Urbión por Covaleda sigue siendo una empresa titánica. Sin embargo, hasta que se construyó la pista maderera de Duruelo, esta era la vía de acceso. Todavía hoy, un ramal del GR-86.1 enlaza Covaleda con el pico a través de un recorrido de algo más de dieciséis kilómetros, que se puede acortar casi a la mitad subiendo en coche hasta el refugio de El Becedo. Por estas pendientes ascendieron los hermanos Baroja en pleno invierno y los excursionistas del Círculo La  Amistad que arroparon al poeta Antonio Machado en su viaje al Urbión y a la Laguna Negra.

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Entre Covaleda y Salduero median once kilómetros salpicados de hermosos parajes. Pío Baroja, en El escuadrón del Brigante, conduce a los personajes a cazar al Urbión y a distraerse por estos paisajes: «La garganta de Covaleda es uno de los desfiladeros más hermosos de España. La garganta de Covaleda se halla formada por un largo barranco cubierto de espesos pinares. En su fondo corre el Duero por entre peñas cubiertas de musgo, saltando en las cascadas, remansándose en las presas, moviendo las paletas de las serrerías, de tejidos rojos y brillantes». Luego curiosea don Pío con el origen bretón de sus habitantes: «Estos serranos del Urbión parecían bretones por su aspecto y, según algunos, procedían de unas familias llegadas allí desde Bretaña». Lo cierto es que les siguen llamando bretos, acaso por la dificultad de encontrar el gentilicio de Covaleda. Cerca ya de Salduero, al otro lado del río, se ofrece la zona recreativa de la Fuente del Piquillo. Los versos de Machado pautan el recorrido:

 Desde Salduero el camino

va al hilo de la ribera;

a ambas márgenes del río

el pinar crece y se eleva,

y las rocas se aborrascan,

al par que el valle se estrecha.

Los fuertes pinos del bosque

con sus copas gigantescas,

y sus desnudas raíces

amarradas a las piedras;

los de troncos plateados

cuyas frondas azulean,

pinos jóvenes; los viejos,

cubiertos de blanca lepra,

musgos y líquenes canos

que el grueso tronco rodean,

colman el valle y se pierden

rebasando ambas laderas.

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A la altura de Salduero, el río infante «ya de quejas de molinos sabe historias» y va coleccionando hermosos puentes. El paso del río en Salduero preside uno de los rincones más sugestivos del pueblo. Gerardo Diego lo escogió para una convalecencia de posguerra y pagó la hospitalidad con un libro de versos:

 ¿Cuántos años, meses, días?

Horas solo cumple el Duero

cuando pasa por Salduero.

Allá arriba, Urbión relumbra.

Nieve en mayo y en enero.

Ríe y llora, llora y ríe.

¿Cuántas gotas tiene el Duero?

¿Quién escucha sus vagidos?

Roca a roca se despeña.

¿Quién remienda sus camisas?

¿Quién le acuna cuando sueña?

Ya se cansa, se remansa.

Sobre el musgo va ligero,

invisible de tan frío,

de tan terso y liso, el Duero.

Por la izquierda, la derecha,

uno y otro arroyo ofrecen

sus espumas. Labio a labio

juegan, saltan, chocan, crecen.

El infante va contento,

brinca y tañe su pandero

–pies sonoros, piernas frescas–

cuando pasa por Salduero.

Ya aguas turbias de tormentas,

de las nubes truenos roncos,

cielos rasgan, ensordecen,

hinchan venas, botan troncos.

Ya de quejas de molinos

sabe historias, ritmos, pero

todavía la inocencia

ríe en guijas de Salduero.

No corras tanto, mi niño;

no, mi cielo, goza ahora,

que te acechan Soria impura,

Tordesillas y Zamora.

Portugal te abre su abismo.

Ay, el mar, el mar, me muero.

Desde Urbión, cantando, a Oporto,

¿cuántas horas dura el Duero?

 Cerca de la plaza Mayor, con su crucero, una casona guarda la memoria y los lienzos del pintor Maximino Peña (1863-1940), que aquí nació y veraneaba tomando escenas y tipos del natural. Pero el caserío serrano de Salduero no se concentra únicamente alrededor de la iglesia sino que se reparte por los barrios del Puente, de la Chorra y del Medio.

La iglesia de Salduero guarda un hermoso jardín al que asoma su pórtico. La crisis de la carretería impulsó una emigración dadivosa con el pueblo. A esa derrama se deben el lavadero de la Chorra, de 1794, y los dos edificios escolares, el puente, frontón, camposanto, el lavadero del Racho y el pavimento y paseo de árboles que adornan a Salduero desde hace cien años.

También ofrece Salduero un Centro de Interpretación de Pinares, cuyo recorrido explica de manera muy asequible tanto el territorio y el mundo del pinar como la más desconocida aventura de la carretería. Durante la época moderna la Tierra de Pinares fue sede de la Real Cabaña Carretera, la organización más poderosa de transporte en España. «Los prados de la región le daban sus fuertes bueyes, los pinares sus maderas, las sierras pastoriles su precioso cargamento de lanas, que iba a los lugares de intercambio o llegaba a los puertos del norte por largos caminos… Unas veinte mil reses vacunas de acarreo sostenían los prados de esta comarca aún en el siglo XVIII». Son las cuentas que echa el soriano Dionisio Ridruejo.

Creada por los Reyes Católicos en 1497, la Real Cabaña de Carreteros tenía como misión garantizar el abastecimiento de las ciudades y asegurar el transporte militar en tiempos de guerra, así como el comercio de lana, sal y otros productos básicos de la economía nacional. Hasta su abolición en 1836, esta asociación gozó de importantes privilegios, que incluían el derecho a pastar en las dehesas comunales, y las franquicias de paso, de invernada y de corta de madera para reparaciones imprevistas. Eso hacía que no fueran bien recibidos por la gente de los pueblos. Los largos viajes radiales se realizaban en cuadrillas de treinta carretas, que llevaban y traían de los puertos de mar los productos coloniales y para exportar. Bajaban del norte carbón, metales y salazones y a la vuelta subían vino, aceite y cereales. El oficio suponía pasar doscientos días al año fuera de casa. Y la jornada se iniciaba de madrugada unciendo los bueyes de tiro. Cada carreta llevaba dos y otro de refresco. A mediodía se hacía un alto para que pastaran los bueyes y para el almuerzo. A la caída de la tarde, el mayoral se adelantaba a caballo para encontrar un lugar seguro donde pasar la noche. La arquitectura de los pueblos carreteros de Tierra de Pinares ofrece en sus casonas amplios zaguanes capaces de engullir a las carretas con su carga. Los carreteros solo pasaban cuatro meses al año en casa, preparando aperos y útiles para la venta. Pero aquella arrogante prosperidad recibió un duro revés con la Guerra de Independencia, el declive del comercio ultramarino y la supresión del Concejo de la Mesta y de la Real Cabaña de Carreteros.

El caserío de Salduero es uno de los más hermosos y cuidados de la sierra, a pesar del empeño recurrente de las llamas por hacer cisco el pueblo. Los incendios más voraces fueron los de 1746, que destruyó cincuenta y ocho viviendas; 1851, del que queda el testimonio grabado de un dintel en el que los vecinos Manuel de Hoz y Anastasia Benito celebran el rescate de la vivienda cinco años más tarde; y 1885. El último episodio incendiario tuvo lugar en 1919. Para entender tantos humos, conviene recordar que todavía hace cien años frecuentes fuegos arrasaban adrede los pinares de esta sierra, llevándose a menudo por delante las casas de los pueblos, como ocurrió en solo un lustro con Salduero y Covaleda.

Luego, una gestión racional de los recursos ha conseguido que la Sierra de Urbión pueda acreditar décadas y décadas sin un solo incendio forestal. Aquella ferocidad devastadora provocó la ira de Antonio Machado:

 El hombre de estos campos que incendia los pinares

y su despojo espera como botín de guerra,

antaño hubo raído los negros encinares,

talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;

la tempestad llevarse los limos de la sierra

por los sagrados ríos hacia los anchos mares;

y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,

pastores que conducen sus hordas de merinos

a Extremadura fértil, rebaños trashumantes

que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto

hundidos, recelosos, movibles; y trazadas

cual arco de ballesta, en el semblante enjuto,

de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,

capaz de insanos vicios y crímenes bestiales

que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,

esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,

guarda su presa y llora lo que el vecino alcanza;

ni para su infortunio ni goza su riqueza;

le hieren y acongojan ventura y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero;

al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,

veréis agigantarse la forma de un arquero,

la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta

–no fue por estos campos el bíblico jardín–;

son tierras para el águila, un trozo de planeta

por donde cruza errante la sombra de Caín.

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LOS PALACIOS DEL TRAJÍN

Menos de un kilómetro media por la orilla del río entre Salduero y Molinos de Duero, dos pueblos con buena arquitectura palaciega y hermosos alrededores serranos. En realidad fueron uno hasta que en 1772 el rey Carlos III aprobó la secesión del barrio molinero. Para entonces, su vecindario ya era más numeroso que el de Salduero y, sobre todo, contaba entre sus naturales con la segunda hacienda de la Tierra de Soria, cuyos manejos consiguieron engrasar el complejo proceso de separación, intentado hasta entonces varias veces sin éxito. Ya un siglo antes, los molineros habían pedido que se les permitiera administrar como parroquia su ermita de San Martín de Tours y disponer de cura propio, así como tener carnicería y cirujano residente. Y lo curioso es que en ambos núcleos se repetían los mismos apellidos. Pero quien pitaba entonces era la familia Pérez, el padre Jerónimo y el hijo Isidro, vecinos de Molinos. Ellos solos contaban con 58 carretas, siete mil cabezas de ganado trashumante, las tres mejores casas del pueblo, tierras desperdigadas por todo el país, valores en compañías nacionales y ultramarinas, sesenta criados… A mediados del dieciocho, Molinos contaba con 504 carretas, frente a las 137 de Salduero. El mapa de separación de términos marca las lindes de la dehesa boyal, que divide por la mitad, y prima en el reparto de la dehesilla a Molinos con su pendiente montaña, en compensación por el edificio concejil, que quedó en Salduero. La pesca se partió a medias, fijando los tramos de cada pueblo, mientras la sierra pasó a Salduero y la molienda quedó para Molinos.

Molinos de Duero fue cabecera de la Real Cabaña de Carreteros, Trajineros y Cabañiles de Castilla, que en sus buenos tiempos llegó a contar con más de dos mil reses de tiro. Luego, el ferrocarril arruinó el negocio. «Después de esa fecha –anota Ridruejo–, el negocio de las ruedas se atascó del todo y la decadencia fue irreparable a lo largo del siglo XIX, siglo de guerras y transformaciones. Las carreterías pasaron a la historia y los prados de Molinos sirvieron para poco, mientras sus palacetes aburguesados se volvían casonas de aldea».

Con ese aspecto decrépito lo vio don Pío, al llegar por la calzada desde Vinuesa camino del Urbión: «A un lado y otro de Molinos asomaban casas arruinadas con viejos escudos nobiliarios». Un cuadro de Maximino Peña, que colorea la plaza de Molinos crecida de yerbajos y con alguna chimenea ya vencida por los vientos, transmite idéntica imagen de postratración. Eso sí, resaltando el empaque crepuscular de sus sillares. El paso del último siglo ha iluminado mucho esas tintas, porque al negocio de la madera se ha unido su descubrimiento como paraíso turístico. Más dulce resulta la evocación de Antonio Machado en sus Canciones del alto Duero:

 I

Molinero es mi amante,

tiene un molino

bajo los pinos verdes,

cerca del río.

Niñas, cantad:

‘Por la orilla del Duero

yo quisiera pasar’.

II

Por las tierras de Soria

va mi pastor.

¡Si yo fuera una encina

sobre un alcor!

Para la siesta,

si yo fuera una encina,

sombra le diera.

III

Colmenero es mi amante

y, en su abejar,

abejicas de oro

vienen y van.

De tu colmena,

colmenero del alma,

yo colmenera.

IV

En las sierras de Soria,

azul y nieve,

leñador es mi amante

de pinos verdes.

¡Quién fuera el águila

para ver a mi dueño

cortando ramas!

V

Hortelano es mi amante,

tiene su huerto,

en la tierra de Soria,

cerca del Duero.

¡Linda hortelana!

Llevaré saya verde,

monjil de grana.

VI

A la orilla del Duero,

lindas peonzas,

bailad, coloraditas

como amapolas.

¡Ay, garabí!…

Bailad, suene la flauta

y el tamboril.

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Molinos es un pueblo pequeño y eso resalta la solidez de sus casas, las más notables con zaguanes y aleros generosos, blasonadas y enrejadas de buena forja. Desde Molinos, una carretera discurre hacia Abejar sorteando los tentáculos del embalse. Un desvío de este ramal conduce hasta el embarcadero y zona de recreo de Playa Pita, espacio muy concurrido con el buen tiempo.

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LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ

Para ir de Molinos a Vinuesa hay que volver a cruzar el Duero. También puede hacerse el trecho en una caminata que no alcanza a ser horaria, siguiendo la calzada romana que discurre por la derecha del río y que se toma al pie del puente.

Sobre la cola del embalse, Vinuesa domina la vega en que se unen el Duero y el Revinuesa, un riachuelo que recoge los deshielos del puerto de Santa Inés y de las lagunas de Urbión.

El caserío de Vinuesa ocupa una fértil Mesopotamia siempre verde, a la que asoman sus balconadas de madera repujada y su traza señorial tendida entre las ermitas de la Soledad y de San Antón. «El núcleo antiguo de Vinuesa –escribió Joseph Maria Espinàs–, se encarama en un cerro, en lo alto de la iglesia.

Una novedad: este ya no es un pueblo de anchas calles, a menudo desligadas unas de otras, solo en parte colonizadoras del espacio, sino una piña compacta. Es la herencia de un poblamiento muy antiguo, cuando la gente se instalaba en una altura defendible, y allí se había de apretujar». Ocupa el solar de la histórica Visontium, una aldea celtíbera de la tribu de los pelendones a la que debe su rebuscado gentilicio de visontinos.

Siglos más tarde, un monarca medieval apuntó en su cuaderno de montería que era buen terreno de oso y puerco en verano.

Uno de los Gómez de la Serna descendientes de Castilruiz que se dieron a la pluma, el viajero Gaspar, dibujó esta estampa: «Vinuesa es una villa alegre, de sólida piedra sillar;

limpia, próspera, urbanizada como una pequeña ciudad, centro y corte de Pinares, según la llaman por aquí… En realidad, Vinuesa es una villa superpuesta, mitad siglo dieciocho, mitad siglo veinte. De aquel proceden los grandes caserones y palacios que le restan, la parroquia y cierta planta o empaque industrial que le dieron sus tenerías, batanes, lavaderos de lanas y carreterías y aun una fábrica de papel que blasonaba ser de las primeras de España. La Guerra de la Independencia y luego la carlistada arruinaron toda esa industria, quemaron sus palacios, talaron sus montes, incendiaron sus pinares y esquilmaron su ganadería, dejando a Vinuesa apagada para todo un siglo, herida de muerte». El paseo por Vinuesa puede iniciarse en la plaza de la Soledad, donde está situada la ermita junto al vistoso chalet de un indiano, prosiguiendo por la calle Reina Sofía hasta la plazuela del rollo jurisdiccional, de la que parte a la izquierda la calle Andrés Villacieros, en la que se encuentra el palacio del marqués de Vilueña, del XVIII. Poco más adelante de la plazuela del rollo, se abre la plaza Mayor, dedicada a Juan Carlos I, un recinto presidido por la majestad gótica de la iglesia de la Virgen del Pino. A su lado, el ayuntamiento. De la misma plaza sale la calle Luenga, con el palacio de un obispo de Palermo, don Pedro Neila, a la izquierda, que hoy es colegio público, y enfrente la muy típica casa de los Ramos, con su balconada abierta a la solana. Esta pasarela de noble arquitectura pinariega remata con la casa del Rancho, que se distingue por su escudo esquinero. Al margen de estos monumentos, Vinuesa ofrece un caserío cuidado, de traza comedida, un excelente conjunto de arquitectura rural, en la que llama la atención el lavadero del Remunicio, otro riachuelo serrano que descarga en el Revinuesa antes de alcanzar al Duero.

El ilustrado Luis Bello encontró inolvidables estas «callejuelas empedradas de guijos que lava la lluvia; ¡tan limpias, tan bien medidas!, donde aparecen superpuestas, sin violencia y sin escándalo para los ojos, dos épocas distintas: la época de la dignidad hidalga y señorial y la época del confort». Bello había remontado el Duero a comienzos de 1926, en su Viaje por las escuelas de España. La de Vinuesa le pareció una escuela encantada en su clausura. Llevaba diecinueve años cerrada porque su promotor, el abuelo materno de Agustín de Foxá, la había levantado sobre un terreno cedido por el municipio pero perteneciente a una fundación pía.

Aquella escuela de recios esquinales soporta ahora la vecindad de un pabellón enladrillado, que sigue la pauta insípida de las modernas construcciones educativas.

En la casa de los Torroba, un palacete de sillería con abetos que destaca por sus mansardas de pizarra, jugó de niño y luego volvió a menudo para apaciguar las contrariedades de la vida el escritor y diplomático Agustín de Foxá Torroba (1906-1959). Los abetos los plantó su hermano Jaime, ingeniero forestal. En la distancia de sus destinos diplomáticos, el escritor evocaba la frescura del jardín familiar, con «los guijarros humedecidos por la cercanía del Duero». Todavía se aprecian tras la verja los macizos de rosas y glicinias y el surtidor que refresca los geranios.

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Los Foxá habían perdido, por los dispendios de un abuelo manirroto que fue alcalde casi adolescente de Barcelona, el castillo de su solar ampurdanés, que recuperó muy mermado Agustín al final de sus días. Tenía las torres desmochadas por orden de Felipe V y le habían arrancado su pedrería más vistosa para adornar la iglesia de S’Agaró. Sin embargo, el abolorio materno mantuvo sus raíces bien prendidas en Vinuesa y Ciudad Rodrigo, donde incrementaron su feudo en la desamortización con el monasterio de La Caridad. Allí llevaba Agustín de merienda a sus compinches de la retaguardia salmantina en los días soleados de la guerra. Luego, el cabildo mirobrigense lo nombraría canónigo honorario, por sus gestiones para devolver a la ciudad del Águeda el rango episcopal. Poeta rezagado, la hojarasca modernista ofuscó a menudo las bengalas de su ingenio. Reunió los versos en una antología de fines de los cuarenta, que fue su momento de esplendor. Todavía alcanzaba el eco de su novela de guerra, Madrid, de Corte a checa, escrita en los veladores del Novelty salmantino, y el aplauso desigual a sus comedias de evasión. También había sido el más fecundo contribuyente a la letra del Cara al sol, elaborada en la corte literaria de José Antonio. Después de la guerra, su chispa indolente lo especializó en versos satíricos y en rimar himnos, género que no exigía gran esfuerzo. Los hizo en comandita con Alfaro y el maestro Tellería para los Flechas de Falange y para la División Azul. Su destino diplomático en Roma y Helsinki lo puso en contacto con Curzio Malaparte, que trazó su retrato de cínico en Kaputt. Pero no quedó conforme con aquella incómoda notoriedad y tuvieron un agrio cruce de reproches. Entre embajada y embajada, se casó en Sevilla con María Luisa Larrañaga, la efímera y «bellísima Condesa de Foxá», que tanto luciría en el séquito de Eva Perón. En Buenos Aires había ilustrado su breviario lírico El gallo y la muerte y en febrero de 1948 tuvieron una hija, la actual condesa con sede en Marbella. Fue el fugaz destello de la pareja, que acompañó diplomáticamente a Evita en su viaje a España. Foxá recibió la encomienda de escribir el libro Trajes de España para engalanar el regalo de atavíos regionales, uno por provincia, organizado por la Sección Femenina.

 

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Ernesto Escapa

Nació en Carrocera, un pueblo de la provincia de León, en 1954. Es editor, crítico literario y periodista. Desde los años setenta ha ejercido el periodismo cultural y ha colaborado en diarios como Informaciones, Pueblo y El País, así como en las revistas Triunfo, Reseña, Índice, Mundo joven y La Estafeta Literaria. En 1973 obtuvo el Premio Nacional de Novela Universitaria por Legado de sombras.

Como editor, crítico y animador cultural, ha sido miembro del jurado de los premios nacionales de la Crítica, tanto en sus sedes de Sitges como de Zaragoza, así como del equipo que elaboró el volumen La cultura española durante el Franquismo (Bilbao, 1977).

Fue responsable del primer Congreso sobre Literatura Contemporánea en Castilla y León (1985) y coautor del catálogo Escritores de Castilla y León (2006). Entre 1983 y 1987, fue jefe de Gabinete de la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León.

Desde 2000 es Académico de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, una institución cultural ubicada en Valladolid, que tiene como función “el fomento, defensa y difusión de las Bellas Artes de Valladolid y su provincia” y cuyos orígenes se remontan a 1779, en tiempos del rey Carlos III.

Durante dos décadas dirigió la editorial Ámbito y en 1989 recibió el Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades. Entre 1989 y 2003, fue director del Anuario de Castilla y León, una obra de referencia en el análisis de la cultura y de los datos básicos de la Comunidad. Como cronista ha cultivado con especial dedicación la literatura viajera. En 2004 fue galardonado con el Premio de Periodismo de la Fundación del Patrimonio por una serie de reportajes sobre el Camino de Santiago.

Entre sus publicaciones más recientes, cabe destacar: Generaciones juntas. Veinte años de narrativa en Castilla y León 1983-2003 (2003), Guía del Duero/Douro (2005), Citas de Pasión (2006), Sendas por Castilla y León (2006), La primavera de Antonio Machado (2007, sobre la estancia del poeta en Soria y Segovia), Rincones mágicos (2008), Grandes monasterios (2008), Corazón de roble. Viaje por el Duero desde Urbión a Oporto (2008), Tierra de horizontes (2009), Rutas de senderismo (2009) y Pueblos en la naturaleza (2009). Todo ello lo confirma como un guía atento por los rincones de Castilla y León, un territorio rico, cuya cultura, paisaje humano y patrimonio conoce como la palma de su mano.

Contacto con el Autor: https://www.facebook.com/ernesto.escapa

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