LA DEFENSA DE LOS BOSQUES: EL HACHA Y EL INCENDIO – (27/12/1918)

Una vez más, en un artículo publicado en el DIARIO DE HUESCA del año 1918, se pone como ejemplo de conservación del pinar a Covaleda, aunque no todo son flores, también habla del conflicto que se generó en Covaleda con la instalación de una sierra de vapor, conflicto del que más adelante publicaremos más información junto con otra polémica por la construcción de una nueva sierra, la sierra nueva.

Este es el artículo:

EL DIARIO DE HUESCA – 27-12-1918

LA DEFENSA DE LOS BOSQUES

EL HACHA Y EL INCENDIO

«Acaso el que desearga la segur en el fondo de un bosque asesta el golpe de muerte en la garganta de su hijo.»

COSTA.

carretera de soria

Rápidamente, como si se tratara de un asunto de trámite o de una ley de urgencia, aprobó el Senado la defensa de los bosques, propuesta por el ministro de Fomento. Frente a la realidad tristísima, cuanto a la situación de los bosques españoles, no la ley aprobada, otra más radical sería necesaria, a condición de que se cumpliese. Teniendo en cuenta lo ya legislado, toda forma de preceptiva carece de originalidad, y la contenida en el proyecto a que nos referimos no tiene otra novedad que ampliar la intervención del Estado a los montes de propiedad particular. Es necesaria, absolutamente indispensable la defensa de los bosques, porque el área forestal española, con las talas consuetudinarias y los casi periódicos incendios, se ha reducido a la mitad de su natural densidad. A cincuenta millones de hectáreas, próximamente la extensión de nuestro suelo, corresponden diez millones, como mínimo, de zona forestal, y escasamente existen cinco pobladas de árboles. Y el árbol es lo que menos cuidados exige para dar frutos ubérrimos; sobre que interviene de regulador de los cursos de aguas, haciendo fertilizantes los torrentes devastadores. Pero la ley aparte la innovación que hemos indicado, no sería precisa si se hubieran  cumplido los fueros, pragmáticas, órdenes y la legislación penal última, que han sido letra muerta ó burladero de insanos apetitos y sórdidas codicias.

En el libro VII del Fuero Juzgo, título II, se condenaba a azotes al que incendiaba los montes. En el Fuero de Soria (1256) se regulaban las cortas, el carboneo y el aprovechamiento de pastos, y a los incendiarios se les condenaba a echarlos en el fuego. Pedro I de Castilla hubo de reprimir también a los que cortaban un árbol para utilizar un palo ligero. Los Reyes Católicos, en pragmática de 28 de Octubre de 1496, mandaban, respecto a los montes, “que conserven para el bien y pro común de los pueblos y no les talen, ni descepen, ni corten”, permitiéndose el aprovechamiento de leña, “no los cortando por pie, salvo por rama, y dexando en ellos horca y pendón por donde puedan tornar a criar”. Y así sucesivamente siguen dictándose pragmáticas, instrucciones, Reales Órdenes, providencias, reales cédulas, hasta que en 1848 se creó la Escuela especial de Ingenieros de Montes en Villaviciosa de Odón. Desde este momento, con la explotación científica de los montes, se contiene algo la destrucción; pero siempre, y a pesar de la Legislación penal vigente, el hacha y el incendio, burlando la vigilancia de la guardería forestal, iniciada por la pragmática de 21 de Mayo de 1518 y casi con organización perfecta en nuestros días, riñen batallas encarnizadas, de las que salen triunfantes, con los bosques. No hemos carecido, pues, de leyes, ni de medios pesquisitivos para hacer efectivas las sanciones. Contra ellos, a pesar de ellos, la codicia ha talado los bosques, atrayendo la miseria a comarcas, como la de la Chapinería, antes poblada de encinares, que vivían felices al amparo de sus montes.

Algo existe, por tanto, en este aspecto de la riqueza pública, que no se corrige con leyes, ni Reales órdenes. Es nuestra idiosincrasia, que mueve al gobernado a rebelarse contra lo estatuído, y á los gobernantes á ceder á presiones que no se compadecen con el interés colectivo. En este respecto, podemos presentar un caso contradictorio de gran elocuencia. Uno de los pueblos que gozan todavía de los espléndidos dones de su magnífico pinar es Covaleda, de Soria. No habrá en España parecido ejemplo. Era natural, por lo mismo, que el Distrito forestal y el Consejo velasen por la conservación de tan envidiable riqueza. Y lo han hecho, al parecer, en algún momento. Fue cuando varios vecinos cayeron en la cuenta de que podían aprovechar un salto de agua próximo para facilitar, montando una sierra hidráulica —las de vapor las prohibe la Ley—, la elaboración de las maderas de las cortas anuales; al mismo tiempo, pensaron que al pueblo le vendría bien el alumbrado eléctrico suministrado con la energía que el salto podía producir. Informaron favorablemente el ingeniero de Sección y el ingeniero jefe del Distrito forestal. Pero llegó el expediente al Consejo forestal, y este alto organismo, defensor de la intangibilidad de los montes, no solo denegó la solicitud, por no afectar al interés público —el alumbrado, por lo visto, afectaba al privado—, sino que amonestó á los ingenieros que veían tan liso y llano el hecho de la ocupación de parte del monte, evaluada en 117 pesetas, sin reparar en los riesgos que había de correr el bosque de pinos. ¡Exagerado y loable celo del Consejo forestal por la conservación de la riqueza arbórea de utilidad pública!

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Pero la medalla tiene un reverso. En el mismo pueblo, por iniciativa de otra persona que ni siquiera era vecino, se instaló una sierra de vapor —prohibida terminantemente dentro de los montes por la legislación penal- a los dos años de haber querido los vecinos montar sierra hidráulica y producir energía eléctrica para el alumbrado. Por el momento, se estrelló el industrial contra los dictámenes de ingenieros y del Consejo forestal. No obstante, conociendo el interesado que en España todo se logra con perseverancia, insistió, agudizó el ingenio, puso en actividad su fantasía, acudió a todos los resortes, y en la actualidad está funcionando la sierra de vapor.

Con el tiempo, el industrial ha logrado que quedasen sin efecto los dictámenes de los ingenieros y del Consejo de Estado; ha obtenido Reales órdenes que anulen otras anteriores; ha saltado por encima de la Legislación penal de montes, y tiene en marcha la explotación del aserrío de maderas, con los riesgos anejos a las fábricas de vapor, que, como los pararrayos a las chispas eléctricas, atraen las cortas fraudulentas y los incendios. A los vecinos se les negó el emplazamiento de una sierra hidráulica, en la que, además, había de producirse fluido eléctrico en interés del pueblo, so pretexto de que no era un caso de utilidad pública; al particular, se le autoriza la instalación de una sierra de vapor, condenada por la ley, sin preocuparse de que redunda en perjuicio del monte y solo favorece a su dueño. Son dos casos que abarcan toda la filosofía de la Legislación de montes; el anverso y el reverso de la medalla, que muestran cómo, con buenos preceptos, sigue descargando la segur en el fondo de los bosques, sin pensar que se asestan golpes en la garganta de las nuevas generaciones.

Hemos creído de extraordinario interés brindar este caso al señor Cambó, ahora que está semi aprobado un proyecto de defensa de los bosques. A nosotros, conscientes de los que vale y significa la riqueza forestal, como tal riqueza, como seguros de la agricultura y como interés nacional, no nos produce alarma que la intervención del Estado alcance a los plantíos de particulares. Hay que defender a todo trance nuestros bosques, y toda medida de rigor nos parecerá plausible. Pero ha de permitirnos el señor Cambó que, a su optimismo, opongamos nuestra incredulidad. Las leyes, para que sean útiles, tienen que promulgarse con el decidido propósito de cumplirlas, pues, para el archivo, no se necesitan disposiciones, que no han de mejorar en previsión y sabiduría a las que ya existen. ¿Piensa lo mismo el ministro de Fomento? Pues comience por subsanar transgresiones como la que queda apuntada; tan peligrosas para la conservación de los pinares, como las roturaciones de los alcornocales extremos lo es para la industria corchotaponera del Ampurdán. Y, como el rigor la acompañe al buen propósito, le alcanzará la gloria de rectificar el aforismo: «los montes preceden a los pueblos, y a éstos les siguen los rasos». Porque el hacha y la tea están alertas siempre, para burlar los proyectos mejor pensados de los gobernantes.

(De El Mundo).

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