SOLDADOS DE FUEGO

Como introducción a la serie de artículos que publicaremos en los días posteriores sobre el terrible incendio que sufrió Covaleda el día 6 de septiembre de 1923, en el 90 aniversario de aquel suceso y como homenaje a todos aquellos hombres y mujeres que como el ave Fenix supieron resurgir de sus cenizas, en el día de hoy publicamos un artículo escrito por Lucía Pancho el pasado día 5 de Octubre del 2007 y publicado en el tristemente desaparecido periódico LA VOZ DE PINARES.

ANOCHECER EN PINARES AÑO 97

Soldados de fuego

SUCEDIÓ HACE 84 AÑOS EN Covaleda. Un incendio destruyó 93 casas de Covaleda el 6 de septiembre de 1923, arrasó las pertenencias de 110 familias y causó_ daños valorados en más de dos millones de pesetas. Solo algunas viviendas del barrio de la Iglesia se salvaron de un fuego desatado por la sed de la tía Perijula, una vecina alcohólica que ya había protagonizado al menos un susto similar, y avivado por la voracidad del viento norte.

Jueves por la mañana. Se recibe un telegrama en el Gobierno Civil de Soria. El alcalde de Covaleda, Emilio Berzosa, comunica que un incendio declarado en el corazón del pueblo ha devorado ya siete casas del pueblo y amenaza a todas las demás. Cuentan que desde los puntos más altos de la capital se puede atisbar la enorme columna de humo que se levanta en el lugar donde hasta entonces los mapas situaban la localidad pinariega.

Y allí sigue. 84 años después, gracias a la entereza de sus habitantes, a la solidaridad de los vecinos de Duruelo, Salduero, Vinuesa y otras localidades cercanas, y a la ayuda económica llegada desde puntos dispares de la geografía española.

Los primeros gritos de alerta sorprendieron a los más tardíos en la cama. Nada hubiese alterado su sueño si la sed de Felisa, conocida por todos como la tía Perijula, no le hubiese nublado la razón. Pero la viuda no podía prescindir de su “libación aguardentosa, que la ponía fuera de sus cabales”, según publicó_ entonces El Noticiero de Soria. Paradójicamente, el origen del fuego no parece estar en la ingesta de anisete sino en las dificultades de la señora para empinar el codo. Al no encontrar la botella, dejó una tea encendida y salió en busca de algo que la saciase.

Bien sea por el viento, bien por la mala suerte, bien por culpa de la pobre tía Perijula, víctima de sus desmanes alcohólicos, la tea prendió en la cama y las llamas se extendieron con ansia por el ajuar de la viuda y toda la casa, en la que residía con una hija. De allí saltaron a otras edificaciones, contiguas o no, ya que, según El Avisador Numantino, alguna distaba más de 75 metros del foco inicial del fuego.

panorama dantesco. Las viviendas afectadas superan ya la media docena. El panorama es dantesco. Las campanas tocan arrebato. Tablones ardiendo vuelan literalmente. El humo y el calor hacen irrespirable el aire. Animales, niños y adultos corren y gritan despavoridos. Superados por el pánico y la magnitud de la columna de humo y fuego, los vecinos contemplan impotentes como animales y enseres arden en el interior de los inmuebles afectados. El viento norte arrecia y para mayor desesperación, no tarda en agotarse el agua de la única fuente de Covaleda.

Deciden entonces formar una larga cadena humana hasta el arroyo próximo, que dista del núcleo urbano unos 250 metros. Calderos, barreños y cualquier recipiente susceptible de transportar agua en su interior pasan de mano en mano.

“Por momentos –relata El Avisador Numantino- aumentaba el número de individuos que de Duruelo, Salduero, Molinos, Vinuesa y La Muedra llegaban con materiales para sofocar el fuego”. Pero cualquier esfuerzo resulta inútil.

En su desesperación, imploran la ayuda divina. El cura párroco, Francisco García Rupérez, ayudado por el presbítero y catedrático de la Universidad de Valladolid, Mateo Rioja, saca de la iglesia a Jesús Sacramentado y lo coloca frente a la inmensa hoguera.

Aseguran las crónicas de la época que el viento se apacigua y el fuego deja de ensanchar sus dominios destructores, aunque persiste en devorar lo que ya ha hecho suyo. Un milagro, aunque algo tardío. Una esperanza en medio de tanta destrucción.

Mientras, las autoridades capitalinas y provinciales, con el gobernador Mesa de la Peña al frente, organizan una expedición con una brigada de bomberos y material para luchar contra el fuego. Para cuando llegan las autoridades, poco después de las doce de la mañana, media Covaleda ha quedado reducida ya a cenizas. Los efectivos del operativo antiincendios lo hacen a la una y media. 

A las cinco de la tarde se da por controlado el incendio. Afortunadamente, nadie ha resultado herido, aunque son muchísimos los animales que yacen abrasados dentro o a pie de las 93 casas destruidas. Frente a ellas, sus moradores lloran desconsolados.

Algunos no han podido salvar ni una sola prenda. Los daños superan los dos millones de pesetas. Se ha derrumbado el cuartel de la Guardia Civil y varios comercios, entre ellos el estanco, quedan completamente arrasados.

El gobernador, Mesa de la Peña, convoca una reunión en el Ayuntamiento. Pide a los vecinos de Covaleda que olviden cualquier odio o rencilla personal para actuar como si estuvieran “soldados por el fuego” y reconstruir los hogares y negocios de más de un centenar de familias.

Se arbitran e idean las primeras fórmulas de ayuda: suscriciones populares, subvenciones directas y ayudas a través de la suerte de pinos. El alcalde, el párroco y el ingeniero Antolín García constituyen una Comisión, encargada de buscar apoyo material y económico en cualquier lugar.

Los vecinos se organizan para pasar la noche a cubierto en las edificaciones que aún quedan en pie. Nadie tiene que pasar la noche a raso. Ni siquiera la tía Perijula, Antes de retirarse a descansar, exhaustos, despiden cariñosamente a las muchas gentes de la comarca que llegaron por la mañana para ayudarles. Pocos logran conciliar el sueño esa madrugada. Muchos piensan ya en cómo reconstruir su hogar y recuperar el ritmo vital de una población en la que hoy esta pesadilla ha quedado más que superada.

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