LA COVALEDA QUE VIVIÓ EL TÍO MELITÓN – II

Melitón Llorente Rioja

Vino al mundo en un pueblo que había sido rico y ahora se veía depauperado por causa de las guerras. Había sido rico a pesar de que el canónigo e historiador don Juan Loperráez en un informe para el Obispado de Osma echa pestes de las gentes de la sierra diciendo que nuestros antepasados vivían prácticamente como los hombres de las cavernas, tal vez porque escribía de oídas o porque su misoginia le llevaba a tergiversar la realidad de la esforzada mujer covaledana y pinariega en general.

Al decaer la carretería, los vecinos se vieron forzados a cultivar la ganadería —en Covaleda no había campos de labor—, siendo el pastoreo y el cuidado del ganado vacuno las principales fuentes de riqueza, así como el trabajo del monte: la tala de pinos, el acarreo local de la madera, la obtención de la brea, la serrería, fabricación de muebles, etc., además de otros oficios minoritarios.

Seguramente, los enfrentamientos entre ganaderos y pastores fueron frecuentes por culpa de los pastos; incluso entre los mismos pastores habría peleas porque uno invadía el terreno del vecino, etcétera, llegando a las manos; y los más salvajes quemaban el monte con la idea de ampliar las zonas de pasto en detrimento del pinar.

En este punto encontramos a nuestro protagonista, El Tío Melitón, que era un pastor modesto como tantos otros. Los datos fehacientes que tenemos de él son los que don Víctor extrajo de los Libros Parroquiales y del Registro Civil en los que constan las actas de su bautismo, su casamiento, la defunción de su hijo y la de su propio entierro, pudiéndose leer al margen de este acta los apelativos de «El Terrorista» y «El Célebre» que don Francisco García, cura de Covaleda, añadió indicándonos que la leyenda ya estaba en marcha.

A su vez, Yolanda Corrochano, descendiente de este pueblo, me proporcionó su genealogía —que ofrezco en parte al final— remontándose hasta el año 1600 quedando perfectamente enmarcado como un personaje de carne y hueso, no un mito.

Bien, estos son los datos escritos. Pero ya se sabe que la tradición oral también forma parte de la historia, y esta oralidad ha descrito la vida del Tío Melitón con unos rasgos que en muchos casos pecarán de exagerados o de inexactos, pero que en su conjunto conforman la figura del personaje que todos conocemos, añadiendo matices muy interesantes.

En mi caso, cuento lo que me contaron. Así que, un verano me dio la ventolera de reescribir su historia basándome en los datos aportados por don Víctor, a los que añadí lo oído a mi padre y a mi abuelo, junto con algunos detalles que me dieron ciertas personas a las que consulté, materia básica con la que fui tejiendo un relato que en su conjunto, creo yo, resulta interesante. Luego vinieron las puntualizaciones, las correcciones y el tratar de hacer una historia creíble. Titulé el libro Muerte a mano airada.

Cuando le propuse a Fernando Sánchez Dragó, por medio de un amigo común, que prologase el libro, se sintió encantando porque las leyendas sobre facinerosos sorianos era algo que le atraía mucho, según me dijo. Y nos pasamos la tarde hablando de sacamantecas, lobishomes, ojáncanus, etcétera, refiriendo leyendas y tópicos de estos seres mitológicos. Incluso salió a relucir en aquella conversación la truculenta historia del «Oso de Covaleda» que apareció publicado en Los lunes del Imparcial (16 de diciembre, 1901) por Pío Baroja, suceso que se prestaba para divertidos comentarios.

El Prólogo que me escribió dice así:

Leyendo este libro de Sanz Lallana soriano de la diáspora, uno se persuade de que la Soria del siglo pasado tenía mucho más que ver con el Far West que con los tópicos del 98.

Ya Baroja se fijó en este atrabiliario desperado de Pinares que, por lo visto, no necesitaba de armas de fuego para desembarazarse de un cristiano.

Melitón Llorente Rioja, que así se llamaba el «angelito», sale por las páginas del Mayorazgo de Labraz y su presencia fantasmal dicen que todavía se siente por ciertas veredas que llevan a la Piedra Andadera.

Era, entre otras cosas, un emboscado a la manera de Jünger, un ser libre a quien no le cuadraban las leyes de la tribu ni sus imposiciones.

La saga pirenaica que nos propone Sanz Lallana no le va a la zaga a la que Machado imaginó en parecidos exteriores—se refiere a los sucesos que relata Machado en La Tierra de Alvargonzález—. En cuanto a este barbazul pinariego, pasa ya a formar parte del imaginario soriano popular, junto al espectro del Tío Chupina y otros proscritos de trueno…

Las razones que llevan a un hombre a lanzarse al monte, a volver al cálido abrigo de la naturaleza, lejos de las ciudades y sus instituciones, son varias. En el caso del brutal y atrabiliario Melitón ―un hombre de hacha y morral, le define Sanz Lallana― con todas las características del animal mitológico, el disparadero fue fútil, no le costó mucho desprenderse de la costra de la civilización.

Por desgracia, la pareja que formaba junto a la Cabrejana fue estéril. De lo contrario, hoy habitarían las umbrías pinariegas una raza de lobishomes bretos (hombres lobo), de basajaúns (protectores del bosque vasco) u ojáncanus (hombres salvajes cántabros) pelendones, de busgosus (habitante de los montes astures) celtíberos…

El cuento de Sanz Lallana tiene el sabor de las cosas de antaño, de los sucedidos que las abuelas pinariegas custodias de la tradición contarían bajo la cónica chimenea a los atónitos nietos en las noches de Cierzo, cuando al lobo, augurando el invierno, le tocara descender de sus reales en la Sierra de Urbión…

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PORTILLO DE LA REMENDA. CUEVA
Desde el intenior la boca de la cueva ofrece esta línea triangulada. Abajo, el
precipicio, y sobre sus rocas, un pino señalero, picado a los cuatro aires, para
advertir su proximidad.

Este Prólogo, además de estar muy bien escrito, pone en el punto exacto del imaginario soriano las leyendas de la gente cruda que hubo en nuestros pueblos.

Cita Fernando al Tío Chupina, otro individuo «de trueno» que fue famoso en su día; les voy a comentar brevemente el porqué. Se trata de un bandolero —dicho esto en toda la extensión de la palabra— que se dedicaba a robar y extorsionar a las buenas gentes del Campo de Gómara. Era natural de Serón de Nájima y formó una banda de forajidos que saqueaba los pueblos del contorno sin piedad ni miramiento alguno. En una ocasión se enfrentó a tiros con los vecinos de Beratón siendo herido en la reyerta quedándole una cojera que tuvo que curar en un penal donde purgó sus fechorías.

La historia tiene su gracia porque en una ocasión se fue a la iglesia, interrumpió la misa del día de fiesta donde estaba congregado todo el pueblo, y uno a uno fue llamando a los vecinos para que le entregaran lo que llevaban encima. Además, tuvo la desfachatez de decirle al cura: «Siga, siga con la misa reverendo, que aquí todos somos cristianos», mientras les robaba impunemente.

Visto así, Melitón parece hasta buena persona, pues sus fechorías se limitaban a robar ganado a sus vecinos cuyas carnes curaba cuidadosamente en las cuevas que tenía por los altos del Portillo de la Remendá. Buenas cecinas tuvo que comerse el ladrón a costa de los demás. Lo malo es que con el tiempo no se limitó a robar el ganado ajeno, sino que pasó a ofender a las mujeres y alterar la paz del pueblo con su actitud chulesca y provocadora, lo que hizo que el enfrentamiento llegara inexorablemente como pasó en Fuenteovejuna, que fueron a por él todos a una.

Y es que durante los años que estuvo en la cárcel por cuatrero, su carácter se agrió, y se hizo vengativo y cruel. Estando preso, llegó a sobornar a sus guardianes y en una noche se plantó en Covaleda y quemó la teina del Tío Lerín con todo el ganado que tenía dentro, simplemente porque se le había enfrentado y amenazado con darle una paliza si seguía faltando a la gente, algo intolerable para un Melitón orgulloso y soberbio, hecho que supone una crueldad añadida a la mente depravada del ladrón.

Cuento en mi libro Muerte a mano airada —expresión que tomé de la leyenda escrita en la piedra de la Cruz de Lerín y del acta de defunción con la que don Cándido, el cura de Covaleda, que define la muerte violenta de ambos—,  cómo tuvo serios encontronazos con las autoridades y otras gentes del pueblo, siendo la más emotiva aquella que se cuenta de un chaval que andaba buscando a su becerra por la parte alta del Portillo de la Remendá, y la encontró desollada en la cueva que ocupaban Melitón y su mujer, la Cabrejana, al que amenazaron de muerte si hablaba. Este muchacho, familia de los Tolvas, fue motivo de discusión entre los lectores porque unos me contaron que murió por el fuerte impacto que le produjo el encontronazo con el ladrón, en cambio, otros me dijeron que no, que había sobrevivido y que luego había emigrado a Argentina. Yo me incliné por la primera versión porque me parecía la más novelesca.

Da la impresión de que Melitón consideraba suyo todo aquello que se movía por el monte, como le ocurrió con el cura de Regumiel, don Inocencio de Lucio, al que quiso quitarle el caballo cuando iba camino de Duruelo, y su sagacidad —y las ganas de fumar que le entraron de repente al Melitón— le libraron de sus garras salvando el caballo y el pellejo.

El punto culminante de su enemistad con los del pueblo quedó patente con el asesinato de Cipriano García, El Lerín, a quien mató de un hachazo por la espalda el 9 de julio de 1870, a los 33 años de edad. De aquel hecho queda como testimonio una gran cruz de piedra solitaria en el monte.

Pero Simón, el cartero del pueblo, había decidido poner fin a los insultos que cada día le regalaba el Melitón, y de acuerdo con la Guardia Civil —aunque esto es parte de la leyenda— decidió esperarle en la calleja de los Bolicios y le descerrajó tres tiros que acabaron con su vida. Era el día cinco de enero de 1878, víspera de Reyes.

La Cruz de Lerin

La Cruz de Lerin

 Llegados a este punto, las preguntas que nos podemos plantear son las de siempre: ¿Por qué motivo, aparte de su personalidad violenta, Melitón se echó al monte y tiró por la calle de en medio?, ¿cuáles fueron las causas reales que le llevaron a matar a su vecino, el Lerín?, ¿y la venganza posterior del pueblo contra él, estaba justificada? Como conclusión, y a la vista de las circunstancias tremendas que se daban en la sociedad de entonces, me pregunto: ¿el Melitón es culpable, o tiene cien años de perdón?

Comentando el ambiente malsano que debía de existir no ya en el pueblo, sino en toda España  como consecuencia de las guerras, hablaba con mi hermano José María, «Pepe» para los amigos, hombre sabio y clarividente para muchas cosas, y me dijo que él no estaba de acuerdo con la opinión general que señalaba al Melitón y la Cabrejana como dos monstruos desalmados, y pensaba que tenía que haber algo más profundo que afectara a su comportamiento antisocial.

Tal vez el hombre fuera un mal nacido, me decía, pero viendo los acontecimientos que se sucedieron en el entorno de Covaleda como el paso de las tropas, el hambre que se desató a causa de las guerras, etcétera, puede que para algunos la violencia fuera una forma de vida casi habitual, o que muchos vecinos fueran violentos, especialmente los poderosos, los grandes ganaderos que no estaban dispuestos a compartir con los ganaderos más modestos —entre los que estaba el Melitón— el reparto del monte y sus beneficios. Los ricos, además, contaban con el beneplácito de la autoridad, como siempre ha sido.

Yo le objetaba que eso no era motivo suficiente para que un individuo, por muy violento que fuera, faltara al respeto a la gente o robara el ganado impunemente. A lo que me respondía que eso era cierto, pero en aquella época si no disparabas primero, eras hombre muerto. No había compasión: «Si me la haces, la pagas» se decía. Y esto es lo que le sucedió al Lerín, que se enfrentó a él públicamente.

Después de debatir largamente sobre este tema, le pedí que pusiera sus ideas por escrito, y lo hizo, detalle que aproveché para incluirlo en la segunda edición de mi libro como un Epílogo que considero magistral.  Aquí está, y con esto acabo.

tOS BO!..JICIOS. CALI.!E y PARIAJiE «lEn e,llugar de la muerte hay una cruz graba.cJa en la roca del suero ( ... ) de unos qui:11Oe centímetros deJ'arga y ,la proporción com:lSpondi1e,nte de ancha ... »

LOS BOLICIOS. CALLE y PARAJE
«En el lugar de la muerte hay una cruz grabada en la roca del suero  de unos quince centímetros de larga y ,la proporción correspondiente de ancha … »

Epílogo: «Melitones habemos muchos»

Entre los pastores de esta tierra siempre ha habido relaciones de compadreo y buena vecindad: se ayudaban a localizar reses perdidas, intercambiaban sementales, curaban animales heridos… También había un código no escrito que era el de respetar los derechos adquiridos sobre corrales y zonas circundantes, donde estaba mal visto que otro pastor se instalara o utilizara careos semejantes a los del vecino. El olvido —voluntario o no— de cualquiera de estas normas hacía que enseguida surgiera el conflicto.

El pastor de Covaleda, hombre primario, taciturno, gran observador y muy independiente, siempre ha sido muy celoso de su rebaño y por eso nunca toleró ingerencia alguna sobre el mismo: el abuso de los guardas forestales, por ejemplo, que limitaban su libertad de acción, o la prepotencia de los grandes ganaderos que trataban de imponer su ley, hacía que se encendieran los ánimos y apareciera la violencia. Estos asuntos y otros similares, como la identificación de las reses o el robo del ganado, han acarreado siempre situaciones conflictivas.

La más notable por su enconamiento y los hechos trágicos que se sucedieron fue la que generó el enfrentamiento entre el tío Melitón por una parte, y el tío Simón junto con el tío Lerín, por otra. Ya sabemos el cúmulo de bravuconadas, desplantes, risas y llantos que acarreó el forcejeo entre ambos bandos en el que ninguno dio el brazo a torcer. Y digo «ambos bandos» porque me asalta la duda: ¿fueron rencillas personales o fue un conflicto de banderías?

Está claro que Cipriano García, el Lerín,  y Simón, el cartero, lideraban el grupo de los ganaderos ricos teniendo a su favor gente del Concejo, la Guardia Civil, el cura y los guardas forestales. Mientras que el tío Melitón ¿con quién contaba?, ¿estaba solo? Eso es lo que nos ha hecho creer la leyenda, pero la Historia la escriben siempre los vencedores, y en esta historia está claro que sobre el tío Melitón han caído los peores calificativos: ¿Era realmente un asesino, un ladrón? Tal vez, pero habría que tener muy en cuenta las circunstancias que le obligaron a serlo, sin olvidar que a él también lo mataron. Tenía casa abierta en el pueblo y llevaba la vida normal que su oficio le permitía. Si hubiera sido tan malo como se le pinta, es posible que sus propios vecinos le hubieran forzado a marchar del pueblo, a Cabrejas, por ejemplo.

Es curioso que no quede ninguna referencia sobre sus desavenencias con los pequeños ganaderos; da la sensación de que con ellos nunca hubo conflictos. Por eso no creo que estuviera solo y que, seguramente, contaba con simpatizantes que le apoyaran en su enfrentamiento contra los poderosos, siempre odiados por los pequeños pastores porque trataban de hacerles la vida imposible —«aquí mando yo», era su razón suprema— y eliminarlos por puro cansancio para quitarse competidores. A más de uno, y de dos, les hubiera gustado dar un buen escarmiento a los grandes ganaderos por sus abusos.

El tío Melitón fue un cabrero modesto que, dotado de una fuerza física notable, mente despierta y un talante independiente y orgulloso, se enfrentó a los poderosos como solían hacer todos los pastores cuando sentían pisoteados sus derechos; en tales circunstancias iban de frente y con valentía, jugándose el todo por el todo. Y no fue el único. Casos más recientes se han conocido como el de un pastor apodado el Tigre que se enfrentó a cuatro guardas del pueblo que quisieron detenerle las cabras por meterlas a pastar en un coto vedado. O el tío Bartolo que se llevó por delante a otro guarda por haberle denunciado las cabras… «Melitones habemos muchos», me dijo alguien cuando saqué el tema a colación.

Los otros conflictos: la venganza con la quema de la teina, el asesinato del tío Lerín, pienso que fueron cuestiones de honor; y en aquellos tiempos se resolvían a la tremenda: tu vida o la mía.

No quiero decir que el tío Melitón no cometiera pequeñas o grandes maldades, pero sinceramente creo que la leyenda se ha ensañado con él y con su mujer, a la que faltó poco para que la quemaran en la hoguera. Si defendió a su marido, hizo bien; pero como era forastera había licencia para amontonarle los peores calificativos: «Ella es peor que él», se apresuraron a divulgar.

Quedan muchos interrogantes por resolver. Por ejemplo: ¿cuáles eran los verdaderos intereses del tío Lerín cuando se enfrentó a Melitón?; ¿cuál fue el origen real del conflicto?; ¿o qué hubiera dicho la historia si la hubiera escrito este último?

Como dije al principio, la Historia la escriben los ganadores; en este caso quedó envuelta en un halo de leyenda que fue deformándose al ir pasando de boca en boca hasta hacer del tío Melitón sinónimo de forajido, de animal sin entrañas. Seguro que lloró cuando se le murió el hijo; y seguro, también, que hubiera preferido llevar una vida de concordia y entendimiento con los vecinos de su pueblo. Tengo ese presentimiento.

Esto es lo que decía mi hermano, y pienso que poco más se puede añadir.

Covaleda, Semana Cultural, 2013

EL. PORTLLO DE LA REMENDA. CUEVA -Se trata de la cueva grande, o "de arriba", que tiene tres accesos -Ia fotografía muestra la boca mayor- en la que el Tio Melitón despeñaba y descuartizaba las reses.

EL PORTLLO DE LA REMENDA. CUEVA
-Se trata de la cueva grande, o “de arriba”, que tiene tres accesos -Ia fotografía muestra la boca mayor- en la que el Tio Melitón despeñaba y descuartizaba las reses.

 ANTECEDENTES DEL TÍO MELITÓN

 El abuelo del Tío Melitón: Calisto Rioja Sanz, nacido en Covaleda el 4-9-1769, se casa con Adriana Santorum Artave, vecina de Covaleda, el día 6-2-1791 con quien tiene dos hijos: Hilario y Martina.

Hilario Rioja Santorum nace el 12 de enero de 1812 y matrimonia con María Garijo Martín, vecina de Duruelo. Sus descendientes vivieron en Covaleda y algunos emigraron a Argentina.

Martina Rioja Santorum  casará con Pascual Llorente Blanco, de Covaleda, hijo de Esteban Llorente y María Blanco, ambos vecinos de este pueblo, sin que se tengan datos precisos sobre la fecha de su enlace matrimonial. Tuvieron un único hijo: Melitón Llorente Rioja, «el Célebre», que nació el día 10 de marzo de 1838 según consta en el Libro de Bautismos de la parroquia de San Quirico y Santa Julita de Covaleda. Sabemos que casó con Francisca García, vecina de Cabrejas del Pinar, alias «la Cabrejana», pero no tuvieron descendencia porque el hijo que esperaban nació muerto. Murió «a mano airada» el 5 de enero de 1878.

No se conocen otras ramas y parentescos de nuestro hombre. Sus restos reposan en la osera común del cementerio del pueblo depositados allí cuando se levantó el cementerio viejo que estaba al lado de la iglesia.

 

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2 respuestas a LA COVALEDA QUE VIVIÓ EL TÍO MELITÓN – II

  1. pcadenas68 dijo:

    A los interesados en tener el libro MUERTE A MANO AIRADA (y El Triste final de la Cabrejana) les sugiero que lo pidan a la dirección: http://www.bubok.es puesto que la segunda edición en papel está agotada salvo en la Librería Las Heras de Soria, donde quedan unos pocos ejemplares, en tanto que preparo la tercera edición. Y como se suele decir en estos casos, “Disculpen las molestias”.
    Pedro Sanz

  2. Pingback: HISTORIA DE COVALEDA CUMPLE 3 AÑOS | HISTORIA DE COVALEDA

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