LA COVALEDA QUE VIVIÓ EL TÍO MELITÓN – I

Entre hoy y mañana publicaremos la charla que con tanto éxito dio nuestro paisano PEDRO SANZ LALLANA en la Semana Cultural de Covaleda y que tan amablemente nos ha cedido para compartirla con todos. MUCHAS GRACIAS UNA VEZ MÁS.

LA COVALEDA QUE VIVIÓ EL TÍO MELITÓN

Se suele decir que somos fruto de nuestro tiempo, de las circunstancias que nos rodean, de los acontecimientos sociales, históricos y geográficos que nos envuelven. Yo soy yo y mis circunstancias, decía Ortega y Gasset para definir a la persona, y si lo aplicamos a nuestro paisano, el Tío Melitón, lógicamente hemos de pensar que no fue otra cosa que el fruto —tal vez amargo— de su tiempo, un tiempo convulso e inseguro, donde la necesidad tenía el terreno bien abonado y la compasión era concebida como una debilidad. Y es que las personas, como las frutas, pueden resultar excelentes, algunas simplemente buenas, agraces o malas.

Por lo tanto, al contemplar la biografía de nuestro protagonista, se me presenta como algo complejo que viéndolo a través de los acontecimientos que se sucedieron en la historia de Covaleda —y de España— a lo largo del siglo XIX, puede variar según el color del cristal con que se mire, y coincide que al Melitón siempre le hemos mirado con un color muy oscuro, negro diría yo, y tal vez con razón.

Cueva despensa-secadero del Tío Melitón. Foto de N. de Diego

Cueva despensa-secadero del Tío Melitón. Foto de N. de Diego

Y esto, porque al intentar describir el marco histórico de la época en que vivió, es decir, de los acontecimientos que acaecieron en los tres primeros cuartos del siglo XIX (1800-1875), nos encontramos con que en España florecieron las miserias como los cardos florecen en un erial, consecuencia directa de las guerras que se sucedieron casi sin solución de continuidad comenzando con la invasión francesa (1808), a la que siguieron tres Guerras Carlistas: la primera que abarca desde 1833 al 40; la segunda, del 46 al 49; y la tercera, del 72 al 76, a las que hay que añadir la revolución liberal de 1868 y varios pronunciamientos militares, tiempos convulsos que no cesaron hasta alcanzar una relativa calma con la proclamación del rey Alfonso XII.

En este siglo ignominioso los frutos que podemos recoger son francamente desoladores: incendios, robos, destrucción del patrimonio, ocupación de los pueblos por las tropas de uno u otro bando, fusilamientos, proliferación del bandolerismo, impuestos abusivos, levas constantes para engrosar unos ejércitos caóticos y desalmados, a lo que hay que añadir campos sin cultivar, la ganadería que cayó en declive, una industria arruinada y unos gobernantes ineptos que únicamente buscaban su medro personal o cultivar su narcisismo, como ocurrió con el tristemente célebre Fernando VII, de quien el pueblo llano decía que la peor venganza de Napoleón por perder la guerra de España no fue la ruina del país, sino  que  nos devolviera al rey. En fin, un verdadero desastre.

 Consecuencia de todo ello serán pueblos empobrecidos y gente desesperada cuyo único objetivo era sobrevivir para encontrarse cada día con el mismo problema. Estos años tristes llevarán al descenso de la natalidad, una alta mortalidad, aparición de la peste —particularmente el cólera—, hambruna y, en el mejor de los casos, emigrar a América dejando la desolación y la pena para los que se quedaban en tierra.

Cuando hablaba de la Cabaña Real de Carreteros y de la situación económica y social que vivía Covaleda a finales de 1700, tiempos en que nuestras carretas iban de puerto a puerto llevando todo tipo de bienes materiales, decía que un mayoral no es que fuera rico, pero ganaba mucho más dinero que un médico o un letrado, y en sus casas nunca faltaba con qué vestirse y de qué comer decentemente.

También decía que Covaleda era un pueblo bien abastecido, rico en el sentido material y moral de la palabra, y me apoyaba en varios testimonios, como son el informe del Catastro del Marqués de la Ensenada, o la carta del párroco de Covaleda, don Bernardo Joseph dirigida al geógrafo real don Tomás López, y algunos comentarios dispersos que hablan de un pueblo en el que el empleo de la carretería, la fabricación de ruedas, los trabajos en la madera, las fraguas, la obtención de la brea, la ganadería y el pastoreo suponían que los mayores de 14 años tuvieran un empleo asegurado, una vida de trabajo remunerado y un futuro lleno de prosperidad, cosa bastante distinta a lo que ocurre hoy día. Pero el devenir de la historia lo cambiará todo.

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Un poco de historia de Covaleda

Empezaremos por comentar los sucesos anteriores al nacimiento del Tío Melitón y continuaremos con los que le tocó vivir, porque servirán para explicarnos el malestar social que existía en los días que nuestro protagonista pisó estas mismas calles.

El primer hecho, y el que peores consecuencias trajo para nuestro pueblo, fue la Guerra del Francés, que duró de 1808 a 1814, porque fue terriblemente destructiva. Por Covaleda pasaron las tropas francesas dejando un rastro de miserias.

Ya hice referencia al desastre que supuso esta guerra cuando hablé de la historia de la carretería en el sentido de que a causa de ella no solamente se paralizó esta forma de trabajo y fuente de ingresos para la gente de Pinares, sino que la Cabaña Real se vio diezmada por los continuos robos y saqueos que sufrían los carreteros, pues les confiscaban las carretas para usarlas en el porte de pertrechos militares, les robaban el ganado para alimentar a la tropa y exigían unos impuestos desproporcionados por parte de los invasores.

Y la paralización de la carretería arrastró a todas aquellas pequeñas industrias locales que la acompañaban como eran las fraguas, la fábrica de ruedas y carretas, el trasiego de los mercados de ganado, la elaboración de la madera en las sierras y los suministros en general, provocando la ruina de esta zona. Por citar un detalle que nos atañe indirectamente, les diré que los franceses arrasaron los telares de Vinuesa, robaron toneladas de lana valorada en tres millones de reales, y se llevaron rebaños enteros de merinas para traficar con ellas.

6833887676_11705860b1_o Acabó esta guerra, pero ya se sabe que la alegría dura poco en la casa del pobre, y una nueva guerra civil promovida por el propio Fernando VII dio al traste con lo poco que se había podido enderezar durante estos diez años de paz. Porque para desalojar del poder a los liberales que gobernaron de 1820 al 23 con leyes progresistas, el rey propició partidas de guerrilleros semejantes a las que habían luchado contra los franceses —hablo del Cura Merino, que primero fue monárquico absolutista y luego se pasó a los carlistas, o del sanguinario don Basilio García «el Logroñés», antiguo recaudador de bulas y azote de la provincia de Soria— que los puso de su lado para perseguir a estos patriotas liberales, derivando en un bandolerismo puro y duro, con las nefastas consecuencias que esto suele acarrear al territorio de su dominio. Lo malo del caso es que el Cura Merino y el citado Basilio conocían muy bien esta zona y le tenían cierta querencia, de forma que les tuvieron que soportar estoicamente durante años cumpliéndose aquello que decía Camilo José Cela, que  unos hacen la historia y otros la padecen, como era el caso.

Además de estas partidas de bandoleros, el rey pidió ayuda al ejército francés que le envió los famosos Cien Mil hijos de San Luis para asegurarle el trono. Ya ven qué ironía: llama para que invadan España a los mismos que habíamos derrotado con la fuerza y voluntad del pueblo unos años antes, y así impuso su absolutismo con un resultado nefasto para nuestros intereses, porque suprimió de un plumazo los privilegios ancestrales de la carretería y reinstauró la Inquisición, por citar solo dos datos que resumen la actitud déspota de este desventurado rey. Es decir, que perjudicó las ganancias de buena parte de la gente de Covaleda.

Pero aquí no se acaban las desgracias, porque muere Fernando VII y nos deja un problemón enquistado, y es que su hija y heredera Isabel II no fue reconocida por su tío Carlos de Borbón en virtud de la Ley Sálica, y en 1833 se proclama rey siendo secundado por sus partidarios de Navarra, País Vasco y Cataluña, iniciando así las conocidas Guerras Carlistas. Si los franceses destrozaron nuestra riqueza, los carlistas remataron la faena.

Ermita de Nuestra Señora del Campo. Año 1971

Ermita de Nuestra Señora del Campo. Año 1971

 Ya en la Primera guerra Carlista que duró de 1833 a 1840, aparece Covaleda citada como «cuartel general» de la causa carlista y zona de repliegue de las tropas, lo que llevó a que hubiera bastante presencia miliar en nuestro pueblo y alrededores, incluso, dando lugar a un enfrentamiento el 12 de octubre de 1838, la llamada «Batalla de Covaleda».

Analicemos brevemente algunos documentos de la historia carlista de Covaleda.

En el libro Anales del reinado de Isabel II  (Madrid, 1851) su autor Javier de Burgos, testigo próximo a los hechos, dice que el rey Carlos V, al que llama «El Pretendiente», volviendo en retirada de su incursión por Aragón y La Mancha que le llevó hasta las puertas de Madrid en septiembre de 1837, sufrió una severa derrota en Retuerta, cerca de Covarrubias, y como resultado de este descalabro buscó refugio en Covaleda, donde pernoctó el 15 de octubre con sus tropas; al día siguiente intenta avanzar hacia Soria para alcanzar Navarra, pero enterado por el cura de Cabrejas de que Espartero venía en dirección a Abejar, se vuelve desde Covaleda hacia Burgos con la intención de llegar al País Vasco pasando el puerto de la Brújula.

He leído que a lo largo de esta retirada se produjo una gran deserción en el ejército carlista pues de los 20.000 soldados que acompañaban al rey Carlos cuando salió hacia Madrid, 16.000 se quedaron por el camino entre muertos y desertores, y los 4.000 restantes estaban tan desmoralizados, mal vestidos y peor alimentados que provocaron varios motines acabando con importantes fusilamientos. Supongo que Espartero también pasó por Covaleda persiguiendo a los carlistas antes de regresar a Madrid.

Imagínense la situación. La estancia de un ejército que está en retirada en un pueblo pequeño como el nuestro suponía un gasto tremendo para sus habitantes porque tenían que procurar alimentos y dar cobijo a miles de soldados depauperados y hambrientos, carentes de los más elementales recursos, como era el caso. En los libros municipales de Regumiel constan las raciones de comida que el pueblo tuvo que pechar para las tropas carlistas, así como los sacos de trigo y cebada que tuvieron que aportar para los animales.

A todo esto hay que añadir, que la presencia de soldados desalmados hacía que la inseguridad en los pueblos fuera enorme y la actividad laboral se detuviera absolutamente por miedo a que pudieran acusarte de ser colaborador o de ser un traidor, que ambas condiciones eran terribles. A los sospechosos en uno u otro sentido se les fusilaba, directamente, como sucedía con don Basilio García, que nunca hacía prisioneros. Mucha gente huía al monte despavorida esperando que pasara la tormenta, y por eso, cuando llegaban los soldados, a veces se encontraban con que el pueblo estaba deshabitado. Algunos ocultaban los pocos dineros que tenían ahorrados por miedo al saqueo, especialmente los comerciantes, como sucedió aquí, en Covaleda, porque me consta que una persona se encontró varias monedas de oro escondidas debajo de una piedra gracias a su perro que perseguía a un conejo, monedas que eran de esta época y por alguna razón su dueño no las pudo recuperar.

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El Boletín Oficial de la provincia de Soria  de 12 de junio (1835) dice que además de las ventajas geográficas que ofrece la zona de pinares como refugio para los rebeldes, los habitantes de estos pueblos han sido embaucados por los carlistas diciéndoles que con los liberales perderían todos los derechos que tenían sobre el monte, y que les impondrían fuertes impuestos sobre el ganado y las carretas. Por este motivo encontraron refugio seguro en estos parajes el sanguinario don Basilio y sus secuaces.

Decía que aquí tuvo lugar un importante enfrentamiento entre carlistas e isabelinos, la conocida como «Batalla de Covaleda», el 12 de octubre de 1838, de la que da testimonio un capitán aragonés Marco de Bello, que tras fracasar en su intento por tomar Zaragoza, tratando de huir hacia el País Vasco fue sorprendido en Covaleda dándose la referida batalla, en la que fue herido en un ojo por una lanza, siendo hecho prisionero y llevado a Logroño con el resto de los carlistas que salieron vivos del lance. Se sabe que estuvo tres veces en el paredón de fusilamiento, pero por su buena conducta y ferviente católico fue perdonado y puesto en libertad cuando se alcanzó la paz del «Abrazo de Vergara».

 Por otro lado, la Comandancia de Soria manda un informe el 12 de septiembre de 1840 en el que dice textualmente: «El rebelde Balmaseda acaba de pisar suelo de esta provincia huyendo del exterminio que le amenaza. (…) Las destrozadas hordas se esparcen por los pueblos introduciendo el terror a los pacíficos habitantes, por lo que me he visto en la precisión de declarar el estado de sitio. Poco puede durar esta medida, a no ser que aún subsistan rebeldes en Covaleda…»

Y nos preguntamos: ¿Por qué Covaleda era repetidamente ocupada por tropas carlistas? Ya dije que nuestro pueblo estaba considerado como su «cuartel general», centro de reunión y lugar de fuga en caso de persecución porque estratégicamente tenía mucho valor.

El Secretario del Estado y ministro de Isabel II, don Francisco Cea Bermúdez, publicó un informe titulado: Fastos españoles o efemérides de la Guerra Civil (1839), justo al final de la primera guerra, y cita a un capitán de Covaleda como cerebro y responsable de la trama carlista en esta zona; concretamente dice: «El punto señalado para reunión en caso de rompimiento del ejército es Covaleda, pueblo que titulan los carlistas con desfachatez como Cuartel General». El capitán en cuestión se llamaba Antonio García y residía en el pueblo, quien junto con el cura de Cabrejas, gente de Quintanar y Hontoria formaban el entramado de la causa rebelde en Tierra de Pinares.

Ahora comprenderán por qué hay impactos de bala en los muros de nuestras iglesias, huellas de hogueras contra sus paredes, y esas monedas escondidas que alguien no pudo recoger en su día por culpa de todo esto.

Evidentemente, me he referido únicamente a sucesos de la primera Guerra Carlista por no resultar prolijo, pero hechos parecidos se repitieron en las otras dos guerras, de manera que en este ambiente belicoso nace, vive y muere nuestro protagonista, el Tío Melitón. Hablemos de él.

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5 respuestas a LA COVALEDA QUE VIVIÓ EL TÍO MELITÓN – I

  1. Jesús dijo:

    Que pena. ¿No sigue este relato tan interesante?

    • covaleda dijo:

      Si, mañana la segunda parte. Saludos

      • Jesús dijo:

        Gracias
        Despues me he dado cuenta que es la parte I.
        También gracias por todo este trabajo ¡enhorabuena! y ÁNIMO.
        Los que tenemos que vivir por razones profesionales fuera de nuestra querida Reserva, valoramos mucho estas cosas.
        GRACIAS

  2. P. Cadenas dijo:

    Gracias, Andrés, y a Jesús, y a todos los vecinos de Covaleda que me dedicaron su atención y entusiasmo cuando estuvimos hablando de la historia de nuestro pueblo. Siempre es grato conocer nuestras raíces, es la única forma de no desarraigarse.

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