PINARES DEL ALTO DUERO (1967)

REVISTA DE SORIA

Número 1 (1.967)

PINARES DEL ALTO DUERO

I.- EL PAISAJE

La provincia de Soria –“altas tierras del romancero”– está considerada en la mayor parte

de su extensión como una de las más pobres, si no la más pobre, de toda España: tierras arenosas, extensos eriales, ásperos serrijones, en cuya esterilidad participa en proporción muy destacada lo duro y extremoso del clima en invierno:

Y otra vez, roca y roca, pedregales

Desnudos y pelados serrijones,

La tierra de las águilas caudales,

Malezas y jarales,

Hierbas monteses, zarzas y cambrones…

Pero si todo este páramo, duro y reseco, de la alta meseta ofrece, por sus características –al menos hasta ahora– muy escasas posibilidades de redención, existe, sin embargo, un rincón en la provincia de Soria que corresponde al extremo noroeste, allí por donde aquella enlaza con la de Burgos, donde las condiciones de vegetación, de humedad, cambian tan radicalmente el cuadro no solo agrícola, sino también social y económico, que lo que en otra parte no es sino ínfimo pegujar, mísero y absurdo minifundio, se convierte en esta zona en enorme riqueza forestal, representada por extensos y tupidos cotos pinariegos perfectamente cuidados y administrados, cuyo carácter, felizmente comunal, favorece y decido el cambio a que hemos aludido. Así la fisonomía de pobreza, el panorama hosco del resto de la provincia, se trueca aquí en bienestar común, en belleza impresionante del paisaje: pinos que se estrechan en inmensas espesuras, extensos robledales, hayedos y choperas, olmos, por entre los cuales se desliza un río Duero acabado de nacer allí mismo, en aquellas fuentes que brotan por todas partes, entre aquellas piedras, y en cuyas aguas recién estrenadas los barbos y las truchas prodigan sus ágiles saltos, sus giros silenciosos.

Iglesia Parroquial de San Leonardo de Yagüe

Iglesia Parroquial de San Leonardo de Yagüe

Si todavía hoy estos parajes se nos ofrecen agrestes y magníficos, principalmente en determinadas zonas –la Laguna Negra, el valle del Revinuesa, el camino de Salduero a Covaleda– no es difícil imaginarse cómo debió verlo, cuando hace aproximadamente medio siglo, sin otras vías de penetración que los angostos caminos de herradura ahogados de maleza que cruzaban el monte, los recorrió el poeta sevillano, que también hubo de sentirse sobrecogido ante el solemne espectáculo de la naturaleza de aquellos lugares. Quizás esto le decidiera a trasladar aquí el final de aquel romance dramático, pasional, de ambiciones y envidias. La Tierra de Alvar González, cuya acción, iniciada en lejana comarca, vino a desenlazarse en esta otra, donde la Laguna Negra recoge sus aguas oscuras entre el cerco de piedra y pinares que rigurosamente la limita.

Antonio Machado, con su poderosa fuerza lírica, describe muy justamente el camino recorrido por los parricidas del romance:

Desde Salduero el camino

Va al hilo de la ribera;

A ambas márgenes del río

El pinar crece y se eleva,

Y las rocas se aborrascan,

Al par que el valle se estrecha.

Los fuertes pinos del bosque

Con sus copas gigantescas

Y sus desnudas raíces

Amarradas a las piedras;

Los de troncos plateados

Cuyas frondas azulean,

Pinos jóvenes; los viejos,

Cubiertos de blanca lepra.

Hoy, entre Salduero y Vinuesa se ha construido, paralela a la calzada romana que discurre bajo el frondoso boscaje, una moderna carretera que por el lado de Burgos se prolonga más allá de Covaleda y los límites de la provincia de Soria, siempre entre la apretada masa de pinos, cuyas copas se cierran en amables umbrías bajo el cielo y en cuyo bello paisaje uniforme ponen puntos de variedad y movimiento el curso vivaz y sinuoso del Duero adolescente, las viejas serrerías, las “tejeras”, los refugios para leñadores y pastores, las colonias veraniegas, las fuentes rumorosas, el grito de avendajo, los saltos de la ardilla y hasta los enormes gigantes de piedra que coronan las alturas a punto de caer sobre la cabeza del viajero.

Pinar de Covaleda

Pinar de Covaleda

Si subimos al valle del Revinuesa en busca de la Laguna Negra, allá por los picos de Urbión, podremos ver enseguida las aguas plateadas del pantano de La Muedra, dulces,

calladas, en cuyo centro aflora todavía, como el grito desesperado de algo que no quiere perecer del todo, la espadaña de la iglesia del pueblo sumergido. Más arriba, el apretado conjunto de pinos, de robles, de olmos y de piedras se hace cada vez más espeso. Los últimos tramos han de ser recorridos a pie. Una veredilla perdida entre las gruesas raíces al descubierto, los abundantes regatillos de agua helada y purísima, los añosos troncos derribados por las tormentas y los vendavales, nos llevará hasta las mismas orillas de la Laguna Negra, “agua transparente y muda”, “agua impasible que guarda en su seno las estrellas”, y a la que los parricidas del romance de Antonio Machado arrojaron el cuerpo de su padre y a donde ellos mismos irían también a morir, acosados por los remordimientos.

Cierra la laguna un gigantesco acantilado de piedras grises coronadas por un anillo de pinos increíbles que, al proyectar sus sombras, sobre las aguas, le dan el color oscuro que justifica su nombre: Laguna Negra. Desde esta altura todo lo que se divisa es “como un inmenso y encrespado oleaje de pinos”. Pinos que surgen de todas partes; pinos adolescentes, centenarios, erectos o retorcidos; pinos, pinos…

Estampa típica de Pinares en las cercanías de Casarejos

Estampa típica de Pinares en las cercanías de Casarejos

II.- LOS PUEBLOS

Todos los pueblos pinariegos –Molinos de Duero, Salduero, Covaleda, Duruelo, Vinuesa, Abejar, Navaleno, San Leonardo, Cabrejas y quizás algún otro que no recordamos– tienen formas de vida idénticas o muy parecidas. Costumbres, actividades, modales responden en definitiva a la misma norma. Esto es lógico si consideramos que todas aquellas formas están determinadas y ordenadas por un único módulo: el pino.

Para los habitantes de toda esta comarca el pino es mucho más que un simple ornamento –con ser tan importante– del paisaje, o minúscula derrama de beneficios que, como en otros lugares, se fueron en su mejor parte en busca de unos dueños lejanos y desconocidos. Aquí el pino, en virtud de una vieja estructura perfectamente justa y armonizada es propiedad comunal, bien de todos, y asimismo todo lo es y todo lo representa en la vida económica, social y hasta familiar. (Aquello de “cuando un monte se quema, algo suyo se quema”, adquiere en esta zona un realismo dramático y entrañable.

Las viejas tribus celtíberas que en remotas calendas ocuparon estos lugares rendían ya culto al pino (lo mismo que a la lucha contra la bestia) desde un principio. Costumbres paganas que, cristianizadas, y sólo muy relativamente modificadas, han llegado con toda su carga emocional hasta nuestros días.

En las fiestas populares de hoy, en todos estos pueblos –con muy pocas variantes– se hace presidir el jolgorio desde los puntos más importantes o estratégicos de la localidad a los llamados mayos (nombre también muy expresivo del culto a la Naturaleza de los antiguos celtíberos), que son, sencillamente, uno o más pinos escogidos entre los más altos, los cuales son instalados allí por los mozos del pueblo en un torneo de fuerza y de destreza: una especie de acto de servidumbre, de ingenio y de significativo rito, en que la emulación sirve para rendir homenaje al Deus ex machina local: el pino. Claro que hoy los celtíberos cristianizados tributan cultos fervorosos a su Virgen, que en algún pueblo lleva sencillamente el título de Nuestra Señora del Pino. (Igualmente, y por la misma razón, se les llama “piñorros” a los vecinos de esta comarca, y en determinados casos la fiesta más popular se conoce con el nombre de pinochada.

La Pinochada de Vinuesa

La Pinochada de Vinuesa

También la vivienda llegó a ser muy característica y uniforme: la casa pinariega, que en última instancia no es otra cosa que un estilo de construcción determinado por el clima y las posibilidades no sólo de acopio de materiales adecuados, sino también para el mejor acomodo y aprovechamiento de la vivienda de acuerdo con las actividades propias de sus moradores. Está, pues, construida de piedra de la comarca, de tonos claros, sobre las que el paso del tiempo deposita un pátina dorada de aspecto muy agradable. La madera, tan abundante en esta tierra había de ser también profusamente utilizada en la construcción de la casa pinariega. Gruesas vigas, escaleras y pisos de madera; aleros velados mantenidos por tableros y postes de pino, o de roble. Al exterior, huecos escasos y pequeños.

Pero la pieza más interesante de esta vivienda es la cocina, la llamada precisamente cocina pinariega, que es algo así como la choza de los antiguos pastores de merinas incrustada en el hogar, y de la que, por desgracia quedan cada vez menos ejemplares, borrados por los adelantos y la obligada adaptación a los tiempos nuevos. Esta original cocina –habitación y chimenea– puede ser en su base cuadrada o redonda, pero siempre cónica en su remate, fabricado a base de un complicado y exacto entramado de ramas, enlucido de barro y después encalado, terminándose al exterior por un gracioso copete de tablas. En esta habitación, toda rodeada de largos bancos pegados a la pared llamados escaños, se come, se charla, se descansa y, no pocas veces, se duerme. Allí se fabrica –más bien se fabricaba– el pan, y todavía hoy se cura la matanza. No hay que decir que esta cocina–chimenea sólo es posible en sitios como estos, en donde se dispone libremente de cuanta leña se precisa.

Con cocina pinariega o sin ella, todos los pueblos de la zona del pino tienen sus casas, con mayor o menor importancia, ajustadas en cierto modo al patrón citado, con excepción de las ostentosas casas de los indianos, que no escasean y de alguna pretenciosa villa de veraneante, en discordia arquitectónica con el resto del poblado.

Río Duero y Pinar

Río Duero y Pinar

En algunos de ellos, como Salduero, sus bellas casas de piedra, distribuidas en típicas plazuelas y rinconadas, recuerdan –según expresión reciente de un novelista– el decorado para la representación de una comedia de don Pedro Calderón de la Barca, con sus personajes de capa y espada a punto de aparecer tras de cualquier esquina.

Casi todos los pueblos pinariegos tienen sus calles pavimentadas con grandes losas de piedra del país, limpias y bien cuidadas, y una pequeña iglesia con altares barrocos.

Sus habitantes son en su mayoría tipos celtibéricos puros: altos, no en demasía, enjutos, de ojos castaños y barba y pelo bien poblados; gente, por lo demás, de palabra exacta y

comedida.

En las fiestas y las fechas más celebradas se visten con el traje popular de los  “piñorros”.

Vistoso atavío, complicado y barroco, que, para ser más pomposo, en las mujeres va montado sobre ropa interior armada y almidonada; está integrado por un jubón de seda negra con mangas que se recogen sobre el puño con una puntilla plisada; una falda de merino con tres franjas de terciopelo; un delantal de brocado negro, adornado con abalorios, puntilla y madroños, y el mantón de merino negro bordado en colores. Las medias son blancas y los zapatos de paño o de ante negro, completándose con una manteleta de seda negra con borde de terciopelo para la iglesia y una cinta, también de terciopelo negro, con una cruz también en el cuello. El peinado responde en cierto modo al vestido: raya en medio, con dos rodetes en las orejas y moño o picaporte atrás adornado con una cinta negra.

III.- LA CORTE DE LOS PINARES: VINUESA

Alguien ha llamado, quizás con razón a Vinuesa, la Corte de los Pinares. Y aún es posible que podamos considerarlo no sólo como uno de los pueblos más importantes de la comarca, sino también de los más representativos, por sus costumbres, sus fiestas, sus

edificaciones, muy características y en muchos aspectos comunes a los demás pueblos. Aunque también sea aquí, en Vinuesa donde, no sea posible hallar muestras más frecuentes de esa adulterada arquitectura a la que en otro lugar hemos hecho referencia.

Vinuesa –la antigua Visontium de los celtíberos– fue ya habitada por tribus de esta raza.

Enclavada en la tierra de los Pelendones, sus hombres fueron los mismos que en Numancia se defendieron frente a la ocupación de Roma, la cual, a su vez, también dejó bien marcado su paso por Vinuesa: calzadas (el bello camino de Las Losas), puente de gran importancia, del que aún subsisten restos muy bien conservados, inscripciones, etc. Los reyes de Castilla don Juan I y don Juan II, que vinieron con frecuencia a cazar a los montes de Vinuesa, la hicieron objeto de numerosas mercedes. Ya entrado en la Edad Moderna, se fundó la Hermandad de la Patrona de la Villa, bajo la advocación de Virgen del Pino. Ulteriormente, Vinuesa y su comarca han participado en las diversas vicisitudes históricas de nuestra Patria.

Conserva Vinuesa antiguos y bellos edificios; entre otros, la iglesia parroquial (del siglo

XVIII); el palacio del obispo don Pedro de Neyla; dos interesantes viviendas señoriales del siglo XVIII, una de las cuales ostenta una curiosa balconada de madera: el palacio de los marqueses de Vilueña, también del XVIII, y el simbólico rollo de la Villa. Vinuesa está situada dentro del ángulo formado por la desembocadura del Revinuesa en

el Duero, cuyas aguas –las de ambos ríos– la ciñen amorosamente por uno y otro lado.

Laguna de Urbión

Laguna de Urbión

El día 16 de agosto celebra Vinuesa –igualmente podría celebrarla cualquier otro pueblo

del contorno– la pinochada. Es la batalla por los pinares, cada año rememora en un acto simbólico, reflejo de la decisión inquebrantable de los habitantes de la comarca de defender sus pinos. Consideramos que, si alguna vez los “piñorros” perdiesen aquellos, toda la esencia de la comarca –su psicología, su economía, su paisaje, su clima– quedaría subvertida. Es explicable el ahínco de estos modernos celtíberos en defenderlos.

En la pinochada, primero lucharán los hombres entre sí; luego, las mujeres contra los hombres, proclamándose vencedoras aquéllas. Después de oír misa en la ermita de la Soledad, hombres y mujeres suben en apretadas filas hacia la iglesia, situada en la plaza Mayor. Cada uno lleva en alto una rama de pino (“pinocho”), y las calles parecen animadas por el desfile de un verdadero bosque viviente. Cuando llegan a la iglesia se postran a los pies de la Virgen del Pino, para impetrar, como auténticos guerreros medievales, el divino favor en la pelea.

Ya fuera, en la plaza, las músicas anuncian el comienzo de la lucha, y a los sones marciales de un “paso de ataque” contienden los hombres contra los hombres a golpes más o menos simulados de “pinochos”. Cuando esta batalla se da por terminada, son las mujeres las que se lanzan sobre los hombres; los golpes de “pinochos” menudean sobre las espadas de los del sexo fuerte (¡!), figurados, simbólicos en muchos casos, pero con fuerza y mala intención en otros, que tal vez los merecerían. Al final, ¡cómo no!, triunfan ellas.

Esta lucha entre personas de los dos sexos tiene en Vinuesa, aparte de su valor  simbólico, un antecedente directo. Con ella se conmemora un antiguo episodio de la vida pinariega acaecido allá por los tiempos del rey don Juan II: la lucha por un pinar de la villa colindante con el de Covaleda, cuya posesión éstos les discutían. Y tanto se agrió el pleito, que las armas tomaron la palabra. Hubo refriegas sangrientas, y cuando ya parecía que los de Covaleda se alzaban con la victoria, intervinieron de modo tan eficaz las mujeres de Vinuesa, que arrollaron y vencieron a aquellos. Esta es la leyenda. Sin embargo, creemos que esta batalla de ahora, no es sino la batalla de toda la comarca por la defensa de sus pinos; o, al menos, la afirmación de una decidida voluntad de hacerlo en cualquier caso.

Otro día también se renovará en Vinuesa –o en cualquier otro pueblo con aire celtibérico– la ancestral lucha del hombre contra la bestia, ahora reducida a la modesta categoría de un torete, que será muerto mancomunadamente por todos los mozos –todos a la lucha– del pueblo. Este rito se completará en el día de las calderetas, en que la carne de la fiera sacrificada –su sangre, signo de resurrección, ya no será posible– preparada en un típico guiso, será repartida entre todos los vecinos del pueblo y la comarca que acuden numerosos cada año.

(de “Semana Médica”)

JOSE MARÍA OSUNA

A mi hijo, médico titular de Salduero y Molinos.

NOTA: Las imágenes que acompañan al presente artículo son las originales que aparecieron publicadas en Revista de Soria.

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