PASEO VIRTUAL POR LA TIERRA DE PINARES – I (Pedro Sanz Lallana)

Nuestro buen amigo, colaborador de esta página y escritor de Covaleda Pedro Sanz Lallana, nos envía una conferencia de dio en la Casa de Soria en Barcelona donde les contó las excelencias de esta tierra nuestra de pinares a todos aquellos que asistieron a su conferencia. Muchas Gracias nuevamente, Pedro.

Debido a la extensión de la misma, la he dividido en varios capítulos.

Informaros que http://www.historiadecovaleda.com está abierta a todos aquellos que queráis colaborar con vuestros artículos o trabajos que tengan que ver con nuestro pueblo, para ello no teneis más que enviarlos a historiadecovaleda@gmail.com

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Paseo virtual por TIERRA DE PINARES

 (Extracto de la conferencia dada en la Casa de Soria de Barcelona, enero de 2001)

 «Tierra de Pinares», expresión que para cualquier soriano resulta fácil identificar como ese bello rincón del cuadrante noroccidental de nuestra provincia, y que para los foráneos aparece en los partes meteorológicos oculto tras unos gruesos copos de nieve marcando temperaturas imposibles en invierno.

«Tierra de Pinares», que consideramos nuestra denominación de origen por guardar cierta unidad de costumbres entre los pueblos que la forman. El hecho de que el pinar se extienda sin solución de continuidad por la falda de la Sierra de la Demanda hace que esta hermandad de costumbres se dilate por los pueblos vecinos (Molinos, Duruelo, Regumiel, Canicosa, Quintanar de la Sierra, Vilviestre, Palacios…) y exista una estrecha confraternidad debido a tener similares tradiciones, historia común, oficios parejos, idénticas formas de vida y buenas relaciones de vecindad que se estrechan frecuentemente con lazos familiares.

Como cimera de estas tierras está el Urbión, «dos aguas buenas» que dice su nombre en euskera aludiendo a sus dos vertientes: una que mira a tierras riojanas, y la otra, a las sorianas; frontera que fue del antiguo reino de Navarra en tiempos de Sancho el Mayor tras la muerte del último conde castellano, don García Sánchez en el año 1029, hasta el nombramiento de su hijo Fernando I como nuevo rey de Castilla en 1037, amén de las repoblaciones por gentes venidas del norte en tiempos de Alfonso VI que han dejado topónimos tan significativos como Zurraquín (monte blanco), onsar (pastizal), paúl (lugar pantanoso), chabarril, etc.

Parece ser que el primitivo nombre de Urbión era el de Monte Duraco aludiendo a las tribus iberas que vivían en sus contornos. Paisaje adornado con lagunas de tipo alpino, siendo la más literaria de todas ellas ésa que he visitado más de una vez: la Laguna Negra, de la que la leyenda, mi abuelo Pedro —que era pastor—y don Antonio Machado decían no tener fondo y estar habitada por unos animales monstruosos capaces de devorar a un carnero en segundos si cayera en ella… Tierras de las que don Nicolás Rabal, historiador soriano de finales del siglo XIX, decía:

En esta tierra de pinares hay muchos sitios donde la Naturaleza se presenta con su belleza rústica en todo su esplendor; hay espesos montes que, explotados con arte y conservados con esmero, constituyen la riqueza de esta región. Viven del recuerdo de su pasado: magnificencia de sus iglesias y grandeza en sus edificios particulares, revelando que en época no muy lejana alcanzaron una prosperidad de la que no gozan hoy, cuando tuvieron la ganadería trashumante y la carretería que explotaban casi exclusivamente. En el siglo XVII con la emigración a las Américas se abandonaron muchos pueblos de España y decayó la industria notándose un abatimiento general en el país. No obstante, en nuestra provincia no se notó tanto la caída porque con la llegada de los Borbones, Felipe V (año 1700), aumentó la demanda de lanas finas como la que se obtenía de los numerosos rebaños de la tierra de pinares, y los franceses venían en persona a buscarla a nuestras lonjas pagando esta materia prima a peso de oro.

Lo que afirma el historiador es absolutamente cierto: precisamente la carretería y el trasiego de ovejas o «mestas» fueron los dos pilares de la economía de esta zona en tiempos pasados hasta la llegada de Napoleón que lo destruyó todo.

Hagamos un breve asomo a la historia para ver qué nos dice sobre la evolución y el desarrollo de estos pueblos. 

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ASPECTOS HISTÓRICOS:

 Un historiador romano llamado Plinio publicó en el año 77 su Historia Natural, y en ella señala que los Montes Duracos (Sierra de Urbión) separaban los pelendones del sur de los berones del norte. También dice que el río Durio (Duero) nace en ellos, que es uno de los más grandes de Hispania y que pasa por la famosa ciudad de Numancia.

A mí se me ocurre pensar que el nombre de «bretos» con que se nos apoda a los de Covaleda pudiera provenir de estas tribus que vivían en las laderas del Urbión y que en el lenguaje popular trasmutaría de berones a bretones, y de ahí a bretos; aunque existen teorías para todos los gustos, como quien atribuye esta denominación a la llegada de unos caballeros de la Bretaña francesa a las órdenes de Bertrand Duguesclín, el mercenario que ayudó a Enrique II, el bastardo, para matar a su hermano don Pedro I «el Cruel» recibiendo en recompensa la ciudad de Soria, a pesar de ser tierra de realengo. A estas tropas bretonas dicen que el rey don Enrique —oportunamente llamado «el de las mercedes»— les entregaron tierras en la zona de Covaleda como pago por los servicios prestados, y que a sus descendientes llamaron bretos en recuerdo de aquellos soldados bretones trasmutados en pastores, lo que no deja de ser una bonita leyenda aparecida en fechas posteriores al siglo XV.

Sea como fuere, todos coinciden en señalar que estas tribus celtibéricas se dedicaban a la caza y al pastoreo, y que con la llegada de los romanos no les quedó más remedio que romanizarse. Quedan restos de calzadas de los primeros siglos, particularmente la que va de Vinuesa hacia Cameros por el puerto de Santa Inés.

Los árabes nos llegaron a nuestras tierras porque preferían el campo abierto para guerrear antes que pelear entre pinares. Lo más cerca que estuvieron fue por Calatañazor, Hacinas o Carazo, que es donde se vieron las caras con el conde Fernán González, aunque Cañizosa (Canicosa) fue arrasada por Almanzor al filo del año 1000 provocando una espantada de los pocos pobladores que había hacia los montes, huida que ha dejado restos en forma de tumbas antropomórficas como se pueden observar en Cuyacabras (Quintanar), Revenga, Covaleda…

Las huellas del paso de la historia por estas tierras son evidentes: en Covaleda hay restos de murallas ciclópeas junto al río Duero en el llamado Pozo de San Millán, una colección de hachas de la época del Bronce (de hace unos 4.000 años) encontradas en la zona del Becedo, y un puente medieval: el de Santo Domingo. De le época visigótica no quedan restos en la zona salvo unas hermosas ventanas en herradura de la antigua iglesia de Duruelo que ocupa hoy la del Santo Cristo (siglo XVII), y algunos eremitorios en Quintanar y La Cerca (Revenga).

El resurgir de los pueblos de pinares se entronca con el nacimiento de Castilla. En las Crónicas del Conde Fernán González —el legendario fundador del Reino castellano y del monasterio de San Pedro de Arlanza, que tenía su casa-palacio en Canales de la Sierra— se dice que huestes de Covaleda ayudaron a luchar contra los moros por tierras del Alfoz de Lara, concretamente en la batalla que tuvo lugar el día 16 de junio del año 929, festividad de San Quirico —San Quirce— y Santa Julita, en la que derrotaron a los sarracenos[1]. En agradecimiento por la ayuda prestada, donó el conde castellano bienes para que construyeran una iglesia con la advocación de estos santos nombrándolos patronos perpetuos de la parroquia, como así es hasta hoy. Esta primera iglesia, seguramente románica de la que sólo quedan unos enterramientos antropomórficos en el atrio y la hermosa pila bautismal (siglo XII), fue derruida para levantar la actual, más grande, con trazas góticas, el conocido gótico-barroco soriano de los siglos XVI y XVII, del que son buen ejemplo las iglesias de Vinuesa, Abejar y Molinos.

Decía que en el atrio de la iglesia se conservan unas tumbas excavadas en la roca —hoy prácticamente desaparecidas— siguiendo una costumbre medieval (siglos IX-XII) muy común entre los pueblos de pinares. Lo curioso es que en pleno monte de Covaleda, en un paraje llamado el Onsar de Pedro García y el Pozo de San Millán, aparecen las mismas tumbas, lo que nos sugiere que junto al Duero hubo algún cenobio o poblamiento muy modesto en fechas anteriores o similares del que no queda rastro, únicamente los anclajes en la roca de los maderos que soportaban las techumbres de las casas porque su construcción era de madera. Tumbas muy parecidas a éstas son las que tengo vistas en San Baudilio de Berlanga y en Olérdola, Barcelona. La iglesia del Pozo de San Millán fue donada al monasterio de San Millán de la Cogolla[2] ya que estaba abandonada, tal vez porque la antigua Covaleta —«lugar de cuevas»— se había trasladado al emplazamiento actual, mejor comunicado y más soleado, una vez que el peligro sarraceno hubo pasado.

Un hecho fundamental para estas tierras fue que el Rey Alfonso X en 1260 concediera una Carta Puebla a las gentes della Coualleda, para los que vivieren e murieren e descendentes, que pueden usar e romper e tronchar árboles e pacer con sus ganados e beber las aguas e caçar e pescar a término todo e lebremente; es decir: que el rey concedió el privilegio excepcional de la posesión comunal del monte y su aprovechamiento forestal, lo que se conoce como suerte de pinos que cada año administra y reparte el ayuntamiento entre los vecinos, derecho que todavía se conserva y es extensivo a, prácticamente, todos los pueblos de pinares; este derecho fue ratificado por don Juan I de Castilla en el año 1285 —rey que favoreció mucho a Soria—, y vuelto a confirmar por Felipe II en 1562, según consta en una Ejecutoria de la Real Chancillería de Valladolid. Por esto, los aprovechamientos forestales que recibe cada vecino es un privilegio muy antiguo, depreciado hoy por las circunstancias del valor de la madera, pero que en épocas no tan lejanas servía para dar de comer a una familia durante todo un año. El hecho de que la posesión sea comunal, hace que nuestro amor y respeto por el monte sean extremos; protegerlo es una norma sagrada que se nos inculca desde niños y que se transmite de padres a hijos.

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Que era un lugar de atractivo cinegético queda patente en el Libro de la montería del rey Alfonso XI, Libro IV en el que dice textualmente: La garganta de Covalleda es buen monte de oso et de puerco en verano. Et son las vocerías la una desde la Covertera, por encima de la cumbre de la Sierra fasta cañada Bermeja; (…) la otra en Cabañares et otras dos en Matalobos. En resumen: el cronista describe en extenso y con nombres propios los montes que abarca el concejo de Covaleda.

Se sabe que un puñado de covaledanos junto con otras gentes de la zona de pinares, tal vez empujados por los inviernos especialmente crudos de la sierra o por los favores del rey Alfonso VI, repoblaron las ciudades de Soria y Ávila en el siglo XI llevando sus yuntas, familias, ganados e, incluso, la Virgen bajo cuya advocación levantaron ermitas con el nombre de Nª Sª de Covaleda: Vinieron gran compaña de buenos omes de Coballeda, de cinco Villas[3] e de Lara; e los de Coballeda e de Lara venían delante…, escribe Carlos Martel en las Chrónicas de Gonzalo de Ayora. Esto del trasiego de gentes y desplazamiento a otros lugares con carretas y enseres dio lugar a que apareciera un oficio que fue muy lucrativo entre los hombres de la tierra de pinares: la carretería, que alcanzará gran desarrollo entre los siglos XVII y XVIII para desaparecer en el XIX tras la invasión napoleónica y las guerras carlistas.

La Mesta fue otro modo de ganarse la vida que ocupó a parte de los pueblos de pinares, ya fuera por la elaboración de las lanas pero, sobre todo, por el acarreo de los vellones para su exportación por los puertos del Cantábrico.

La palabra «mesta» se utilizó para señalar una «reunión de pastores». Estas mestas sorianas organizaron una trashumancia de ganado hacia tierras extremeñas siguiendo las sogas —pasillos de 90 m. de ancho para el tránsito del ganado— y cordeles —45 m. de ancho— que se habían trazado para facilitar el paso, así como atribuirse la propiedad de los «mostrencos» —animales sin dueño que se encontraban por el camino—. Será Alfonso X el Sabio, en 1273, quien conceda el privilegio de paso al «Concejo de la Mesta de los Pastores del Mío Reino» para que transiten con sus rebaños por las Cañadas Reales sin tener que pagar peajes —excepto en las tierras de realengo— y con derecho a pastos. La Cañada Soriana, que era la de mayor peso económico, unía a Yanguas con el valle de Alcudia en Ciudad Real; de ella, un ramal y varios cordeles pasaban por Vinuesa y Covaleda recogiendo, a su vez, los de Quintanar, Neila y Canales de la Sierra.

Todo fue relativamente bien, con sus más y su menos, hasta que en 1808 llegaron los franceses trayendo la ruina a toda la comarca, porque lo que no saquearon, lo quemaron; además, aprovecharon para exportar gran cantidad de merinas al país vecino y con ello hicieron que cayera en picado la demanda de lana dando un golpe mortal y definitivo a lo que quedaba de la antigua Mesta; muchas gentes tuvieron que emigrar a América dejando como fruto de esta emigración el nombre de Covaleda en muchos lugares de Hispanoamérica; y a la vuelta, construyeron casonas de indianos ricos como podemos admirar en Vinuesa, Canicosa o Molinos. Las que pudieran haber sido levantadas en Covaleda, fueron pasto de las llamas.

Pero la riqueza de estos pueblos pinariegos se debió, fundamentalmente a la carretería, como decía antes. La Real Cabaña de Carreteros apareció en tiempos de los Reyes Católicos y abarcaba una comunidad de pueblos que iban desde Palacios en Burgos, pasando por Quintanar y Covaleda, hasta Villaverde del Monte en Soria, siendo Molinos el centro geográfico de la sociedad. Su objetivo era el de ocuparse del transporte público por cuenta de la Corona, de forma que podían moverse por el reino según les exigieran las necesidades de transporte de víveres o intendencia, fundamentalmente madera, lana y sal, asistiendo al ejército real en la conquista de Granada (1492), Portugal, o en la guerra de Cataluña (1711).

Se organizaban en grupos de 30 carretas, llevando bueyes de repuesto a razón de tres o cuatro por dueño y carreta. Esto significaba que debían desplazarse un grupo notable de personas y animales, a los que acompañaban las mujeres e hijos en muchos casos. En el pueblo de Molinos del siglo XVIII se llegaron a contabilizar hasta 872 carretas, con un total de 2.617 bueyes, lo que nos lleva a pensar en el enorme movimiento de personas y dinero que tuvo que haber en este pueblo, calculando los negocios que nacieron, por fuerza, en los pueblos serranos al albur de la carretería como fueron las carpinterías, fraguas, tiendas de comestibles, tabernas, mesones, sastres, posadas, boticas, médicos, escribanos, casas de préstamos y ahorro…, por citar sólo algunas.

La Real Cabaña llegó a sumar unas 6.000 carretas con un total de 18.000 bueyes que recorrían toda España «de puerto a puerto». Uno de los contratos más suculentos que firmaron los de Covaleda fue, por ejemplo, el acarreo en exclusiva de toda la piedra necesaria para construir el Palacio Real de Madrid en 1739. Y antes, el transporte de la piedra y alabastro para levantar el monasterio de El Escorial en tiempos de Felipe II. Con el paso del tiempo las normas de la carretería fueron olvidándose; no se respetaron las ordenanzas y apareció la competencia desleal, lo que trajo una inflación galopante para la organización que la llevó a la ruina; y aunque en 1841 se quiso poner remedio fijando nuevas Ordenanzas para la Carretería en Canicosa de la Sierra, la Real Cabaña de Carreteros ya estaba herida de muerte, especialmente con la llegada de otros medios de transporte más eficaces y rápidos como fue el ferrocarril. Y, lógicamente, desapareció.

[1] Existen las ruinas de una ermita del siglo X en Hontoria de la Cantera dedicada a San Quirce, levantada por Fernán González, seguramente como recuerdo de esta batalla.

[2] Don Gonzalo Núñez y su mujer doña Goto, señores del Alfoz de Lara, familia entroncada con la nobleza castellana de la corte de Alfonso VI (siglo XI), eran dueños y señores de toda la sierra y sus pueblos, entre ellos Covaleda y Duruelo; pueblos que, junto con Hortigüela, fueron donados en octubre de 1095 a San Millán de la Cogolla según consta en los Cartularios de este monasterio. En dicha donación incluyen la iglesia deshabitada de San Millán de Velilla existente entre ambos pueblos, seguramente ubicada en el paraje conocido como Pozo de San Millán..

[3] Las Cinco Villas eran: Montenegro, Viniegra de Abajo, Brieba, Ventrosa y Mansilla, que formaron una mancomunidad.

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