COVALEDA: ENTRE PINOS Y ROCAS (III – Vecinos de la Selva)

III

Vecinos de la selva

Este episodio dramático es muy conocido entre los covaledenses.

Traté de adquirir algún dato histórico fidedigno sobre él.

No encontré ninguno.

El joven atemorizado y, a consecuencia del terror, muerto después, cuando contempló al Tío Melitón y a su esposa desollando la ternera robada, dicen que era de la familia de los “Tolvas”.

CUEVA DEL PORTILLO DE LA REMENDAAspecto interior de una de las salas de Ia cueva grande; es áspera, húmeda, en alguno de sus recovecos, y dificilmente accesible por su entrada mayor; por otra parte su estructura garantiza ,la seguridad de la huida por una rampa y roca más alta .

CUEVA DEL PORTILLO DE LA REMENDA
Aspecto interior de una de las salas de Ia cueva grande; es áspera, húmeda, en alguno de sus recovecos, y dificilmente accesible por su entrada mayor; por otra parte su estructura garantiza ,la seguridad de la huida por una rampa y roca más alta .

Pues que en la selva vivían,

pronto sintieron la selva

como una savia telúrica

correr bullendo en sus venas.

Renacen crueles instintos,

el animal se despierta.

Por su pasión hostigados

vuelven a la edad de piedra;

y con fiebre de aventuras

se amparan en una cueva.

En ella viven los dos,

el varón y su parienta,

que con selvático orgullo

dejan la casa paterna

despreciada en el Lugar,

pero atrancada la puerta.

No sueñan enamorados

-que vagan a ras de tierra-

No vuelan como dos águilas

-por las rocas serpentean-

Allí tienen su guarida,

allí guardan su despensa;

en maridaje allí viven

-avizores en la sierra-

el corpulento terror

y la delgada fiereza.

Si el varón es terrorista

-lo dicen ya muchas lenguas-

con su instinto femenino

la mujer es más perversa.

Mas contemos ya la historia

de una increíble tragedia.

Al despertar a su cómplice,

mañana de primavera,

le dice la cabrejana,

cabrejana violenta:

-“Mi Capitán cariñoso,

Tío Melitón ¡despierta!

que un sol radiante ha salido

y no hay nada en la despensa.

Anoche, mientras dormías,

estando yo bien despierta,

los cuchillos afilé

para desollar la presa.

Anoche, cuando los lobos

aullaban de hambre en la Sierra.

Mis pensamientos seguía

temblando la luna llena;

la vi frunciéndome el ceño;

la luna estaba molesta

porque me hervía la sangre,

porque yo estaba contenta

presagiando una captura

con regocijo de fiesta.

Hoy no hay caricias, ni besos,

ni intimidad satisfecha;

que está esperando la trampa

y el garrote a una ternera.

¡Mi terrorista del bosque,

llegó el día, despereza!”

El Tío Melitón ya sale,

alzando altivo la testa,

de la cueva de sus sueños,

de la alcoba placentera;

saluda al sol y a los pinos

al salir de la caverna

y ensaya el brazo robusto

pidiendo al pecho la fuerza,

que en gimnasia masculina

tensa su arco y lo destensa.

Un rebaño, pace hambriento

muy de mañana, la hierba:

las crías van con las madres,

el semental con las hembras

(Poesía retozando

por los valles y las cuestas;

¡qué dichosa mansedumbre!

¡comunidad que enajena!).

Los mugidos y cencerros

de las vacas evidencian

el careo y, presuroso,

las alcanza su impaciencia.

Cuando se finge vaquero

sus voces más las ahuyenta

y al redil quieren volver

que su dueño las espera;

quieren huir que esa voz

va robando las herencias.

No puede escapar, incauta,

que él la atrapa, la más recia.

Al aguijón y al cabestro

no puede hacer resistencia

y así desanda el camino,

hasta el borde de la cueva.

Un golpe recio de maza

descargado en la cabeza

derrumba la anatomía

de aquella res suculenta

en agónicos espasmos

y a desollarla se aprestan.

Cuchillo en ristre, cortando

la piel, la carne aún sangrienta

de la becerra robada,

están los dos: macho y hembra,

ebrios de sangre en su afán,

cuando, intempestivo, llega

un tembloroso pastor

buscando -que no la encuentra-

una res de su manada.

¡Ay fatal coincidencia

que pago fatal habrá! .

Quiere hablar, pero no acierta

a decir por cortesía

una palabra discreta.

Pierde el control de los nervios

y se le escapa la lengua:

«¿Qué estáis haciendo, ladrones?,

¿De quién es esa ternera?

Buscándola vengo yo,

que no acertó con la senda;

me mandó mi amo a buscarla

que pertenece a su hacienda».

Se ha fulminado a sí mismo

una implacable sentencia.

El Tío Melitón blandiendo,

como tizona, en su diestra

el cuchillo ensangrentado

al filo de carne tierna,

pregunta a la cabrejana

con voz profunda y siniestra:

(el zagal como una estatua

ha clavado su presencia

fingiendo serenidad,

aunque le tiemblan las piernas)

-“mujer, ¿con éste qué hacemos?”.

lacónica violencia

verbal, explosión de su ira.

Responde la consejera

con satánico reflejo:

-«lo mismo que a la ternera,

que hombre muerto jamás habla;

fulmínalo pronto en tierra ,

desgárrale las entrañas, ·

hasta el corazón penetra

ese tu acero cortante

y harás bien hoy tu faena».

La estatua inmóvil se agita

y emprende veloz carrera;

el anónimo pastor

a su poblado regresa,

despavorido, saltando

rocas, arroyos, malezas

que rasgan crueles sus carnes.

Por fin llega a Covaleda

exhausto; su carne flácida

no sostiene su alma en pena.

Concluido el maratón,

sin decir su mala nueva,

se desploma en el portal

cuando a los suyos contempla;

que el conjuro del terror

sus labios tímidos sella.

Tres días vive sin alma

y hace vivir larga espera.

Tres días vive sin alma

y al cuarto se les revela

en un insomnio febril,

en una emotiva escena,

a todos los que le atienden,

a los que el lecho rodean.

Cuando ya hubo revelado

con expresiones patéticas,

con gemidos de ultratumba,

su historia cruel, verdadera,

murió, dejándoles vivo

sólo el terror por herencia.

Yo soy un pino escribano

-que se me dan bien las 1etras-

como cronista oficial

que me eligió la floresta

de esa masacre inaudita,

que el bosque entero reprueba,

al concluir mi relato,

leído que fue a la letra,

en fe de entera verdad

estampo mi firma auténtica.

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2 respuestas a COVALEDA: ENTRE PINOS Y ROCAS (III – Vecinos de la Selva)

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