COVALEDA: ENTRE PINOS Y ROCAS

D. Víctor Algarabel

D. Víctor Algarabel

                                                                                                El que fuera Cura párroco de Covaleda durante muchos años D. Víctor Algarabel, en el año 1984 escribió un libro de poemas titulado “COVALEDA: ENTRE PINOS Y ROCAS”. Este libro fue prologado por el Cronista de Soria D. Miguel Moreno. Dado que dicho libro se encuentra descatalogado, resultando imposible o muy difícil su localización y puesto que son varios los que me han mandado correos solicitándomelo, he decidido publicarlo en este portal en sucesivas fechas.

Comenzamos hoy con el prólogo del mismo.

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 “Gentes Altaneras y Libres de Corazón Abierto”

             Covaleda – posiblemente versión de anchuroso túnel forestal o garganta, pero “cova-cueva”, en fin – anda, por derecho propio, en las antologías y en los romances, en los libros de montería y, aún en los relatos de epopeyas y emboscadas, en guerras y guerrillas. Y Covaleda, por añadidura, es voz armónica y limpia que transmite su mensaje a perpetuidad: mezcla de turbantes de niebla, cuando arropan Urbión y vagidos del riachuelo Duero, bajo el puente de Soria, o por el paisaje estremecido y enriscado – ecología viva – de “los apretaderos”.

            Y en esa “cova-ancha-tridimensional-inmensa-empinada-gargantas arriba-cuevas inaccesibles” – que esa pudiera ser la perpetua definición de Covaleda – ¿qué es lo que ha de tenerse y admitirse como raíz, – raigón de raza – y núcleo primo, esencial, covaledés?.

            Sin dudarlo, sus gentes: “altaneras y libres, de corazón abierto como el pinar (…) en las que abunda el rubio extraño a Soria, porque dicen que vienen de los Bretos, unos que dicen que bajaron del Albión, quizá para dar guerra, y el embrujo del aire los retuvo por siempre y en el arte de amor repintaron de rubio, en las alcobas, el pelo de los niños, que así escribiría un Manuel de Baena, tan inquisidor como testigo y notario de virtudes y fatigas de los pinariegos-covaledenses, incolas de un paisaje tan asombrosamente bellos que bosque, floresta, nieve, altura, magnitud, perfume, horizonte, roca, luz y manantial, se funden aquí en la más apasionante urdimbre del telar.

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            Covaleda y pinar son una misma cosa. Y una sola han de ser cuando casi nueve mil hectáreas de las diez mil largas que tienen sus términos se contempla como superficie arbolada de la especie albar. Algunas manchas de haya y ejemplares sueltos de sabinas y enebros; tejos y avellanos; alisos, abedules, serbales y olmos; y en mayor proporción, los recios robles componen en el lienzo ese verde-diverso que sirve de criba, en verano, a los rayos del sol, antes de llegar a besar los helechos; y en invierno, de cedazo casero para que la nieve llegue a pinochos y cándalos desparramados, materialmente cernida.

            Intentar la descripción de Covaleda, de “Entreambas Cuerdas” a “La Piedra Andadera”; o de la “Loma de Castejón” a la mojonera del “Camino Mayor que va Della Covadella a Salguero” es una empresa de riesgo; pues por bien que se hiciera, nunca será posible oprimir tamaña inmensidad – sea en su espacio o sea su belleza – en unos apuntes literarios.

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            Y es por eso, por lo que los poetas y los prosistas se han curado en salud y han ido por derecho:

“caminos de la tarde,

pinos de la mañana

luz que encendió los ojos

y que nunca se apaga”

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“Y Covaleda en medio, dura y tersa

cerrada y silenciosa como un claro

de luna, o entreoída como el grifo

de un arroyo lejano…”

El propio poeta, aquí entrañado, José García Nieto, aún le guardaba otro piropo:

 “pueblo quieto, nidal del pino verde”.

            En “La Tierra de Alvargonzález” el poema machadiano cumbre, se retrata así el camino desde Salduero:

“a ambas márgenes del río

el pinar crece y se eleva

y las rocas se aborrascan

al par que el valle se estrecha”.

             Y, seguramente, llevado de sus varales, en aquellas carretas, los recuerdos serranos del siglo XI, llegan a Ávila como repobladores:

 “gran campañia de buenos omes de Cobadella, de cinco Villas e de Lara, e los de Cobadella e de Lara venían en delante…”

            Según lo escribe Miguel Martel en 1590, tomando las “Chrónicas de Gonzalo de Ayora” en las que se refiere que “Covadella y Cinco Villas son lugares de la tierra de Soria”, Así se explica que pudieran repoblar nuevos territorios quienes contaban con vieja historia, asentada en muros de aparejo ciclópeo en el “Pozo de San Millán” o en el “Onsar de Pedro García”; o, quizá, aborígenes que ocuparon estas sierras en la edad del Bronce y dejaron sus hachas abandonadas en “Cueva Medrano”.

            Sin embargo hay que afirmar que Covaleda no había sido interpretada en plenitud y las cuerdas de su lira – el pino, la roca, el agua – no habían vibrado en armonía cabal hasta que aquí viene, vive, convive, ejerce, predica y versifica un poeta soriano, de bien distinto paisaje: Víctor Algarabel, de los campos de Gómara y de la villa de Almenar, de aquel señorío, y bien “marcada por el astro poético de Bécquer y Machado: el primero porque sitúa allí leyendas suyas; y a Machado, allí le nació su esposa-musa, Leonor, en una alcoba torre del castillo, que hoy sigue conforme estaba en 1894 por delicada atención de la familia Caballero Jiménez, propietarios del castillo”, este es el poeta que va a emplearse en escribir el romance o la romanza – mitad tragedia y elegía y otra mitad verso-canción y salmo del arte bucólico y rupestre – de este Covaleda, que, con derecho, le llama suyo.

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            El autor de esta romanza y cancionero fervoroso pero objetivo, aún en sus matices de crudeza, ha hurgado en papeles y consejas; en testimonios transmitidos en las tres – cuatro últimas generaciones, para construir el argumento tasápero y truculento como estrafalario del “Melitón Llorente”, verdadero y temido salteador, incendiario, ladrón de ganados y asesino vulgar. Un personaje extraño – el genio del mal -, en un rincón sencillo, naturalista hasta rebosar, y, por sus mismos “pinos de privilegio”, privilegiado en su fecundidad, por su hermosura, por su limpieza de la luz y el aire y por su misma natural, compartida y comunal riqueza.

            El poeta, filósofo y moralista, ha compuesto su relato – delicado y sensible por otra parte – en cinco escenas y trae por narradores testigos a los pinochos jóvenes, a otros de media edad y a los más viejos; y a las rocas. Va a apreciar el lector que el verso y, aún, a veces, las figuras que emplea el narrador no son nuevas del todo. Cerca de aquí, entre “Alvargonzález – aldea y la Laguna Negra” se produce – también en el siglo pasado, según la creadora fantasía de Machado – el parricidio del patriarca pinariego. Y aunque aquel es relato ficción – y el contraste no deja de ser causa de incómoda evidencia – este de Melitón Llorente, tiene mucho más de verdad que de leyenda. Y hay resonancias de uno en otro paisaje. A fin de cuentas el escenario es el mismo pinar del Alto Duero.

            El autor de esta nueva leyenda romanceada pinariego-soriana, con evidente apoyatura histórica trata el tema con especial delicadeza, y su verso, aunque conceptual – Víctor Algarabel es filósofo y clásico, pero juega con el lenguaje – es diáfano, sonoro, bello y muy expresivo. Rico en figuras, sencillo en formas y escrito en lenguaje cordial.

La Cruz de Lerin

La Cruz de Lerin

            El – poeta y viajero – visitó la monolítica “Cruz de Lerín” una tarde de 1976. llevado yo por mi especial curiosidad por todo lo sucedido en Soria, o sobre Soria, he visitado aquel mismo paraje, muchas veces, y he llegado a sospechar, tras mil cábalas y cabildeos, que hago conmigo mismo, que la cruz está trabajada, en un peñasco allí preexistente con formas romas y que un buen cantero convirtió en ángulos, aristas, brazos, mástil y cabecera, y además grabó:

AQUÍ FALLECIO CIPRI

ANO GARCIA EL DIA 9

DE JULIO DE 1870 DE 33 AÑOS

DE MANO AIRADA

Cuya descripción, por líneas y cifras se acompasa a la que reproduzco. Esa monolítica señal-indicador que es el real y tremendo efecto de la ira de un hombre sobre otro, me hizo andar sus caminos, sus paisajes, sus guaridas. Así realicé un lento recorrido, bordeando el Lomo, por Valdecastillo y La Arenilla, hacia Los Apretaderos, por la Fuente de la Cagalera, y hasta la Cabeza por el Muchachón para llegar – desde la Cabeza – a la cueva que se llama como el portillo conocido como de la Remendá: en aquel laberinto forestal de paisajes donde se encuentran el “Corral del tío Periquillo”, el “juego de pelota”, “La Piedra Andadera” y “El Portillo de las Putas”.

La Cueva vivienda del Tío Melitón. Foto de N. de Diego

La Cueva vivienda del Tío Melitón. Foto de N. de Diego

            Yo llamo a la cueva de arriba “La madriguera y cazadero de Melitón” o el “Matarraño-catatumba del cazador-monstruo”. No es fácil describirla, ni alcanzarla; menos luego explorarla con garantías de seguridad.

            La de abajo, -cueva-secadero, cueva-despensa para el curado del ganado robado y descuartizado por el tío Melitón y la Cabrejana, – su mujer y arpía – se llama “del paso Cubito”, y tiene dos salas, la primera a manera de atrio y zaguán, es una covacha insignificante; después y con unas dimensiones no tan difíciles de cuantificar sobre su altura, y una enorme estrechez, casi paredes pegadas, convergentes de suelo al techo, pueden tener, desde dos metros, abajo en la zona más espaciosa, hasta morir en un ángulo agudo penetrante, como si se tratara de una grieta de las peñas. Allí están aún las muescas para apoyar en ellas los palos cortos y puntiagudos, de los que el ladrón de vacas y otras reses, colgaba sus cuartos y canales, sin que pueda comprenderse como se movía en aquella angostura. Insólito curadero de cecinas esta cueva-despensa del Cubito.

Cueva despensa-secadero del Tío Melitón. Foto de N. de Diego

Cueva despensa-secadero del Tío Melitón. Foto de N. de Diego

            Creo que el personaje histórico y real, de azarosa, disipada y truculenta conducta, con ciertos tonos de fábula o leyenda, viene a la letra impresa de la mejor manera que pueda intentarse, Víctor Algarabel, apunta datos y luego desgrana versos; cuartetas, asonantes casi siempre y bien medidas, invocando testimonios, repito, de pinos, arroyos, estrellas, cuerdas y farallones.

            Para la segunda parte del texto poético, no es necesaria tan entretenida explicación, por su misma bondad naturalista, en fondo y forma. Muchos sonetos y otros modos de componer, dentro del arte poético, en los que se describen paisajes, pueblo luz, pinar, nieves o golondrinas, va a encontrar en ella, el lector, una antología completa sobre la Covaleda que conoce y aún la que no conoce. Hay componentes de raza y de historia, de arte mayor – escultura, arquitectura, música … – y, de arte menor, en aspectos costumbristas y folklóricos. No falta el complemento necesario, aunque sea trivial – pues los poetas tienen un sexto sentido que puede materializarse en la admiración de lo bello, lo pequeño y lo vital – del piñón, del cándalo o del chupamieles por ejemplo. El lector va a encontrarse con “su” Covaleda: pero con “otro” Covaleda diverso, insólito, asombroso y singular. Su Covaleda y otro Covaleda únicos.

            Víctor Algarabel fino observador de ojo ciclópeo ha percibido el salmo y el embrujo. Ha descubierto y penetrado Covaleda. En los recónditos de su fantasía creadora ha elaborado el verso en metro y rima justos.

            Y aquí está.

            Hace bien, por su parte, el Ayuntamiento de patrocinar este caudal de cultura propia, para cuantos covaledenses lo quieran revivir; y, para tantos amigos de Covaleda y de sus gentes “altaneras y libres, de corazón abierto como el pinar”, que lo deseen conocer.

Miguel Moreno

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