3ª MISA EN LOS PICOS DE URBIÓN

Con esta entrega, terminamos, de momento, la publicación de las noticias relacionadas con las misas celebradas en los Picos de Urbión, ya que, a partir de este año, las crónicas de este acto se redujeron notablemente, quedando resumidas, en la mayoría de los casos, a simples notas de prensa. Quizás, más adelante, publiquemos otro artículo con todas estas “notas de prensa” para que podáis contar con una información completa.

En esta tercera ocasión, destacamos el siguiente artículo:

El Siglo futuro. 14/8/1930, n.º 7.132, página 4.

 MOVIMIENTO CATÓLICO: LA MISA DEL URBION

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El viernes, 22 de los corrientes, a las once de la mañana, ,se celebrará Misa solemne en la cima del Urbión; predicando en tan solemne acto el ilustrísimo Monseñor D. Mateo Rioja Rubio, Camarero Secreto de Su Santidad, Catedrático de Psicología del Instituto de Valladolid,

Se cantará la ”Misa de Angelis” dirigida por el reverendo señor Cura Párroco de Covaleda y en ella podrán tomar parte cuantas personas quieran ponerse bajo su dirección.

Si por el mal tiempo (lluvia, frío o viento) no pudieses celebrarse la fiesta el día 22,-se celebraría el lunes 25 del mismo mes: y si tampoco ese día se pudiese por las mismas causas, se haría el miércoles 27.

Dada la afluencia de entusiastas que, acudieron a la fiesta en los dos años anteriores, es de esperar que este año sea aun mayor, y que pronto sea un hecho la realización de la magna idea que se proyecta llevar a cabo entre las tres provincias de Soria, Burgos y Logroño y las diócesis respectivas.

01 pdf El Siglo futuro. 28/8/1930, n.º 7.143, página 4.

 La Misa en los Picos de Urbión

 Son las tres de la mañana, y el ronco de las bocinas de los “autos” viene a turbar el sueño y romper el misterioso silencio de la noche, llamando a los expedicionarios que han de subir a los Picos de Urbión para dar testimonio de que aún hay fe en los espíritus y amor en los corazones de los viejos castellanos, dispuestos a imponerse un sacrificio para confesar al Cristo del Calvario.

La tarde del 21, con sus aprestos de nubes plomizas y baja temperatura, ha sembrado la alarma y puesto en los labios de los expedicionarios esta pregunta: “¿Lloverá mañana?”  Y no hay duda que este temor hizo retroceder a muchos, que después pagaron su timidez con el pesar de no haber disfrutado en lo alto de la sierra la hermosa temperatura del día siguiente.

La mañana es deliciosa; hasta la brisa está completamente dormida y no despierta sino al rodar de los coches y la bulliciosa algazara de los que, animosos, ansían contemplar la grandeza y magnificencia de Dios con sus obras desde una altura de más de dos mil metros. Cuando llegamos a Vinuesa y Covaleda bullen por las calles sus habitantes. Todavía el sol no ha tenido tiempo de dorar con sus rizos las altas copas de los pinos, lo que da un aspecto de solemne seriedad al paisaje, aumentado por la escrutadora mirada de la rolliza piñorra, algo desgreñada por lo temprano de la hora, y la voz potente del gañán robusto que, ahijada en ristre, se dispone a cargar sobre el carro que guia dos gruesas trozas de pino, ayudado de las vacas, que obedecen con docilidad al imperioso mandato de “¡Vea, Romerosa! ¡Anda, Negrita!”

Los  romeros de estos pueblos nos han ganado por la mano y van ya camino del Pico de Urbión. El guia que llevamos nos conduce por un acantilado en el que los caballos han de convertirse en acróbatas para no dar en tierra (digo, en piedra) con su cuerpo y el de los jinetes; tienen mejor suerte en este paso los que van a pie: por lo menos, no tienen tanta exposición.

En poco rato nos vemos rodeados de pinos, muchos de ellos condenados a muerte, pues llevan ya en su parte baja escrita la sentencia con el marco que tienen; muchísimos, erguidos, limpios y soberbios, no les inmuta el paso de la nutrida caravana; otros, fuertes, pero, al parecer, respetuosos, pues bajan sus gruesas ramas como para saludarnos. A ratos pasamos por sitios donde no es posible ver el cielo, haciéndonos la ilusión de que estamos bajo un templo magnífico y entre un laberinto de columnas, en el que no hace mucho ha debido celebrarse alguna solemnidad, pues flota aun en sus bóvedas el humo del incienso; tal nos parece la niebla que se apodera del pinar haciéndose presagiar fiesta, aguada, pero que a nadie acobarda, y todos dicen: “Adelante.”

Todos, no, porque a no mucha distancia se cuadra en medio del camino un torete no acostumbrado a estas visitas, y hemos de proveernos de palos y piedras para imponerle nuestro paso, pero sin conseguir de él que abandone el camino, sirviéndonos de guía más de dos kilómetros. Hay a quien se le ocurre la idea de si tendrá encargo de subir hasta la cumbre e inmolarse en aras de la fiesta nacional, y, para someterlo a prueba, le marca con la chaqueta una larga que el cornúpeto recibe agradecido, disponiéndose a acometer, pues levanta con las pezuñas delanteras una densa polvareda en señal de aceptación. Cunde el pánico, los expedicionarios hacen uso de las estacas y piedras, y el animal desiste de la faena, dejando el camino libre.

SUBIA A URBION A CABALLO 22-08-1930

Cuando salimos del monte, y después de un pequeño refrigerio al arrullo de la fuente de las hilanderas, empieza la niebla a despejarse, consintiéndonos ver las crestas y glaciares de la sierra coronados por los romeos que nos han tomado la delantera, sirviéndonos de estímulo para llegar hasta la cumbre. La concurrencia es menor que el año anterior: de tresciéntos a cuatrocientos asistentes; pero el entusiasmo ha crecido en proporción al decrecimiento del número.

La flamante banda de música de Covaleda, organizada por el entusiasta del arte y de la ciencia, el conocidísimó farmacéutico don Ángel Terrel, lanza al viento sus primeras notas en un animado pasodoble, que es recibido con aplausos y que pone en el corazón de cada asistente un balón de férvido entusiasmo, el que parece quedar enterrado en cuánto, dispuesto el altar para el augusto sacrificio, el celebrante don Manuel Ortal y los ministros don José Rodrigo, párroco de Vilviestre, y el Rvdo, P. Elíseo Mata, marianista, toman los amitos para revestirse.

En medio de un absoluto silencio se entona el Introito de la misa; el humo del incienso, que ha tesado reverente el ara santa y el crucifijo, empieza a elevarse hasta el trono del Dios grande sobre todos los dioses, mientras los sacerdotes y el nutrido coro de cantores, dirigidos por el señor Cura de Covaleda, ruegan a Dios se sirva aceptar nuestras plegarias, entonando los Kyries de la Misa de Angelis. Es algo sublime que, después de presenciado y sentido, hay que rumiarlo muchas veces, porque así lo exige la recreación del espíritu. Las niñas de Covaleda y los Hermanos Marianistas de El Royo tienen en esta nota de emoción la más grande parte.

Es don Mateo Rioja, culto profesor del Instituto de Valladolid, quien con frase medida y elocuente nos descubre en su oración sagrada la grandeza de Dios, vista a través de la magnitud de los cielos, de la multitud y ordenada disposición de los astros, de las ingentes colinas y de los profundos valles, de la fuerza impetuosa de las olas y de la prodigiosa disposición de las plantas o de la vida animada del macrobio. Canta un himno a la bondad de Dios, y en tonos levantados aplaude la magnífica idea de erigir en este prominente lugar un monumento a Cristo Rey, para el que ninguno, por pobre qué sea, debe escatimar, su óbolo y, fervoroso entusiasmó, pues éste pequeño sacrificio ha de traer las bendiciones de Dios y la prosperidad material y moral de las tres provincias, Burgos, Logroño y Soria, en claros límites quedará enclavado el monumento.

Y cuando todavía estábamos saboreando lá doctrina del orador, mientras proseguí el augusto Sacrificio, las notas de la Marcha Real nos avisan de la presencia, real también, del Dios Hombre en las manos del sacerdote, que, lleno de emoción, lo muestra a los asistentes, y le adoramos reverentes golpeándonos pecho y sintiendo como pocas veces nuestra miserable  pequeñez, porque más grande nos parece Dios cuanto mejor le conocemos y más pequeños nos reconocemos cuanto más Dios nos sublima. Termina el acto religioso con la Salve popular, cantada con religioso entusiasmo por todos los asistentes, enfervorizados, sin duda, por la nota simpática, ribeteada de heroísmo, dada por las doncellas y jóvenes, que hicieron el sacrificio de ascender hasta la cumbre en ayunas, para comulgar a las doce próximamente lo más cerca del cielo. Muy bien por los valientes confesores de Cristo, Ellos dicen cuánto puede la fe en los que saben cultivarla y qué mermado es el esfuerzo de los que tienen la desgracia de no tenerla.

La música vuelve a sonar batiendo aire de marcha, y la multitud se dispersa para volver a reunirse sobre la pradera en corrillos formados por sus deudos y allegados y dar buena cuenta de las viandas y abundantes provisiones en medio de la más franca alegría.

Lo que ocurre después en la pradera de los Picos de Urbión ya no es cuenta del cronista, que, acompañado de unos, cuantos decididos amigos de la Naturaleza y del arte emprenden la difícil tarea (mucho más difícil después de haber comido bien, aunque parezca lo contrario) de visitar las lagunas existentes en la falda Esté del Pico, lo que merece muy bíén los honores de otra crónica.

Concluyo estas mal pergeñadas Líneas felicitando al iniciador dé Ia magnífica idea y a cuantos contribuyen a su realización, y pidiendo a Dios que pronto sea un hecho la erección del monumento a Cristo Rey en los Picos de Urbión, para lo que es necesario buscar diligentemente la cooperación de cuantos puedan prestar alguna ayuda y evitar con cuidado los recelos y susceptibilidades, haciendo obra, más que personal, general, pues, lo contrario podría dar al traste con el hermoso proyecto.

A. N.

El Royo, 25-08-1930

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