INTERESANTE ARTICULO DE 1888

Recuerdo de Soria Año V Número 5 – 1888 octubre 2

REVISTA RECUERDO DE SORIA, AÑO V, Número 5 – 2 de Octubre de 1888

El día 2 de octubre de 1888, la revista RECUERDO DE SORIA, publicó un interesante artículo en el cual nos describe, utilizando el modelo retórico y adornado de la época, un viaje que emprenden un grupo de periodistas de Soria capital para conocer los Picos de Urbión y sus lagunas.

A lo largo del citado escrito nos describe con todo lujo de detalles todo el recorrido seguido, citando los lugares por donde van pasando: parajes, arroyos, puentes …, la situación de molinos y sierras con sus nombres, sobre todo los situados entre Salduero y Covaleda, aunque nos llama la atención que no cita el Puente de Soria en ningún momento. Su redactor, nos hace una descripción de lo que se encuentra en el pueblo, nos dice que está formado por 220 casas, 3 ermitas (Nuestra Señora del Campo, Las Angustias y San Miguel, indicándonos, igualmente, que esta última se encuentra derruida), nos cuenta, igualmente, que el pueblo cuenta con 955 habitantes y que estos se encuentran divididos en tres grandes grupos sociales: Los Carreteros, siendo estos los más ricos del pueblo, los vaqueros, de rentas mucho más bajas y los gamelleros, que son los encargados de la tala de los pinos y de la realización de las famosas gamellas de Covaleda. También nos informa que anualmente se talan 4000 pinos, y que los hacheros encargados de dicha tala, vivían en el pinar, en unos chozos fabricados al efecto, sin bajar al pueblo en todo el periodo que duran estos trabajos.

Destaca su autor el léxico propio que tienen los habitantes de Covaleda para nombrar ciertas cosas, por ejemplo nos indica que nuestros antepasados al jabalí le llamaban “jaralig” y que las fresas silvestres eran conocidas como “mautiois”.

En su camino desde Covaleda hacia los Picos de Urbión, nos descubre que en el paraje de Fuente Blanca, existía un horno de pez, el “horno de la Posina”, haciendo una descripción detallada de los lugares de paso en este camino desde Covaleda hacia las lagunas y Picos de Urbión.

Un artículo realmente interesante que conviene leer, ya que nos recordará y situará lugares conocidos y nos descubrirá otros lugares que o bien se ha cambiado el nombre o ya no existen.

Las imágenes que acompañan a este artículo pertenecen a la misma revista “RECUERDO DE SORIA”, si bien a otras fechas cercanas, lo que nos sirve para ilustrar alguno de los lugares de paso del autor del presente escrito.

Imagen de como era el camino entre Salduero y Covaleda en el año 1888

Imagen de como era el camino entre Salduero y Covaleda en el año 1888

Se ha procedido a su transcripción para una mejor lectura, el texto íntegro es el siguiente:

REVISTA RECUERDO DE SORIA, AÑO V, Número 5 – 2 de Octubre de 1888

LA LAGUNA HELADA

En el centro próximamente de frondoso pinar, que se extiende hasta los mismos limites de su término municipal, y ceñido casi o, con más propiedad dicho, aprisionado por el río Duero y sus afluentes La Paul y El Vecedo, existe en nuestra provincia el pueblo de Covaleda, cuya visita no vacilamos en recomendar a todos cuantos deseen recrearse con la vista de un paisaje lleno de exuberante vida, salvaje majestad y entretenido movimiento, que compensan con exceso las pequeñas molestias de un viaje de siete horas desde la capital.
No son alimentadas por las nieves y cristalinas fuentes de Zurraquin, del Zamplón, de la Hilandera, de Poyal de Sancho, del Cubo, del Campo, de la Raíz, del Doctor, de la Chorla, del Cubo de las Lodosas, de Peña-abantos, de los Pajarejos, de la Morciguilla, del Calvo, de Santo Lunio, ni Fuente fría ni Fuente blanca, ni las pocas más, que, salpicadas con artístico desorden, prestan agradable encanto a aquellos sitios y se hallan repartidas en una extensión de monte de 10.951 hectáreas, 40 áreas, 95 centiáreas las que nos impulsan a ello solamente; no nos mueve a aconsejar esa excursión, objeto tal vez de injustificada sátira, la particular intención de admirar como se deslizan mansas o se precipitan impetuosas, dentro de aquel término, las aguas, que, procedentes del deshielo de un temporal de nieves de seis meses, corren por los arroyos y ríos, – según llaman los pinariegos de este pueblo a algunos de aquellos arroyos – del Hornillo, de la Espinosa, del Cerro, de Perondillo, de la Herida, de la Cacha, de los Horcajos de la Ceveda, de Agua relumbrosa, del Raigón, de la Paul, del Zamplón, de Peña el ombligo, de las Canales, del Vecedo, de Vocalprado, de las Muñequillas, de los Tolmos, de la Ojeda, Remonicio, Mojón, del Nido del Aceitúa, del Pico del Escobar, de Peña-abantos, de Peña Ojeda, de la Cocina, de Valdorno, de Valdegolla, de las Guijarras, de Cueva arenosa, de Cueva mienta, de Royo rando, de las Torcas, de Fuente de la Chorla y de Valle malo, para ir a aumentar el caudal de las del Duero; tampoco juzgamos como poderoso incentivo para inducir a hacer esa expedición únicamente la belleza con que sorprende a todo ánimo amante de lo perfectamente hermoso el alegre ropaje de que se adorna el manchón de hayas de La Ceveda, destacándose entre los sombríos, esbeltos y elevados pinos, que cubren limitados valles, crecen sobre pendientes laderas, surgen al pie del arroyo que lame oculta y fresca pradera, se mecen majestuosa y gallardamente en lo alto de áspero risco combatido por heladas ventiscas y en constante lucha con los elementos todos, ni nos instiga, asimismo, a pintar con tan bellos colores – para algunos tal vez demasiado vivos – un viaje no exento de algunas contrariedades, el deseo, bastante desarrollado entre los naturales de la provincia, de dar a conocer de cerca las tan nombradas lagunas de Urbión, Helada, Negra y Larga, rodeadas de imponente soledad en lo alto y mas agreste del término, que al invadir estas altitudes, cedió su vegetación, tras lucha tenaz por la vida, con la Naturaleza, no sin dejar un poco más abajo los últimos restos maltrechos en tan significativo y elocuente combate de una masa arbórea tan vigorosa y lozana dentro del limitado espacio que aquella la señaló, no: es la verde pradera esmaltada de variadas y pintadas flores silvestres y la sombría colina cubierta de elevados pinos entre laberíntico arroyo y el gorgeo alegre de la oculta avecilla; la mariposa, que refleja el vivo matiz de sus vistosas alas sobre el terso y claro cristal de silenciosa fuente y la roca, que, erguida, dibuja sus angulosas formas sobre el azulado cielo; el zumbido de metálico insecto en busca del delicioso néctar que le ofrecen perfumados cálices y el inquieto susurro de las trémulas hojas al beso de juguetona brisa; la veloz carrera de tímida corza que huye asustada al batir de alas de carnívoro buitre y la inquisitorial mirada del desconfiado pastor sorprendido por la para él inexplicable y fatigosa ascensión hasta aquellos escondidos rincones del ilustrado habitante de la capital; la esquila del ganado que rumia la verde hierba del fresco pastizal y el cadencioso golpeteo del agua que salta despeñada sobre revuelto montón de piedras y rocas en mil pedazos deshechas avivando el verdor de los musgos que las tapizan, la estrecha vereda festoneada por caprichosa combinación en que Flora lució sus primores y la pavorosa cueva adornada de todos cuantos horrores puede forjar una imaginación excesivamente impresionable, aguijoneada por temida curiosidad; la solitaria laguna, que, allá entre nieves, refleja sobre el tranquilo seno de sus aguas el magnífico centelleo del rayo y todas cuantas luchas se mecen sobre ella y el placentero calvero donde descansa errante res, olfateando del hambriento lobo la sigilosa marcha, que llevó hasta ella el sutil vientecillo de la noche; la monótona planicie de abajo y los variados repliegues y las ocultas gargantas de los alto; es, para terminar, el conjunto armónico de tantas maravillas, que, obligándonos a olvidar las realidades del mundo en que vivimos, nos hace pensar en algo superior a la pequeñez humana, llenando nuestros deseos de gratísima impresión.
Pero no continuemos, porque el modelo elegido para nuestro cuadro es muy hermoso y también sobradamente difícil de pintar por mano tan inexperta como la nuestra, acostumbrada a mal copiar, – con la incertidumbre propia del niño aprobado en tan divino arte, sin previo examen, por adorable padre – cuantos objetos impresionan nuestros sentidos, y ocupémonos, – que tal vez así cumplamos menos desairadamente el compromiso a que nos obligaron amistades para nosotros muy queridas, pero a la vez excesivamente confiadas de nuestras aptitudes literarias,- de emprender un ameno viaje al pueblo de los aros y de las gamellas en compañía de unos cuantos amigos de buen humor, a la par que reconocido buen gusto por todo lo que sea verdaderamente bello, – pues de todo esto ha menester nuestra selvática expedición,- para convencernos no sin fruto de soñadora imaginación los primorosos encantos con que sorprende al observador curioso, según se dice, el monte pinar de Covaleda.
¿Realizaremos nuestros propósitos al azar y sin preceder una acertada elección de la época más oportuna para llevar a debido efecto nuestro pensamiento? No, las nieves blanquean por lo general el suelo de aquel montañoso término durante los meses de Octubre a Marzo; y, aparte de que esta circunstancia especial haría menos entretenido y agradable el descanso nocturno de la animada caravana, penosa, y aun imposible, la caminata por el monte, destruyendo más que nada el atractivo de aquel maravilloso conjunto, exento por entonces de las escogidas galas con que le obsequia la estación florida, sería un capricho de gusto discutible trocar el imprescindible brasero adornado de su indispensable camilla de la capital por la típica cocina de un pueblo de pinares en la que se abrasa el cuerpo todo al calor de fragua de los encendidos leños y causa malestar asaz penoso el por demás extraño y humoso tedero, único aparato industrial de que disponen aquellas hospitalarias y cariñosas gentes para alumbrar tan interesante parte de sus moradas.
Discutido que ha sido punta tan esencial con la sobriedad habitual en personas todas jóvenes y un tantico dadas a amenizar el amigable conclave con interminables planes de dudosa realización, se ha concertado la salida, – una vez sometidos a la más severa e imparcial crítica el pro y el contra de cuantas observaciones por todos fueron apuntadas,- para el mes de Julio, pero acodándose por unanimidad de votos efectuar el viaje desde Soria al pueblo de Herreros, – primera etapa de tan pregonada expedición, – en coche particular, a fin de evitarnos todas las agradables emociones de un lleno en el vehículo que, para Burgos, sale diariamente de la plazuela de Teatinos a las once de la mañana.
¡Llegó por fin el ansiado día! Vestidos del traje especial exigido por la rudeza de los sitios que nos veríamos precisados a pisar y cómodamente sentados en las banquetas del coche, que, arrastrado por tres hermosas y adiestradas bestias, n os proporcionó, previo ajuste, su dueño el tan conocido y apreciado convecino nuestro y labrador, Plácido Gonzalo, abandonamos el Collado, o sea la calle principal de la ciudad, entrando en la carretera que se dirige al Burgo, la cual separa, al arrancar de la de Madrid, el vistoso y consabido Espolón de toda capital de provincia y la renombrara Dehesa de San Andrés del agradable Paseo de invierno; y alcanzamos nuestro camino por la que conduce a Burgos, enlazada con la anterior a mano derecha en el indicado portazgo. Los amenos cuentos salpicados de chistes oportunos y los arriesgados planes relacionados con nuestra bien organizada correría, tan locamente propuestos como seguidamente olvidadas, logran no nos apercibamos hemos ya pasado la tan frecuentada venta de La Verguilla, – que queda a la derecha.- y nos hallamos en la interminable Dehesa de Valonsadero, limitada por la escabrosa sierra del Pico de Frentes a la izquierda de la carretera, para arribar, – una vez atravesada esta finca donde pastan los obligados toros de las fiestas de San Juan o de las Calderas,- al pueblo de Toledillo, que tiene su asiento a la derecha del mismo camino. Pasado algún tiempo cruzamos otro pueblo, el de Cidones; un poco más adelante el de Villaverde, y, saliéndonos de la carretera, penetramos en el de Herreros; habiendo tardado en llegar a este punto desde la capital unas dos horas aproximadamente.
Como no deseamos variar bajo pretexto alguno ninguno de los obligados accidentes de esta gira, establecimos por todos los que nos precedieron en la realización de pensamientos muy parecidos al nuestro, descansemos una media hora en este último pueblo, invadiendo la posada que, muy próxima a de nosotros, brinda con una oportuna hospitalidad. Franqueemos su angosto portal; tomemos posesión de los contados taburetes de mal cepillado pino que encontramos; saquemos nuestras repletas petacas; dejemos gozar de cierta libertad a nuestros entumecidos miembros; apaguemos la sed que nos mortifica con un buen vaso de agua, las indispensables gotas de anisado y el imprescindible azucarillo; y, en tanto atormentamos los pulmones con los cigarros incomparables de la Tabacalera, satisfagamos la natural curiosidad de todo viajero, -jamás anotado en la correspondiente casilla del billete como formando parte integrante de cuanto se hacina en la necesaria crin,- enterándonos, por el ingenuo y comunicativo posadero, de todo cuanto ignoramos y relación tiene con los hábitos y costumbres de aquel vecindario, tan sencillo en sus gustos y necesidades.
Una vez cumplida esta ineludible obligación y logrado el apetecido descanso, subamos de nuevo al coche, que, al chasquido de bien dominada tralla, sigue, arrastrado por el ganado y rompiendo la polvorienta columna de arena que levanta, el ancho y desigual camino abierto en la extensa y árida vega de Ambao; cuyo camino va a morir, – dejando a mano izquierda el famoso Pinarejo del Pinar Grande,- en el arranque mismo de un magnífico y bien construido puente de piedra de sillería, privado, – por no haberse hecho todavía los estudios del vecinal subordinados a tan incomprensible obra,- de bien concebida entrada, así como también de toda salida exenta de peligroso contratiempo, y constante pesadilla durante el resto del viaje de uno de nuestros compañeros de expedición, aficionado enrogé a darse cumplida satisfacción de la verdadera utilidad de todo cuanto se debe a la humana actividad y excita su nunca satisfecha curiosidad.
Hemos terminado la primera parte de un viaje realizado hasta aquí con bastante comodidad y libre de molestias contrariedades; pero las condiciones del resto del camino no permiten usar el mismo medio de locomoción empleado hasta este punto y habremos de resignarnos, mal que nos pese, a continuar nuestra correría montados en los deslucidos, aunque seguros y ágiles, jacos del país que ya nos esperan y hemos hecho venir de Covaleda.
En tanto reponen sus fuerzas las caballerías, apurando el consabido pienso, hagamos alto cerca del inconcebible puente; y defendidos, en cuanto sea posible, de los rayos de ardiente sol por la raquíticas copas de unos cuantos pinos esparcidos al azar, disfrutemos, bien sentados, bien echados sobre la verde hierba, de los sabrosos y apetitosos refuerzos culinarios arrojados por previsor compañero en las profundidades de seis monumentales alforjas profusamente adornadas de animados y caprichosos colores y artísticamente ataviadas con numerosas borlas color verde y grana.
¿Se terminó ya la campestre sesión gastronómica? ¿Fue recogido y puesto en orden todo cuanto los desordenados apetitos de estómagos mal acostumbrados exigieron fuese arrojado a granel sobre el suelo para acallar sus apremiantes insinuaciones? ¿Están listos los animales? Pues a montar sobre ellos, – y no a la alta escuela, como desearía mi compañero de la derecha, pollo con honores de gallo, muy versado en el arte de la equitación, y a quien cupo en suerte por el don de errar tan frecuente en las humanas acciones una montura sui generis, – a fin de vadear, pasando antes por bajo del primer arco de la izquierda del repetido puente, el río Ebrillos y alcanzar el sitio que denominan Cubillos, todo cubierto de hermosas y lozanas matas de roble. Transpuesto este monte, y a muy cerca distancia del mismo, se nos presenta el pueblo de Molinos de Duero en el que entramos, llamándonos poderosamente la atención desde el primer momento la excelente construcción de su casa Ayuntamiento y algunas más, todas ellas de inmejorable y bien labrada piedra sillería, que denuncian el floreciente y envidiable estado de la ganadería por aquellos tiempos en que el inolvidable Consejo de la Mesta se imponía a todo y a todos con la incontrastable fuerza de numerosos rebaños de miles de cabezas puestos bajo su salvaguardia y protección; atravesamos sus calles, sin detenernos a reflexionar sobre el efecto poco armónico de tales edificios sepultados dentro de tan selvática concavidad, para admirar, – antes de llegar a Salduero y una vez ganada la salida del repetido Molinos,- el paisaje soberbio que se destaca a nuestra derecha, debido a la caprichosa combinación de una naturaleza exuberante en sus creaciones, de un reducido, agreste y umbrío pinar, sombreando las líneas y contornos del movido ramaje en las inquietas aguas del Duero, que, al pie del mismo pinar, se desliza mansa y silenciosamente; crucemos el largo puente de madera tendido sobre este río y penetremos, finalmente, en el ya nombrado Salduero.
Nos encontramos, y de ello debemos felicitarnos, en la verdadera zona pinariega.
Saquemos desde luego nuestras carteras, afilemos nuestros lápices y preparémonos a cuajar aquellas, en artístico desorden confundidos, de los apuntes varios que juzguemos notables y precisos para escribir, cuando bien viniere, los unos monótonas y exageradas relaciones de viaje, para ofrecer en oportuna ocasión, los otros, preciosos y nefabilísimos jirones de los encantadores y poéticos cuadros hallados al penetrar por aquellos sitios llenos de seductora belleza, imponente majestad, poderosa vida y continuo movimiento.
Y en verdad que seríamos objeto de justificadas censuras, poco favorables al buen concepto que toda persona culta desea merecer de quienes juzga con autoridad bastante para otorgar propicio voto acerca de tan honroso galardón, si no fuésemos tentados de disculpable prurito por ocuparnos en tan agradable tarea, incitados poderosamente por el admirable panorama que sorprende nuestros sentidos todos desde aquí hasta Covaleda.
Al final de la calle del Racho, que hemos tenido que cruzar para salir del pueblo, se alza, severa, una modesta iglesia coronada de sencillo campanario, cuya redentora cruz es seguro faro de consoladoras esperanzas para el buen creyente perdido, durante las horas crepusculares de una tarde del mes de Diciembre enriquecidas con todas las negruras de violenta ventisca rasgando las tinieblas de aquellos sombríos repliegues, terroríficas cuevas, pavorosas profundidades y gigantescas masas pétreas cortadas a pico sobre los costados del hondo barranco, que desvanece en el espacio con toda la espantable magnificencia de su selvático poderío el turbulento movimiento de las oprimidas aguas del Duero huyendo precipitadas de los inexpugnables muros que las aprisionan, por la faja sinuosa y blanquecina del camino que, partiendo de la derecha de tan tanta morada y faldeando las ásperas o suaves laderas de un terreno en donde se reflejan antiguas conmociones internas del globo, se vuelve y retuerce en violentas contorsiones, con veleidad suma, para acercarse a la orilla de aquel río o bien para huir de su corriente, que, mansa o soberbia, silenciosa o formando ruidosa cascada, corre en dirección de Salduero, besando casi los cimientos de la pared del mediodía de aquel bendito templo, el cual queda por esta circunstancia entre el nombrado río y el camino.
Este trayecto de Salduero a Covaleda, atraviesa con nosotros Tres Cruces. Las Piedras del Molino; deja a su izquierda el molino y después una sierra; (Artefacto de aserrar maderas, por lo general de primitiva construcción, que tiene unos 50 metros cuadrados de superficie sobre la que se levantan comúnmente desde el piso del mismo artefacto cuatro paredes con tablas, sosteniendo una cubierta armada de teja que defiende un hogar y el aparato destinado al aserrío de los tajones o trozas, compuesto del carro, cajon largo en donde son colocados y sujetos los tajones y el bastidor, marco en el cual se fija la hoja de la sierra y al que imprime movimiento una rueda hidráulica por medio de la Zanja.) salva La Umbría del Pico, el arroyo de Peñalarda, Los Rodaderos de la sierra, el arroyo de la Poveda, la Poveda, El Castellón de la Presa, el arroyo de los Moralejos, La Peña de la Presa, Las Colmenas de la Viuda, el arroyo Mojón, -límite de Covaleda con Salduero,- El Raso del royo mojón, el arroyo de las atalayas, el Raso de la Cuesta, La Umbría de Peña Raya, La Cuesta, La Cuesta del Tabanazo, por donde se desliza el arroyo de la Revuelta, La Majada de Lerín, el arroyo de la Cuesta, el prado y arroyo de los Hoyuelos, La Cruz del pobre, La Fuente de Santo Lunio, Las Zorreras, -al pie de las que se descubre otra sierra, la bajera; y a poca distancia de esta el Molino bajero;- cruza la Cuerda del Trabuco, el arroyo de la Ojeda, con su sierra del mismo nombre, La Escalera; abandera por la derecha La Fuente del Doctor; sigue por Las Razuelas; corta los arroyos de Peñas juntas y del Molino; toca con otra sierra y un molino llamado de En medio; pasa por bajo de Peñas juntas o túnel natural formado por dos enormes peñascos; se encuentra con una quinta sierra, titulada Nueva, que exhibe su magnífica y bien construida presa de piedra sillería; penetra en Los Rebollares, surcados por el arroyo de la Yedra; se dirige por El Lomo; traspasa los arroyos por el puente de madera colocado sobre los mismos, llega hasta el Crucifijo del Campo; gana El Maguillo con su arroyo del Chorlón, que utilizan los vecinos por la pureza de sus aguas, al propio tiempo que por su mayor proximidad al pueblo, pues lo atraviesa; y subiendo por la calle bastante pendiente, aunque corta, del Pozo, se introduce en Covaleda, tropezando por la derecha con la primer morada, toda ella de inmejorable piedra sillería, la iglesia.

Este es el paraje de Peñas Juntas que describe en el escrito el autor

Este es el paraje de Peñas Juntas que describe en el escrito el autor

¡Que gratas emociones sentidas desde Salduero hasta aquí! ¡Que de impresiones tan variadas en sus formas como bellas en sus efectos, las recibidas! ¡Cuantas frases de admiración han salido de nuestros labios! Aquí, es un vivificante rayo del esplendoroso astro del día, que, penetrando tímido por entre el verde follaje de ramoso pino, acaricia la pintada corola donde palpitan los primeros besos de secretas bodas y se aleja súbito, como ruboroso, para esconderse en el seno de la corriente que se agita conmovida, lo que es cautiva; más allá, el inimitable trino de ave canora, que canta sus alegrías bajo tupido dosel de fresco verdor, rivalizando con las armónicas notas del agua, que, en rizados copos, salta bulliciosa por el cauce del río, lo que os suspende; en el barranco, es un pedazo de desigual ladera vestida con todas las galas de una vegetación lozana y una variada Flora en lucha con la ingratitud de erizadas y quebradas peñas por allí salpicadas, asomándose a la orilla del arroyo, que, generoso, reparte a su alrededor los preciados dones atesorados dentro de sus cristalinas aguas, lo que os maravilla; en un recodo del camino, es la verdina pradera, donde pace el inofensivo cordero de blanco vellón, rompiendo la monotonía que acompaña a la espesa y oscura pimpollada, que lo circunda y donde se juzga segura la elegante y ágil ardilla, lo que os encanta; abajo, es el desagradable chirrido de la hoja de la sierra, el sordo ruido de la piedra del molino, el golpeteo del agua del solapado charlón o burdial, que, abandonando las alturas, desciende, protegido por floridos retamales y deslizándose por bajo del temido y engañador trampal, para precipitarse en el Duero, el frondoso repliegue del terreno, por donde zumba vistoso insecto, dominado por la sombría cubierta que forman las cabelleras de densa masa de pinar; arriba, es la cabra montaraz trepando por inclinada arista de una roca suspendida sobre el borde de profundo abismo, el árbol de descarnada raíces que corona la cresta de elevadísimo muro de piedra arenisca, el manantial de purísima agua despeñándose por entre pedazos de piedras, hojas y flores, los infinitos efectos de maravillosos contraste o de bellísima armonía abrillantados por los resplandores de la luz del día iluminando la imponente grandeza de aquellas enormes y elevadas masas pétreas, todas cubiertas de espesuras impenetrables.
¡Soberbio paisaje rebelde a bien manejada pluma, a bien gobernado pincel por diestra mano de hábil artista!
Es el pueblo en donde acabamos de entrar conjunto de 202 casas, dibujando sobre el horizonte sus sólidas y características chimeneas de forma invariablemente cónica, con sus tres ermitas, la de Nuestra Señora del Campo, la de Nuestra Señora de las Angustias y la derruida de San Miguel, sus correspondientes calles, -algunas bastante pendientes,- su indispensable plaza y su imprescindible casa del Concejo, repartidas en un área de diez hectáreas aproximadamente, circuido por un polígono de prados, no menor de 309 hectáreas, y dentro de cuyo radio registra el Censo un número de habitantes que alcanza la cifra de 955, excediendo a la del sexo fuerte la del débil, que lleva la peor parte en las habituales faenas de sus moradores; por cuya especial circunstancia los vecinos de los pueblos limítrofes distinguen a tan necesaria compañera de nuestra vida con el siguiente y poco galante, sobradamente duro y nada métrico dístico:

El que se casa en Covaleda
Mujer y burra lleva

Como natural consecuencia de la desigualmente que se halla repartida la riqueza, reconócense establecidas tres jerarquías o clases en el pueblo: la de los carreteros, compuesta de un reducido número de vecinos que cuentan con sobrados recursos para satisfacer holgadamente sus necesidades, y la de los vaqueros y gamelleros, que comprende el mayor número de aquellos siempre necesitados del diario jornal para proporcionarse el bocado de pan con que reparar sus trabajadas fuerzas. Los primeros, se dedican, no solo al comercio del ganado vacuno, que pasta errante por aquellos agrestes pastizales sino también al de maderas; los segundos, trabajan como hacheros y en la elaboración de aros y gamellas durante los meses en que el suelo del monte está completamente cubierto de nieve, mal defendidos de las injurias de la estación por sencilla y transitoria choza, abandonada una vez queda terminada la corta de cuatro mil pinos, que anualmente y como aprovechamiento vecinal, se conceden al mismo pueblo.
Lo muy fatigados que nos sentimos y la precisión de madrugar al siguiente día para llegar hasta las lagunas, sin tener que sufrir los desagradables efectos de un calor mortificante, mueven al cariñoso amigo, en cuya casa nos fue ofrecida desinteresada y agradable hospitalidad, a aconsejarnos ocupemos una mesa, en donde sobre blanco mantel regala a sus confundidos huéspedes con una bien servida y abundante cena, a fin de satisfacer esa obligada necesidad y ganar cuanto antes una bien arreglada cama para dormir cómodamente hasta la hora ya fijada.

¡Las cuatro de la mañana acaban de sonar en el reloj de la casa! Abandonemos, por sensible que nos sea, el lecho reparador vestido de limpias sábanas; venzamos la pereza que nos domina; vistámonos pronto; honremos el desayuno que nos tienen preparado; y montemos, finalmente, sobre los pequeños caballos montañeses que ya nos esperan en la calle para gozar de las primeras horas de una mañana que

Todo es luz, aves, aromas;
Fuego el sol; llanto el rocío;
Flores el juncal; las pomas,
Roja grana; las palomas,
Blanca nieve; espuma el río.
La oscura selva, rumores;
El torrente, centelleos
De divinos resplandores;
La alameda, ruiseñores;
Los ruiseñores, gorjeos.
Agustín F. Cuenca

Y salir del pueblo por la calleja de San Miguel, -dejando al final de la misma, por la derecha, la ermita del mismo nombre y Peña Pico,- a fin de alcanzar el Losar de Pradejón, en donde encontramos el camino del Hoyo, que tenemos que seguir y conduce a las lagunas tantas veces nombradas.
Arranca este camino, -abierto muy próximo de la notable divisoria de los arroyos La Paul y El Vecedo hasta llegar al Zamplón,- rompiendo por entre frondosos brezales guarnecidos de sus densamente apiñadas, ya blancas, ya rojizas, corolas urceoladas, -refugio seguro del perseguido y fiero jabalí o jaralig, según aquí se dice,- espesos matorrales de roble, – donde se oculta modesta violeta de florescencia tardía, la invasora fresa apuntando sus preciadas mautiois (Nombre con el cual conocen los de Covaleda los frutos de la aromática fresa silvestre), el azafrán silvestre de perigonio violado y estigmas anaranjados, -asociados al escaramujo de coralinos frutos, al verde espino de rojas majuelas, a la punzante zarza de negras y gustosas moras, y atravesando por Fuente Blanca, -que deja a su izquierda- Peña la mina, -separado del Quemado que me apeas por el arroyo de las Canales,- Prado del Hoyo, Majada de Guanines, -lindante con El Terremoto,- Los Hornos de la Posina, -en donde todavía se ven restos de los antiguos hornos de pez allí establecidos y aparecen los pinos atormentados por apiñados grupos de líquenes barbados, carácter distintivo de toda vegetación enfermiza, -La Ceveda,- alegre manchón de hayas a cuya sombra vive el acebo de lustrosa, rígida y acerada hoja y que muere en el fondo del barranco por donde se precipitan alborotadas las espumosas aguas de La Paul, -para seguir después por la senda del Zamplón, penetrar inmediatamente en el quinto de este nombre, cruzar parte del hermoso pastizal de verano, conocido con el nombre de Quinto de Llanos de Sierra, y subir a Tres mojones o Mojón Alto.
Aquí ya no nos acompaña el gallardo y vigoroso pino, cuya debilitada energía principia a manifestarse en Los Hornos de la Posita para exhibirse, con todo el lujo de su asolador poderío dentro de aquellas altitudes, presentando al curioso observador en El Zamplón un reducido número de árboles de forma achaparrada, ramas retorcidas y raquítico desarrollo, como los últimos restos de una lucha tenaz por la vida con la Naturaleza; ha desaparecido quedando detrás de nosotros, la hermosa masa de pinar, que tanto embellece la mayor parte del área del monte de Covaleda, con el oloroso tomillo, el aromático cantueso, el bello rabaquian de anaranjado fruto, la medicinal genciana, el avellano de ruda vestidura, el blanquecino saz de modesto porte, la rastrera gayuba con sus bayas rojas, las primorosas orquídeas, la Arabia, el maguillo, el helecho y demás plantas que forman la parte más rica y curiosa de la Flora del mismo monte; y solo podemos admirar estos momentos la silenciosa majestad de unas praderas cubiertas de finísima hierba, -salpicada muy de tarde en tarde del áureo narciso alpino, del diminuto pensamiento montesino,- y refrescadas por los numerosos regatos procedentes del deshielo de las nieves existentes todavía en las partes umbrías de las peñas y riscos, que limitan aquellos pastizales y, a la vez, el término municipal de Covaleda.
Dentro de esta imponente soledad, de estas masas pétreas erizadas de ingratas rocas cretácias, se descubren don lagunas: La Helada, de tres hectáreas de extensión superficial, al pie de Mojón Alto, y la larga, que medirá hectárea y media de superficie, entre Faldas de Urbión y el Portillo de Zurraquin, al Norte de la primera, separada de ella 1.350 metros, y tocando casi la mojonera de aquel pueblo. Ambos son las únicas existentes en su término municipal o en su monte pinar, por ser una misma la mojonera del término y la del monte.
El Pico de Urbión, -distante dos kilómetros y medio N.O. de la primera de las dos lagunas,- corona el abismo que le separa de la de Urbión, enclavada en la provincia de Logroño; y el Pico de Zurraquin, -destacándose a dos kilómetros también de aquella,- domina la Negra, situada en los mismos confines de este término con el Pinar de Santa Inés, -si bien fuera del citado término,- y al pie de un elevadísimo escarpe circular, que, ceñido por una hermosa masa de pinos albares, contribuye a librar tan escondida laguna de toda indiscreta mirada hasta el mismo instante de pisar sus orillas.
Finalmente; la Laguna Larga da vida al arroyo de Majada rubia, que baja por el pinar nombrado últimamente, y las aguas de la Helada, -saltando despeñadas por la mojonera y confundiéndose con las de la Negra,- forman el llamado de La Laguna, que unido al anterior y secundado por otros varios, origen es del titulado Revinuesa en el ya repetido pinar de Santa Inés.
Excepción hecha de la titulada Laguna Negra, ninguna de las otras tres logra llamar la atención de todo aquel que se resuelve a llegar hasta allí, dignas de ser visitadas solamente por la imponente y fría majestad que revisten las peñas y riscos confundidos con las nubes la mayor parte del año.

Plomiza nube, precursora de violenta, a la vez que temida tormenta, se balancea sobre la Laguna Negra, y esto nos obliga a dar aquí por terminada nuestra expedición, apresurándonos a regresar con toda premura al pueblo para presenciar, bajo seguro techado, una de las más admirables y sorprendentes manifestaciones de la potente naturaleza.
Tal es el itinerario que debe seguir todo el que aspire a ver de cerca las lagunas sitas alrededor del Pico de Urbión, si desea imprimir al viaje un carácter, no solo agradable, sino a la vez instructivo.

FERNANDO V. DE MEDRANO

Laguna y Pico de Urbión

Laguna y Pico de Urbión

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2 respuestas a INTERESANTE ARTICULO DE 1888

  1. pcadenas68 dijo:

    El artículo es muy bueno

  2. Pingback: HISTORIA DE COVALEDA CUMPLE 3 AÑOS | HISTORIA DE COVALEDA

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